Habla María

Habla María

“Habla María” (Océano 2018) es una novela gráfica útil. Bernardo Fernández, Bef es su autor. Quien hace los monitos. Una de nuestras primeras claves de lectura: más que entretener busca informar respecto a un “padecimiento” en específico. Antes de leer “Habla María” no habría puesto “padecimiento” entre comillas: de vez en cuando la vida te da una que otra lección. Así que entre comillas, por favor: no se padece en el autismo, se afronta, se descubre, se ilumina.

Otra clave: en “Habla María” Bef (para los amigos Bef) nos habla del autismo sin ese tonito solemne de un folleto que podrías recibir de la mano de una gruñona enfermera en cualquier clínica de asistencia social y que seguramente vendría no con los atinados y bien plantados dibujos de Bef y sí con seres extraterrestres verdosos de juegos de copias. Folletos donde seguramente no verías la palabra “padecimiento” entre comillas. Como cualquier “padecimiento” que se desconoce, el significado de la palabra autista encierra turbios y constantes prejuicios. Por ejemplo este: vamos a quitar las comillas a la palabra padecimiento. De una vez vamos a quitar la palabra padecimiento y pongamos lo que nos sugiere Bef al final del libro, cuando se dio a la tarea de realizar, en 2013, un cómic para informar a sus vecinos qué demonios es el autismo: “el autismo no es una enfermedad. Es una forma de desarrollo diferente”. Todo esto entre comillas porque de lo contrario Bef nos cobraría derechos de autor. Y haría bien.

Entre nuestro primer padecimiento, sin comillas, por favor, y el autismo no es una enfermedad. Es una forma de desarrollo diferente, hemos aprendido mucho acerca del autismo. Hasta antes de la lectura de este indispensable libro yo era un ignorante respecto a este “desarrollo diferente” (me van a disculpar el uso excesivo de comillas).

Una hermosa historia: en cuanto me llegó el libro por parte de la editorial me di a la tarea de presumirlo a través de Facebook. Las reacciones no se hicieron esperar. De entre ellas escogí la de una amiga que le recomendaba a otra leer el libro en uno de los comentarios. Mira… y aquí escribía el nombre de la mujer para etiquetarla. He aprendido que una de las ventajas narrativas de Facebook es que puedes hilar historias lo mismo que Scherezade. Te interesas en una, das un vistazo a los comentarios y de ahí puedes partir a otras historias como si de un tobogán gigantesco se tratase con múltiples conexiones que, a su vez, te conducen a múltiples piscinas donde te sumerges, sales y vuelves a otro tobogán: una antología de rostros e historias desconocidas. Y el de la mujer que me apareció en la pantalla lo era. Hurgué un poco más. Quería saber el motivo por el que su amiga le recomendaba “Habla María”. ¿Adivinan? La mujer a la que su amiga le aconsejaba leer el libro tiene un hijo autista.

Me pareció un gesto solidario de la amiga. Son este tipo de gestos los que te llevan a creer que en la literatura y en sus múltiples propuestas temáticas en ocasiones se dan los milagros más esperanzadores. No todo es política (afortunadamente) y no todo está perdido.

Bef lo comprendió cuando recibió la noticia del diagnóstico de su hija. De esos expedientes clínicos que te sacuden. Quizás también lo comprenda la mujer a la que le recomiendan leer el libro. No lo sé. Pero no me fui de su Facebook sin zambullirme en sus fotografías. En la mayoría de ellas aparece su hijo: alto, de lentes. Aquí hay otra clave de “Habla María”: luego de que la finalizas (y, créanme, lo haces en menos de una hora) cambia completamente tu perspectiva respecto a las personas que desarrollan autismo, sin comillas, por favor. Eso: desarrollan. Lean “Habla María” para que entiendan más de este gran “desarrollan”.

Entiendes. Reflexionas. Procesas. Aceptas. Y esto al final arroja certeza ahí donde antes hubo prejuicios. Y soy de los que aceptan que hasta antes de “Habla María” yo era un saco de ellos respecto al autismo. Mis referentes eran cinematográficos. Asociaba autismo con una especie de retraso. Bef vino a patear mi trasero. Y supongo que el de muchos lectores de novelas gráficas acostumbrados más a las hazañas de súper héroes, ¿qué?, ¿una novela gráfica acerca del autismo?, ¿es que Bef ha perdido la cabeza?

Antes de finalizar detengámonos en algunas gestos. El primero de ellos es el de la amiga que recomienda a la otra amiga “Habla María”. Si me apuran diré que hay toda una historia en medio de dicha recomendación. Es una de esas historias que ignoramos, acaso imaginamos, pero suponemos que tiene que ver con esa inevitable solidaridad que se da cuando algo anda mal en la familia, cuando tras tantas consultas los médicos no atinan a dar los resultados. También es parte de la historia de Bef. Desesperanza. Pero también certidumbre. Sobre todo: aprendizaje del otro. Del de enfrente.

El segundo tiene que ver con “Habla María”. Más allá de si les resultó en ventas y obtuvieron las ganancias económicas que esperaban (lo cual dudo), la editorial Océano le apostó por una historia que seguramente otras editoriales habrían rechazado, porque el título de entrada segmenta a los pocos lectores que aún sobreviven en México. No me presionen. Pienso como gerente de la competencia de Océano. Vamos, Bef no lo hizo por dinero; lo hizo, y aquí el gesto, por una amorosa complicidad con su hija: de estar en su mundo, Bef viaja a otro mundo, a miles de kilómetros del suyo, llega hasta allá en busca de su primera hija, la encuentra, ¿y saben qué?, descubre que el mundo de su hija, un mundo que hasta entonces le parecía ajeno y enfermizo, es mucho más sensible al nuestro.

El tercero tiene que ver con los prejuicios. No es extraño señalar lo mucho que nos hemos acostumbrado a ellos en México. Es así como nuestra primera reacción frente a un autista es catalogarlo como bicho raro dentro de una pecera. Es así como rechazamos a los autistas por una ignorancia suprema. Y aseguramos que son peligrosos. Y aseguramos que son enfermos mentales. Y aseguramos que no se pueden valer por sí solos y que toda su vida necesitarán la ayuda de alguien. Sin embargo, los que necesitamos ayuda somos nosotros. Así sea tan solo para avanzar unos cuantos pasitos. Y llegar a ellos. Arrebatarles ese ellos por un nosotros. El mundo no va a cambiar, se los aseguro. Pero despertaríamos un poco más tranquilos. ■

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