Todos nosotros y Raymond Carver

Todos nosotros y Raymond Carver

Pienso en los transistores que se ocultan tras de la poesía. Es decir, cuando leo un poema sé que se trata de un poema no solo por la estructura en que se me presenta sino porque la sensación que me provoca es distinta a la de un cuento o una novela. Amplifica mis impulsos eléctricos. Por eso hablo de transistores. Hay uno para cada género literario, por más que hablar de géneros literarios actualmente parezca cosa de viejitos sentados en sus mecedoras tomando el sol a las cinco de la tarde y alimentando grisáceas palomas. Los transistores son importantes en la obra de Raymond Carver. Veamos.

Cuando llegas a Carver lo haces por sus cuentos en la mayoría de las ocasiones. Uno de los mejores narradores estadounidenses. Hay muchas características narrativas de su obra, sin embargo, a mí me gusta rescatar dos cuando hablo de Carver: la violencia y la belleza. Cualquiera podría decir que estas dos palabras están tan separadas como lo están las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos. Pero no es así. Y es la historia de las expresiones artísticas la que se encarga de demostrarnos que ahí donde un excelso arquitecto decide construir violencia, también puede construir belleza. Y en muchos de los cuentos de Raymond Carver las dos palabras van de la mano, corren a lo largo del relato, trepan por sus curvas, resbalan al llegar al desenlace. Ni más ni menos. Violencia y belleza en perfecto equilibrio. Así sus mejores narraciones.

Ahora voy a una cita de Tess Gallagher, la esposa de Raymond Carver. Es una anécdota de esas que te quedas y que cuentas en una reunión de cantina, cuando alguien ha sacado el tema de los escritores alcohólicos. Nos dice su esposa cuando Raymond le pedía que le escuchara leer su poema en voz alta: “recuerdo que aquellos días yo era muy consciente de ser la única lectora de sus poemas. Reía y lloraba con él, leyéndolos cuando los terminaba”. Ya está: Carver ni siquiera escribía sus poemas pensando en los probables lectores que tendría su obra poética. Si le interesaba que se leyeran o no es algo que no nos deja ver su esposa, sin embargo, de su observación también podemos concluir el tono conversacional y confesional de muchos de los poemas presentes en “Todos nosotros” (Anagrama 2019). Pienso en una habitación donde únicamente están la esposa de Raymond, el propio Raymond y una botella de whisky. Íntima. Una poesía escrita con las entrañas mismas. Lo dice un hombre que durante varios poemas de este libro lucha contra el alcoholismo y un agresivo cáncer de pulmón. Pero dichoso. La dicha de la autodestrucción. Antes que Carver lo supo Fitzgerald, quien al parecer tardó en entenderlo fue su compañero de alcohol, John Cheever: “No hacíamos más que beber”, dijo en 1973 Raymond Carver, año en que los dos se conocieron en la maestría de escritura de la Universidad de Iowa. Años más tarde a Carver le dicen que le quedan seis meses de vida y deja definitivamente el alcohol; Cheever… bueno, era Cheever, tan irrestricto que pronto le apodaron “el Chejov de los barrios residenciales”.

“Reía y lloraba con él, leyéndolos”. Esto nos daría para toda una historia. Una vida de contrastes. También una poesía de contrastes. Aquí no se unifican ni las texturas ni los tonos poéticos; hay una hermosa disparidad en cada uno de los poemas, y esa disparidad acaso es la mejor propuesta poética de Raymond Carver. Por eso “Todos nosotros” no es para los que esperan encontrar poemas de cuadratura y hechura perfectas, como trajes confeccionados por el mejor sastre de la colonia. Hay flechazos de luz que se valen de la escritura para demostrar su existencia. Hay una poética narrativa que se nutre primordialmente de anécdotas que, en su esencia, parecen sencillas y hasta domésticas y que, sin embargo, y si se pone un poco más de atención y de oído, se comprobará que se trata de fortificaciones donde los muros entre la narrativa y la prosa se resquebrajan frente al común denominador de las desgracias humanas.

Yo leo y releo cada verso. Lo hago en voz alta. Sé que pierde mucho de su sonoridad con la traducción, pero para fortuna nuestra Anagrama nos ofrece una edición bilingüe. Me gusta hacerlo mediante dos vías. Una es la de la palabra. Cómo están conformadas. Cuál está primero. Cuál está después. Cuál es la que cierra el verso. El peso de cada palabra. La adjetivación en cada uno de los versos. La luz y la oscuridad. Y de aquí parto al sonido. Cada verso de Raymond Carver se me figura a un caracol que se cierra sobre sí mismo. En su sonido. Hay muchos poemas que parecen extrañas cascadas: van de lo más amplio de ahí de donde emana el agua, hasta lo más delgado. El sonido. De eso se trata. Y el corte conversacional: en muchos de los poemas es como si alguien te estuviese contando su mejor historia desde la mesa de un café. Por eso es que prevalece la anécdota como motor poético.

Hay una entrevista para El diario vasco (iba a poner “español”, pero sonrojé) donde entre otras pistas, Tess Gallagher nos da una de las pistas más acertadas para llegar a Carver. Son de esas que te llevas en la bolsa del pantalón y que sacas luego de haber dicho lo primero con tus compañeros de cantina. A mí me gusta imaginar el tono en que lo dijo Tess. Quizás y previamente puso el dorso de su mano en el mentón. “Amamos la belleza del intento de mejorar de los personajes de Carver, aunque luego fracasen”. Me inclino. Me llevo esto para reflexionarlo antes de dormir. Belleza y fracaso. Violencia y belleza. Después de todo no estamos tan perdidos. Luego Tess agrega. Hay que imaginarlo, por favor. Quién sabe cuántas historias vivió con su amado Carver. Seguramente le soportó más de una borrachera. Pero, Carver, ya ve a la cama, por favor… Cheever ya se fue. Dice Tess: “Creo que después de 50 años me he ganado el derecho a pedirle al lector un esfuerzo”. Se refiere a los lectores de Carver. Un esfuerzo. Llegar un poco más allá de lo que Carver nos plantea. Llegar a la belleza. Pero también al fracaso. Pero también a la violencia. Hemos concluido: Carver nos mira tras de una botella de ginebra. ■

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