Permanente obra negra

Permanente obra negra

Se trata de un libro procesado a través de otros libros. Un afortunado encuentro entre la furia ensayística de Montaigne (y de hecho en su Facebook la autora tiene una fotografía en el pueblo donde nació el escritor francés) y la capacidad de dar con el epígrafe correcto de la misma manera en que Marcel Duchamp daba con los objetos que luego transformaba en obras artísticas a través de un discurso interpretativo del mundo y sus acciones.

Pero también se trata de un complot para determinar en qué consiste la figura del “negro literario”, a través de que artilugios se conforma, cuál es la magia que realiza en las calderas de los sótanos de las editoriales, entre ratas lectoras que devoran todo lo que les cae en las manos sin preguntarse si quiera si en realidad se trata de un autor o de varios o si el autor original pertenece a un anquilosado álbum donde habitan, entre la bruma del tiempo, los fantasmas familiares.

Tenemos que acostumbrarnos a obras como “Permanente obra negra” (Sexto Piso 2019), que proponen, que arriesgan, que rompen los esquemas tradicionales para ir en busca de su propio sonido, de su propia voz. La literatura actual, a mi juicio, se nutriría mucho de ejercicios como éste, que lo mismo se podrían aplicar a ejercicios narrativos como el cuento o la novela, que a la poesía, porque a fin de cuentas se trata de traspasar la frontera, de violentar la forma en que conocemos las distintas manifestaciones de los distintos géneros literarios; hoy más que nunca las delimitaciones entre los géneros han quedado suspendidas, y eso es algo que como lectores agradecemos.
“Permanente obra negra” es una navegación entre letras donde el lector hace de embarcación. Es decir, se puede leer como un solo libro (en cuanto a unidad temática narrativa, en cuanto a que físicamente se conforma como tal), pero también se puede leer como se leería un tapizado infinito de mosaicos de textos cuyo sentido se adquiere únicamente cuando el lector se enfrenta a él.

De aquí uno de los procesos más interesantes en cuanto a su edición. Una muy cuidada, justo como a lo que nos tiene acostumbrados la editorial Sexto Piso: buena portada, buen papel, buena tipografía (de hecho hay más de una sugerencia en cuanto al uso de las distintas tipografías). Y Vivian Abenshushan hace una confesión al inicio que se perpetúa lo mismo que la última de las noches de Scherezade: se trata de una obra literaria en un “work in progress” permanente. Veamos: “Siempre quise escribir un libro improbable, un libro que nunca terminara de escribirse, un libro siempre por venir, rehaciéndose infinitamente”. Si atendemos bien las palabras de la autora podríamos asegurar que “Permanente obra negra” es un accidente infinito de epígrafes cercano a cualquier locura luminosa de Jorge Luis Borges. Un Aleph que nos revela la creación constante de un libro infinito cuyo ensamblaje se sostiene de las distintas citas literarias que la autora presenta a manera de justificación de su proyecto editorial. Una novela inexistente. Un ensayo a medio camino entre el relato y la experiencia autobiográfica. Una maquinaria conformada por una multitud de escritores que desde los ecos remotos del tiempo se desdoblan en las páginas de “Permanente obra negra”. Y sí, ustedes cierran el libro y éste continúa en su proceso de construcción, o de destrucción, pues acaso las dos vías corren paralelamente y es justo en el punto donde se encuentran en que ocurre la posibilidad de la escritura.

Más allá de si estás de acuerdo o no con lo que se asegura en cada uno de los epígrafes que la autora selecciona (y discernir también es un ejercicio) como propuesta para su “permanente obra negra”, se trata de un libro interesante en cuanto a los vasos comunicantes cuyo diálogo se establece con distintas manifestaciones artísticas que se han conformado a lo largo de la historia de la humanidad.

“Permanente obra negra” nos muestra todas las posibilidades de las que se vale la literatura para expresarse. Un equilibrio entre la muerte del autor de Umberto Eco y las propuestas de lectura de cualquier admirador de Cortázar. Lo mejor de todo es que “Permanente obra negra” acepta cualquier arbitrariedad que se le quiera imponer a las normas occidentales y tradicionales de la lectura, por lo que lo mismo da que se comience en la página que uno guste o que se lea del final al principio: la lectura rigorosamente, hoy más que nunca, pertenece al lector.

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