¿Misión Imposible?

¿Misión Imposible?

¿Y usted que sabe hacer? Sería la pregunta que de acuerdo a esta humilde columna habría que hacerle a toda la neo fauna política. Y se dice que neo porque hoy día la mayoría anda con el tercer uniforme de la alicaída Selección Nacional de Fútbol; es decir, el guinda. Bueno, en la polaca los uniformes son lo de menos, siempre y cuando representen la opción de llevar a cabo cualquier acción que conduzca al divino presupuesto a partir de un suculento hueso. Pero a nuestro hipotético entrevistado esta pregunta le daría alas para expresar su inagotable vocación de servicio; su bizarría hacia el sacrificio ilimitado en aras de las causas populares y más que dispuesto al sacrificio si está la profanación de la patria por algún masiosare, y por último, estaría instalado a sufrir en carne propia todas las carencias y vicisitudes por las que atraviesa el aún paupérrimo país que nos da alojo. Y por el estilo, vendrían muchas respuestas.

El hipotético entrevistador se aguanta estoico su carcajada, burla, sorna, trompetilla o todo lo que le asalte y, circunspecto, vuelve a preguntar: ya en serio, ¿qué sabe hacer usted? En el mundo real, esta entrevista ya habría concluido y usted, estimado lector se estaría ahorrando la aburrida lectura de las casi setecientas palabras que faltan todavía. El entrevistado pide tiempo y solicita un formato preliminar. Pero no hay tal.

A bocajarro le preguntan a nuestro político: ¿Fue a la Universidad? En buena parte de los casos la respuesta es sí y los que se graduaron suelen confesar que no saben ni como carambas le hicieron porque en un período de alrededor de cinco años no tuvieron la oportunidad de leer completo siquiera un solo libro. Pero suponían que eso era lo correcto y que con aguantar el paso del tiempo era suficiente. La cantidad y la calidad del aprendizaje en caso que lo hubiera, era irrelevante. En esta situación hay algunos que ostentan hasta postdoctorados y otras glorias. Y al fin y al cabo, siempre queda Santo Domingo o algún plagiecillo sin importancia.

¿Tiene experiencia en prácticas políticas apuntaladas con conocimientos si no científicos, con al menos algunos que lo parezcan y que deriven de algún tratado de ciencias políticas? El entrevistado revira sin compasión “¿Y para qué cree que sirve la grilla? Ese es el verdadero aprendizaje”. Sin quererlo se aclara un misterio por todos sabido, muy pocos son los favorecidos por la escuela de políticos (sic) de última generación: Grilla Aprendizaje. “¿Qué se le va a hacer?”, cavila el atribulado entrevistador. Para rematar, el entrevistado confirma orgulloso que solo está ahí para seguir la línea que se le asigne. Los jefazos deciden los rumbos.

La que sigue, ¿tiene algún entrenamiento en administración pública de acuerdo al puesto que desempeña? Los más honestos, cuando los hay, responden con la verdad en la mano: “me dieron este llavero de lo que va a ser mi oficina. Afortunadamente, las secretarias y el personal de intendencia saben cómo se lleva este asunto”. Los que sí saben, muchísimo, hablan de la gran visión de sus líderes que al fin han puesto sus ojos en sus muy humildes aunque ilimitadas facultades para el agotador ejercicio de la polaca pública.

En un ejercicio de ciclicidad retórica, y aun corriendo el riesgo de quedar marcado como indeseable en próximos escarceos de la figura pública por el auto intocable prócer del servicio político, a riesgo de perder la chamba por no poder sacar adelante una flatulenta entrevista, como búfalo en estampida lanza la espada al aire y le sorraja el preguntajo en plena inconciencia existencial: “oiga, ya aquí entre cuates y con la neta como guía incorruptible (esa me la acabo de inventar): ¿usted qué sabe hacer?” El entrevistado está a punto de soltar la frase juangabrieliana de que “lo que se ve no se pregunta”, pero no se la quiere rifar por todas las posibles implicaciones de reacción mediática y popular entre las que la que menos importa es el plagio. Mientras se contiene empieza a ver cuáles son sus mejores cualidades de desempeño y descubre que en los últimos cuatro años lo único que ha hecho es poner un clavo de concreto para colgar un retrato y la vez que tuvo que cambiar un foco. Cuando le preguntan sobre asuntos que tienen que ver con espinosidades como la educación, la democracia, la protección ambiental, la seguridad, el futuro… tan solo se escucha un alegre mugir de optimismo hacia el futuro.

Antes de dar por concluida la posible entrevista, el entrevistado contraataca y pone fin a la misma: “para que sepas, jamás he perdido un debate. He ganado todos los puntos que he argumentado y soy un crítico de todo lo que no me convence. ¿Que qué me convence?, remata, estar del lado del poder o en el lugar donde escurra la miel. Lo demás, es lo de menos”.

Con la entrevista a medias, el entrevistador se aleja pensando que es lo que va a editar para no perder su sustento.

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