Expansión de derechos y libertades: amor, homosexualidad y represión

Expansión de derechos y libertades: amor, homosexualidad y represión

Con el pasar del tiempo hemos tomado conciencia de los derechos que tenemos las personas. Para que reconociéramos que somos esencialmente iguales tuvimos que esperar hasta la carta de los derechos del ciudadano de 1793; sin embargo, el derecho universal a la libertad, o en otras palabras, la prohibición de la esclavitud tuvo que esperar hasta ya entrado el siglo 19. Los derechos individuales fueron perseguidos por la Santa Alianza una vez derrotado el bonapartismo. En ese contexto es que emergen sociedades secretas de corte liberal porque se exponían al garrote de la rancia nobleza europea y la jerarquía eclesiástica. Es el contexto donde se relacionaron masones y clubes liberales. Con la preocupación de la expansión de derechos que venían a destruir los órdenes naturales impuestos por diosito. No es gratuito que la Iglesia jerárquica se aliara a los regímenes que reprimían la expansión de derechos: desde el Zar Alejandro, pasando por Mussolini, hasta todas las dictaduras militares en América Latina.

Pero la apertura al reconocimiento de más derechos no se detuvo: vinieron los llamados derechos de segunda generación, económicos y sociales. El derecho a todas las personas (por el hecho de serlo) de tener un ingreso básico para subsistir, ya sea por medio del empleo u otro medio. Los derechos sociales que implica la garantía a recibir educación, salud y seguridad social. Que no sólo ‘se protegen’ como los primeros; sino que ‘se garantizan’; esto es, que para que sean ejercidos implica la intervención decidida del Estado a través de sus capacidades.

Y la cosa no paró ahí: vinieron los derechos a pertenecer a un pueblo o cultura determinada, los derechos a su identidad y a la libre elección de los afectos. Se cayó en la cuenta de que los poderes que quieran imponer pertenencias, identidades y elección de afectos, son poderes despóticos. ¿El estado puede imponer la forma de la afectividad de una persona? ¿Se puede regular cómo alguien se debe o puede enamorar? Y sobre esa base, cómo contraer compromisos ante el Estado para asegurar Seguro Social o derechos de herencia de la pareja elegida. ¡Claro que no! En el fondo todos los derechos llegan a un solo lugar: la esencia de la propia persona: la libertad. Las garantías individuales dan una base de la libertad, los derechos sociales y económicos otorgan las condiciones de posibilidad de toda libertad; y los derechos de identidad es la corona de la realización de las personas.

Con lo antes dicho, aplaudimos las decisiones como las del alcalde capitalino de facilitar o fomentar el derecho de las parejas homosexuales de contraer nupcias. Y de criticar la postura como la del Obispo, que afirmó no bendecir la unión de homosexuales. Como si el amor tuviera cotos ideológicos. No: el amor trasciende estratos sociales, religiones, naciones y, claro está, sexo de origen. Si dos personas se aman, todos debemos cantar y danzar por ese acontecimiento. El amor siempre es motivo de alegría. Querer prohibir derechos es una tentación del mal. Y atentar contra el amor es un pecado más que mortal. ¡Vivan los derechos y viva el amor!

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