La aparente sencillez en los cuentos de Amparo Dávila y un paseo en el recuerdo

La aparente sencillez en los cuentos de Amparo Dávila y un paseo en el recuerdo
Amparo Dávila durante su homenaje

La Gualdra 340 / Literatura / Homenaje a Amparo Dávila

Durante algunos años, en la última década del siglo XX, la obra de Amparo Dávila no se conseguía, la edición de sus libros se había agotado y las editoriales no la reeditaban; sin embargo, la presencia de esta escritora en la literatura, permanecía; su nombre estaba presente en las aulas, en las investigaciones, en las antologías, en el gusto de un tipo de lector secreto, elegido. Actualmente, y desde hace varios años, las cosas han cambiado, las editoriales han reeditado sus libros y han publicado otros nuevos, lo que provoca que el interés por sus cuentos y sus poemas aumente.

En alguna ocasión Amparo Dávila me platicaba la alegría que le daba que los jóvenes se acercaran trayendo sus libros para que los firmara, eso le mostraba, dijo, que sus cuentos aún eran vigentes. Recuerdo la muy larga fila de personas —muchas de ellas jóvenes— que, en la Sala Manuel M. Ponce, del Palacio de Bellas Artes, aguardaba por la firma de esta autora. El aprecio y el interés por ella y su obra es evidente.

Sus textos tienen ese rasgo que caracteriza a un número reducido de obras de arte, la capacidad de coincidir con el gusto de los lectores más allá del tiempo y del espacio. La emoción que despiertan sus cuentos a través de la angustia que provoca lo oculto y lo desconocido, sobrepasa los países y los idiomas.

Hace unos meses Amparo Dávila me enseñó unas traducciones de sus libros al eslovaco y al árabe. Este último, el libro en árabe, abre con una dedicatoria del traductor, Mohamed Ibrahim Mabrouk, escrita en español, que dice: “Para ti Amparo… y para todos los que he amado de los escritores de tu idioma, os abro las puertas de mi corazón para que lo habiten y para que habiten en mi lengua!!! (El Cairo, noviembre 2007)”.

¿De dónde viene tal encanto por esos cuentos terribles? Tal vez del decir sin decir del todo, del uso mínimo de elementos para expresar el horror y el miedo; de la sugerencia que inmiscuye al lector y lo hace —aparentemente— partícipe.

Los cuentos de Amparo Dávila tienen la virtud de la aparente sencillez, pero estructurados de manera compleja; podemos verlo tan sólo en la caracterización de varios de sus personajes. El asunto que presenta y el personaje que lo provoca son incomprensibles. En su obra encontramos animales que, casi humanizados, acechan; encontramos seres humanos que animalizados, persiguen; sombras que, escondidas, amenazan; sus textos se acercan al límite que separa lo natural de lo desconocido, nunca lo cruzan, jamás lo mencionan, sólo lo sugieren provocando el desconcierto, la duda.

Los entes que amenazan y ocasionan temor están fuera del marco cotidiano, algunos son invisibles e innombrables. Es el caso del cuento “La celda”, en el que un ser que viene con la noche domina, poco a poco, a María Camino; ella se siente incapaz para comentarlo con alguien, sabe que su situación es muy parecida a una condena, pues está obligada a vivir en ese martirio sin la posibilidad de expresar sus sentimientos, sin poder contar lo que sucede. Al principio le causa miedo y trata de escapar mediante el matrimonio, busca un novio con la intención de que la lleve lejos, e incluso, en un momento, intenta adelantar la fecha del casamiento para huir de esa condición que ve como una horrible tortura. Después, conforme el tiempo avanza y el día de la boda llega, la situación cambia, el sujeto misterioso, al que sólo menciona como “él”, la va conquistando, al grado que el pretendiente toma el papel del aborrecido, y el miedo, indispensable para esta clase de relatos, se vuelve amor, deseo: “Mientras José Juan hablaba y sonreía satisfecho, ella hubiera querido… Sin importarle lo que pensara su madre y su novio, corrió escaleras arriba hacia su cuarto. Allí lloró de rabia, de fastidio… hasta que él llegó y se olvidó de todo…”.

