Palabras, palabras, palabras

Palabras, palabras, palabras
Me interesa el lenguaje, la corrección de su uso; me interesan las lenguas, sus diferentes orígenes, evoluciones, enriquecimientos, empobrecimientos; me interesan las palabras, sus significados, sus usos, sus tropiezos, sus aciertos. Para un escritor estos intereses son naturales; para quien nace con la inclinación de escribir, son congénitos.

Conozco la diferencia entre redactar, escribir, narrar. Son acciones que aprecio y que practico.

Siempre estoy corriendo riesgos, de equivocarme; de juzgar para mis adentros o explícitamente el nivel de conocimiento que los demás tienen respecto a estos intereses míos; el nivel de uso y abuso que escritores y no escritores hacen con estos asuntos congénitos o naturales.

Como dudo tanto de mi propio conocimiento de estas mismas curiosidades hablo despacio y escribo rescribiendo.

Cometo tropiezos o pasos en falso, muchos de los cuales despiertan mi sensación de culpa (a la que, por otra parte, ya no le permito afligirme), pero también incurro en otros que resultan muy divertidos.

Entre estos últimos, ciertos deslices específicamente en la lectura, como cuando en la carretera veo la identificación de la camioneta que circula despacio a mi derecha, la paso, y leo a lo largo de su costado: Auxilio vial altruista, cuando la verdad es que el letrero dice: Auxilio vial al turista.

Río, aunque me recomiendo leer con más cuidado. Sin embargo, no he llegado a dejar de cometer tropiezos de lectura, por más que cada vez que caigo en ellos vuelva a recomendarme leer con más atención lo que leo.

Procuro ayudarme de diferentes maneras. Hago listas de mis errores para ver si, al avergonzarme ante ellas de mis distracciones, aprendo a leer con toda la aplicación que requiere todo escrito.

Mis listas sólo crecen. Padecer vergüenza al verlas tampoco evita el mal. Leo Centro de alegrías, en lugar de Centro de alergias; melancolía por melodía; unitarios por urinarios. ¡Ay!

Me muerdo la lengua, como dicen, antes de acusar a un interlocutor de no entenderme. En vez de dar expresión a una falta de tacto semejante, en lugar de enemistarme con el prójimo, en lugar de menospreciarlo, me pregunto si lo que sucedió en nuestro diálogo fue que el otro no me entendió a mí o, quizás, más probablemente, que fui yo quien no se supo expresar.

Cuando más me atoro, sin embargo, es al necesitar expresarme con una interjección o con una grosería, malcriadez, patanería, rudeza, descortesía, tosquedad, vulgaridad o rusticidad, y entonces me veo en el dilema de no saber cuál emplear. Rechazo a tal grado y por tantas razones o sinrazones las groserías o malas palabras, que no las empleo. Y las que en consecuencia me veo obligada a usar son palabras tan fuera de uso, pero sobre todo tan vacías de significado y de doble sentido, que suelo confundir a quien me escucha o propiciar que quien me escucha me considere extraterrestre o desconectada de la realidad, una persona ajena al presente, a la actualidad, sencillamente desacostumbrada al uso común de las interjecciones o de las malas palabras. Exclamo ¡Zape!, o ¡Gran grillo!, en lugar de…

Así, prefiero pasar por alienada que por mal educada; prefiero ser vista como corta de vocabulario, o delicada de forma exagerada. Prefiero ser considerada ofensivamente purista que conciliatoriamente vulgar. Prefiero ser rechazada por ir contracorriente, que amalgamarme a lo común sólo para ganarme a los demás, ya sean escritores o no.

La serie de palabras o frases toscas derivadas de la palabra mamá, de la palabra prostituta y de la palabra perra, así como los calificativos con los que, quienes las emplean, hacen énfasis en el tono de desagrado, de repudio, de desprecio que quieren darles al emitirlas, al expulsarlas, me son particularmente desconcertantes.

Madre se usa de igual manera para expresar agrado que desagrado. Dicen que algo está a toda madre para referirse a lo que les gusta o les da placer; pero maldicen a la madre que te parió, cuando pretenden insultar a alguien que los disgustó o que los desagradó.

Podría examinar de igual manera la palabra perra en su sentido despectivo, o la palabra puta en su doble sentido, de elogio o de vituperio. Aunque tal vez con dos preguntas baste para darme a entender. Una es ