Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher, una fábula acidulada con final amargo

Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher, una fábula acidulada con final amargo
Fotograma de Lazzaro felice FOTO: CORTESÍA DEL FESTIVAL DE CANNES

Se presentó en competición la segunda película de la directora italiana Alice Rohrwacher, Lazzarofelice (Lázaro feliz), después de su primer trabajo Corpo Celeste, presentado en 2011 en la Quincena.

La película empieza con una serenata amorosa. Un grupo de jóvenes se acerca a una vieja casa, en una remota región agrícola de Italia, para que el enamorado le cante a su amada su amor, aderezado con unos versos burlones sobre el tamaño de su trasero.

La joven aguarda en su habitación, acompañada por sus hermanas y hermanos que disfrutan del acontecimiento entre risas. Tanto la tradición de la serenata como la caracterización de la casa, densamente poblada por varias generaciones de una (o varias) familias podrían sugerir que la película se sitúa en un tiempo ya lejano, en el cual no observamos ninguna marca de modernidad hasta que una de las hermanas, en busca de luz para el cuarto, se dirige hacia la cocina para sacar la bombilla de la lámpara para que por fin pueda iluminarla.

Con este detalle, la realizadora filma una secuencia perteneciente a un mundo tradicional (y probablemente ya definitivamente desaparecido), y al mismo tiempo adopta un tono benevolente que recuerda al de la “Trilogía de la vida” de Pier Paolo Pasolini. Ese detalle nos ofrece también una pista sobre la vida extremadamente humilde de la comunidad que puebla la pantalla. El chico entra en la casa y besa a la chica; pero para celebrarlo, la madre puede apenas proponer lo poco que queda de una botella de marsala y unas cuantas anchoas, insuficientes para que todos los presentes puedan incluso probarlas. Otra vez, sólo una bombilla ilumina la estancia en la que se reúnen, y esa única luz será la que utilice el equipo para rodar, marcando las sombras y reforzando el principio de realización que parece adoptar la propia “pobreza” sugerida para la familia en su puesta en escena, como un guiño a la estética del cinéma vérité.

Esta primera secuencia sugiere que vamos a asistir a una reconstrucción, entre romántica y antropológica, de un mundo rural desaparecido. En su centro se encuentra Lazzaro, protagonista de la historia. Si la vida en esa región, llamada Inviolata, está marcada por el ritmo impuesto por el duro trabajo agrícola, Lazzaro es el apoyo indispensable para que esta sociedad pueda funcionar. Este muchacho encarna la simpleza y la bondad, propias de algunos de los memorables idiotas de la historia de la literatura y el cine. Su desapego y devoción total están perfectamente interpretados por el gesto ingenuo y ausente del actor Adriano Tardiolo.

Hacia la fábula

El relato abandona desde las secuencias siguientes el tono realista para adentrarse en los terrenos de la fábula. Como en toda fábula, los elementos adquieren fácilmente un espesor simbólico: las tierras aisladas en las montañas de Inviolata (“noviolada”) son un territorio alejado del mundo que se ha quedado colgado en el tiempo, al que se podía acceder por un puente que ahora se encuentra en ruinas. Pero una fábula implica necesariamente una dimensión moral, que aquí se convierte en una crítica, e incluso sátira, política y social. El anclaje atemporal inicial de Inviolata remite a la explotación económica a la que son sometidos los campesinos por su patrona, la marquesa de Luna, que los mantiene bajo un estatuto de siervos. Su llegada a Inviolata aporta una mayor precisión en el anclaje histórico situándolo en los años 1980, al mismo tiempo que acelera la irrealidad propia de la fábula y multiplica sus denuncias. La riqueza de la duquesa proviene de la industria del tabaco, y ella y su hijo Tancre difuman sin cesar, como para afirmarse ante una sociedad que empieza a percibir en esos años los riesgos para la salud que este hábito genera.

Este último personaje introduce un cambio en Lazzaro, creando una separación progresiva con el  mundo en el que estaba perfectamente integrado y que sostenía con su desprendimiento. Pero también traerá otras consecuencias, como la incursión del mundo moderno en Inviolata, y al mismo tiempo la muerte de

Lazzaro. Unos planos aéreos anuncian la llegada de un helicóptero que será el causante de su muerte, al caer por un precipicio. Esa irrupción de la modernidad será la ocasión de que los campesinos adquieran conciencia de su propia condición de siervos, al mismo tiempo que deben plegarse a las nuevas reglas de un mundo contemporáneo que pretende protegerlos, pero que implica a cambio el control de los ciudadanos por el Estado y la reglamentación de la vida privada.

La película entra en su segunda mitad, y la fábula adopta un nuevo giro. Mientras la voz de una de las muchachas de Invicta relata una variante del milagro de San Francisco con el lobo, Lazzaro, fiel a su nombre, resucitará. Entre tanto, el tiempo ha pasado hasta llegar hasta el día de hoy, y el proyecto del filme de abarcar la actualidad y realizar una fábula crítica sobre el mundo moderno acarrea desgraciadamente la pérdida del acidulado encanto que la fábula desprendía en la primera mitad de la película. El recorrido de Lazzaro por la Italia contemporánea y el reencuentro con los envejecidos protagonistas de la primera parte va convirtiendo en una crítica de trazo grueso la sátira inicial anclada en lo maravilloso, al tratar temas como el de los refugiados políticos o el poder de la banca. A pesar de que el inicio de esta increíble trama se basa en una historia real, el proyecto de la realizadora de tratar las desigualdades de la historia de Italia se va descomponiendo a medida que la película se acerca al presente.

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