Encontramos, también, personajes extraños que persiguen y son tangibles, visibles. Aunque éstos, por muy concretos que sean, nunca dejan de ser ambiguos. Dije que en sus textos son comunes los animales que pasan como humanos y, al contrario, los humanos que se acercan a lo animal. En el cuento “El huésped”, un ente siniestro ha llegado a la casa. Da la impresión de que se trata de un perro, pues dice: “mi marido lo trajo”, y advierte “es completamente inofensivo”, y asegura “te acostumbrarás a su compañía”; la mujer termina aceptándolo pues observa que el esposo goza teniéndolo allí. Pero también puede tratarse de un ser de razón y voluntad. La mujer recuerda “el día en que vino a vivir con nosotros”; también que sus ojos “parecían penetrar a través de las personas y las cosas”. En ocasiones “lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos […] él volvía nuevamente a su cuarto como si nada hubiera pasado”. Puede tratarse también de alguien maligno y peligroso. La mujer habla de que sus ojos son redondos y no tienen parpadeo, de que odiaba a los niños y de que a ella siempre la acechaba. Además “su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más”. Y, cosa curiosa, este extraño que atemoriza, al igual que Él —personaje de la narración “La celda”—, tampoco puede nombrarse. “Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso”.

Podemos ver esto, también, en el cuento “Moisés y Gaspar”, en él están, ahora, dos personajes ambiguos que parecen perros; al narrador se los ha legado su hermano muerto. Así habla de ellos: “allí estaban mirándome fijamente, no sabría decir si con hostilidad o desconfianza, pero con mirada terrible”. Entes a los que es difícil, o a veces imposible, clasificar; que oscilan entre lo racional y lo irracional, entre lo angelical y lo demoníaco. “No supe qué decirles en aquel momento”, comenta como si se tratara de seres humanos, o: “Se me acercan silenciosamente, como tratando de olfatear mi estado de ánimo” como si fueran animales; a estos seres les llevan de comer dos veces al día y lloran en silencio. La descripción de esta escena es curiosa, describe las lágrimas que ruedan de sus ojos y caen al suelo, pero en la cara de estos personajes no hay ninguna expresión, ningún indicio de humanidad, no hay muecas, no hay gritos.

El cuento “Música concreta” presenta lo opuesto, humanos con características animales. El personaje llamado Marcela se siente perseguido por una costurera que es vista con la apariencia de un sapo:

—¿De qué estamos hablando, Marcela? —pregunta Sergio angustiado—, o más bien, ¿de quién estamos hablando?

—De ella, Sergio, del sapo que me acecha noche tras noche, esperando sólo la oportunidad de entrar y hacerme pedazos, quitarme de la vida de Luis para siempre.

Homenaje a Amparo Dávila. Foto de Comunicación Social del IZC Ramón López Velarde

La expresión “Ella” se refiere a un ser humano, al que después se le nombra “sapo”, como si fuera un animal; la acción de este último está igualmente dividida: quiere hacer pedazos (como un animal), y además quitar a una mujer de la vida de un hombre (actitud humana).

Sergio, el amigo de Marcela, le hace notar que está muy nerviosa, a lo que ella responde: “No, Sergio, no son mis nervios, es su presencia ahí bajo mi ventana todas las noches, ese croar y croar toda la larga noche”. Y la duda permanece. ¿Quién persigue a Marcela? ¿Una mujer? ¿Un animal? ¿Un ente extraño para el que no hay clasificación? ¿O es sólo que Marcela está enloqueciendo?

La obra de Amparo Dávila tuvo reconocimiento desde muy temprano; Alfonso Reyes, después de leer uno de sus primeros cuentos le dijo: “Eres cuentista y vas a seguir en el cuento”, una frase que me parece maravillosa, como si con una vara mágica le mostrara el porvenir.

En el año 2013, la revista Barca de Palabras de la Unidad Académica Preparatoria de la Universidad Autónoma de Zacatecas dedicó, como homenaje, uno de sus números a esta escritora. La revista Barca de Palabras debe mucho a Amparo Dávila, pues ella siempre ha mostrado interés, preocupación y apoyo por esta publicación. En ese número sacamos una entrevista que yo le había hecho años antes, en ella me contó cómo había conocido a Afonso Reyes y su relato fue una perfecta narración, llena de encanto. En esa entrevista me dijo:

“Yo lo conocí en San Luis. Él fue a unos cursos de invierno, a los que iba gente importantísima. Esos cursos los patrocinaba don Jesús Silva Herzog y la Universidad de San Luis Potosí. Pues a esos cursos fue Alfonso Reyes; y nos llevaron a presentar a los jóvenes que empezábamos a escribir en ese momento. Yo acababa de publicar (el libro de poemas) Salmos bajo la luna. Para mí fue una gran emoción, un deslumbramiento, conocer a Alfonso Reyes. Fue muy amable con nosotros, muy cariñoso, pero ahí quedó todo. Yo ya tenía el proyecto de venirme a México, pero todavía no definido. Pasaron unos meses y viajé a Guanajuato, a los Entremeses Cervantinos que hacía Ruelas, andaba por el Jardín de la Unión, cuando vi a don Alfonso sentado solo en una banca. Me acerqué a saludarlo y a preguntarle si se acordaba de mí. Imaginé que no, quién se iba a acordar de una joven que había conocido hacía meses, entonces yo le dije dónde, cómo, y le dio mucho gusto. Él era muy cordial, muy abierto, muy cariñoso, y me invitó a que me sentara porque Manuelita, (su esposa), había ido a buscar unos libros, que él había dejado apartados en una librería en la mañana y los iba a recoger. Empezamos a platicar don Alfonso y yo; le conté que me pensaba venir a México y todo eso, y él me preguntaba que qué hacía yo en San Luis. De pronto, como soy distraída, me empecé a entretener viendo en el jardín unos de esos crespones, que movía un vientecito y que el sol de la tarde doraba. Me puse a recordar a Saint Exupery, cuando el zorro le dice al Principito que ya no va a sufrir por su ausencia, porque cada vez que vea los trigales va a recordar su pelo. Me debo de haber quedado con la mirada perdida y me dijo don Alfonso: ¿En qué estás pensando niña que ya te fuiste a otro lado? Le contesté: Pues fíjese que le va a dar risa, pero estaba pensando en lo que el zorro le dijo al Principito de Saint Exupery. Entonces don Alfonso se puso con una cara de felicidad, no tienes idea tú hasta qué punto. Se levantó, me abrazó, me dio besos en la frente, en las mejillas, bueno, me dijo: Has llegado a lo hondo de mi corazón, criatura, porque no sabes cuánto amo a Saint Exupery, cómo amo El Principito. Entonces él estaba en la euforia total, cuando llegó Manuelita con los libros, le contó don Alfonso, y ella también me dijo: Pero mira nada más, que has puesto el dedo en la piedra de toque. Desde ese momento cambió en nuestra conversación, todo el tono, me dijo él: Mira niña, si te vas a vivir a México, inmediatamente nos buscas, prométeme que nos vas a buscar. Así fue, al poco tiempo me vine a México a vivir con mi madre y un día fui a visitarlos. Estuvimos muy contentos platicando, luego me invitaron a que fuera como a los quince días a comer con ellos y así empecé a frecuentarlos, de la manera más sencilla. Un día me dijo don Alfonso: Fíjate que tengo que hacer un libro para Monterrey, pues me van a hacer un homenaje. ¿De casualidad tú no conocerás alguna muchachita que sepa escribir en máquina, que tenga buena ortografía, que no cobre mucho, para que me saque en limpio borradores y muchos textos que tengo manuscritos, y que me los pase en máquina? Le dije: Sí, fíjese que sí la conozco. Quién es, me preguntó interesado. Le dije: Pues yo”.Me parece que la manera en que Dávila cuenta la vida tiene mucho que ver con su forma de narrar la ficción. En 1995 me platicó de la emoción que sintió cuando, al abrir un periódico Excélsior, se enteró de que Radio IMER transmitiría un programa dedicado a ella. “Fue muy bonito —me dijo—, me encantó; primero dieron una nota crítica sobre mi obra, lo cual me pareció muy acertado; luego hablaron de mi autobiografía, la que tengo en Narradores ante el público, de ahí estuvieron tomando fragmentos. Luego, en la tercera parte, leyeron el cuento “Alta cocina” e hicieron comentarios. Iba a empezar la lectura del (cuento) “El entierro” y se fue la luz, porque anoche cayó una tormenta espantosa. Amaneció con una humedad tremenda. En este rumbo siempre que hay tormentas se va la luz. Nos quedamos sin saber ni cómo terminó el relato ni qué más dijeron”.

La ambientación del momento que describe es parecida a la de sus cuentos: lo inesperado, la humedad, la oscuridad, lo no comprensible a fin de cuentas.

Por todo esto, Amparo Dávila, gracias.

* Texto leído el 25 de mayo en el Patio del Museo Zacatecano durante el homenaje realizado por Gobierno del Estado de Zacatecas a Amparo Dávila.

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