El embate de la verdad

El embate de la verdad

En nuestra sociedad neoliberal, cuyo Moloch es el mercado, gana más el que vende más. No el que produce más, sino el que logra obtener más ganancias a través de los diferentes medios de intercambio avalados por el Estado. Entonces el plagio, eso que G. Sheridan concibe como “una enorme omisión, la de omitirse a sí mismo la verdad de saber que no es el autor de lo que firma” (blog de Letras Libres, 29/04/19), es algo connatural a la academia “neoliberal”, es decir, aquella que se orienta hacia la venta de productos al régimen en turno. En México no queda de otra para los investigadores que vender tres veces sus resultados: la primera cuando cobran su salario de investigadores, la segunda cuando cobran estímulos a la investigación y la tercera cuando piden financiamiento para sus investigaciones, por eso, ante el caudal de recursos que pueden allegarse, a veces la tentación del plagio o la estafa es irresistible. Pero si la impunidad está garantizada mucho más tentadora la situación. Los intelectuales, faros y guías de la masa inconsciente, se encuentran en la misma encrucijada: deben llenar páginas de diarios y revistas, o de blogs y páginas electrónicas, para ganar un emolumento que les permita continuar con su labor en beneficio de la sociedad si son identificados como “objetivos”, o de sus patronescuando ya es claro que sirven a alguien en particular. Existe aquí una diferencia de matiz casi imperceptible: un científico, cuando plagia o se vende a los intereses de su secta, pone en juego la verdad que dice buscar, mientras que el intelectual, sobre todo si es “orgánico”; i.e. que sirve a los intereses de su partido, secta, raza, clase social etcétera; pone en juego la credibilidad y capacidad de dominación del régimen al que sirve. Para el científico plagiario lo único que puede pasar es que se caiga su prestigio, no el de la ciencia como empresa que busca la verdad, pero el intelectual orgánico se cae junto con la capacidad del grupo al que sirve de operativizar sus objetivos. En México el PRI se volvió, durante la presidencia de Peña Nieto, un partido sin credibilidad, epitome de la corrupción, los malos manejos, la ineptitud, el nepotismo, la incapacidad administrativa y por tanto indefendible. Cualquier cosa que hizo debía ser deshecha no por que estuviese mal, sino porque la hizo el PRI. Así, Fabrizio Mejía Madrid en su artículo “El intelectual”, recuerda a Daniel Cosío Villegas y Carlos Monsiváis como intelectuales que decían la verdad ante los poderosos para contraponerlos a Enrique Krauze, intelectual orgánico, ejemplo del “desmoronamiento de las cualidades intrínsecas y de la disfunción del intelectual en nuestra sociedad”. Recuérdese, sin embargo, que nuestra sociedad es, o fue hasta hace unas semanas, neoliberal, por lo que la organicidad de los intelectuales es una condición de su reproducción, así que si Krauze fue acusado de organizarse con otros muchos para propalar mentiras, noticias falsas, calumnias, rumores infundados (y fundados) contra Andrés Manuel López Obrador, de lo único de lo que se le acusa es de ser “orgánico”, o sea, de buscar mantener sus condiciones de vida. Mejía Madrid le niega esa organicidad y lo acusa de simple estafador. Fustiga incluso a los expertos, reduciéndolos a opositores del debate social. Ni que decir que esta última opinión va en la línea gubernamental (“el pueblo es más preparado que todos los doctores del mundo” Irma Eréndira Sandoval, secretaria de la función pública, entrevista en Milenio, 17/02/19). La respuesta, desde los cuarteles de Letras Libres, no se hizo esperar. Guillermo Sheridan, en “El Universal” 23/04/19 y el blog ya citado de Letras Libres denuncia a Mejía Madrid como plagiario. Para criticar a los intelectuales orgánicos plagió a Edward Said, crítico literario de la Universidad de Columbia, mientras que para promover la lectura leyó, en la feria del libro de la universidad veracruzana, un ensayo “íntegramente plagiado” de Giorgio Agamben. Por supuesto que plagiar es robar, y publicar lo plagiado como propio es estafar al lector y al editor por lo tanto tenemos un problema: los intelectuales orgánicos del sexenio pasado están acusados de estafa, robo, conspiración contra la democracia y demás, mientras que sus acusadores han sido delatados como plagiarios y estafadores. Diría uno: son lo mismo, la misma pandilla de fascinerososorganizados para robar, tratando de recomponerse los unos mientras los otros intentan agradar a sus jefes. Pero el asunto es más de fondo, no es una cuestión de sectas literarias empeñadas en ganarse el pan: es la representación de la lucha ideológica misma en la que se trata de cubrir de oprobio el pasado, porque sus gestores tuvieron el error de perder, y de elevar hasta la gloria las políticas de los nuevos dirigentes que quieren mantener, ante el embate de lo real, su prestigio. Cerramos con una cita de Gabriel Said (tomada del diario Reforma 28/04/19) “Tener poder es tener razón. Lo que parece que está mal está bien; y, si algo sale mal, es por causas incontrolables o por culpa de administraciones anteriores (a las que no llaman a cuentas). Eso sí: celebran ruidosamente el futuro de las sabias medidas que están tomando para superar los desastres de las sabias medidas anteriores”. ■

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