La instrucción popular en el periodo borbónico tardío

La instrucción popular en el periodo borbónico tardío

Los monarcas borbones al sentirse amenazados por los imperios rivales buscaron un mayor control político en sus dominios incluidos los reinos y provincias de ultramar. Centralización y reglamentación del poder y eficacia y control de la administración marcarían signo de las reformas borbónicas sobre todo en el último tercio del siglo 18. Esta política se reflejaría también en la instrucción popular.

Por lo que hace a la educación e instrucción de las clases populares, las reformas educativas que impulso Carlos III como parte de su política centralista tuvieron en personas como Pedro Rodríguez, Conde de Campomanes y Melchor Gaspar de Jovellanos a entusiastas y decididos partidarios. Estos intelectuales siendo ministros y consejeros reales, se hicieron eco de las ideas humanistas e ilustradas y abogaron por su aplicación1. Atrás había quedado la quimera del oro y el enriquecimiento rápido de los primeros conquistadores movidos por un espíritu aventurero cuyo imaginario medieval se alimentaba en parte de las novelas de caballerías y la búsqueda de “El dorado”, ciudad esplendorosa construida con el metal preciado. Ahora la fuente de riqueza se encontraba en el trabajo de los hombres. Tanto Campomanes como Jovellanos participaron en Las sociedades de amigos del País. En sus escritos, mostraron su preocupación por que el Estado impulsara la educación pública y dejara de favorecer a grupos corporativos privilegiados. Para conseguir tal propósito, los ilustrados proponían mejorar el aparato administrativo del gobierno al que veían muy desorganizado y sumamente burocratizado; ésta situación propiciaba una lenta la aplicación de las medidas dictadas por el monarca. Las reformas no acabaron con el cáncer del burocratismo, por el contrario lo siguieron reproduciendo al grado de incrementarlo.

Sin embargo, justo es decirlo, las propuestas educativas de Campomanes más que a la educación formal estuvieron dedicadas a la informal. Tenían como destinatarios la educación de los artesanos y el fomento de la agricultura y de la industria. Le preocupaba que los trabajadores españoles tuvieran dominio de conocimientos prácticos con el fin de hacer sus productos más competitivos, elevando a su vez la productividad. La sociedad española sólo podía alcanzar estos propósitos, al decir de Lilian Álvarez, combatiendo las pasiones irracionales de las que era presa2. No obstante que Campomanes centró su preocupación en la educación de los artesanos y de los agricultores, tenía claridad de la importancia de la educación desde la tierna edad de los hombres al definirla en los siguientes términos: “La educación es la norma de vivir las gentes, constituidas en cualquier sociedad bien ordenada.

Es diferente y respectiva a las clases de la misma sociedad; y para que se arraigue entre los hombres se ha de dar entre la más tierna edad.
Tiene la educación principios comunes a todos los individuos de la república; tales son los que respectan a la religión y al orden público”3.

Aunque se refiere a la educación como un proceso formativo permanente, Campomanes le da importancia a la educación del hogar como a la que la instrucción que los niños deben recibir en las escuelas. En ambos lugares a la religión y los preceptos morales, educación cívica, se les debe dar la debida atención. A diferencia de Campomanes, aunque como buenos ilustrados ambos sufrieron la influencia de Feijoo y de los más sobresalientes pensadores del siglo de las luces, Jovellanos dedicó algunas de sus ideas más directamente a la educación formal. Lo mismo que Campomanes, todavía rehén de las influencias y prejuicios de sus época, diferencia la educación de acuerdo a las clases sociales que debe impartirse, razón por la que propone planes pedagógicos diferentes para las dos clases distintas. El modelo de Jovellanos es un modelo elitista de la educación. Sin embargo, no vacila en sostener que la educación debería llegar a las clases productivas. En esto coincide con Campomanes.

Más que la calidad o la cantidad de la educación que debería recibir el pueblo español, a Jovellanos le preocupa su distribución. Por tal motivo impulsa el principio de la educación universal que deviene en la obligatoriedad de la enseñanza. Esto obligaba a que el Estado debería hacerse cargo de la instrucción elemental, pues pensaba que:

“[…] las primeras letras son la primera llave de toda instrucción, que de la perfección de estudio pende la de todos los demás; y que la ilustración unida a ellas es la podrá recibir la gran masa de nuestros compatriotas…. Reflexionad, sobre todo, que sin este auxilio la mayor porción de esta masa quedará perpetuamente abandonada a la estupidez y a la miseria…. ¿a qué podrá aspirar un pueblo sin educación sino a la servil y precaria condición de jornalero? Ilustradle pues en las primeras letras, y refundid en ellas toda la educación que conviene a su clase. Ellas serán entonces la verdadera educación popular”4.

Tal era la importancia que Jovellanos daba a la educación elemental. La instrucción y escuelas de primeras letras deberían ser la forma de sacar al pueblo y a la clase trabajadora de la postración. Universalización entendida como popularización de la enseñanza, educación formal como sinónimo de ilustración y la obligatoriedad de la enseñanza observada por el Estado, serán principios jovellanistas que durante el régimen de intendencias en la Nueva España y sobre todo a partir de las Cortes españolas que juraron la Constitución de Cádiz en 1812 y en buena parte del siglo XIX, tuvieron influencia. Estos rasgos de la educación primaria siguen vigentes en la actualidad.

Referencias:
1El Conde de Campomanes en su Discurso sobre la educación popular y su Apéndice, se pronunció en contra de los gremios a los que consideraba causantes del retraso y la decadencia de la industria española y abogaba por su desaparición. Se oponía a una sociedad organizada en corporaciones y privilegios. Señal de que España todavía tenía mucho de medieval. En su lugar, se pronunciaba por un libre juego de intereses en la sociedad que tuvieran en la competencia y la iniciativa sus piedras angulares. Liberalismo puro, seguramente Campomanes conocía los escritos Fichte y Smith. Jovellanos por su parte era un partidario ferviente de la escuela pública y gratuita que en sus discursos no dudo en ensalzar y combatir el elitismo con el que hasta entonces se venía aplicando la instrucción de la niñez y juventud. Véase a Dorothy Tanck. La educación ilustrada 1786-1836. El Colegio de México, México, 1998, pp. 9-10.

2Álvarez de Testa, Lilian, Educación, ilustración e independencia. Las ideas de José Joaquín Fernández de Lizardi, UNAM, México 1993, pp.40-41.
3 Ibid. P. 42.
4 Ibid. P. 50

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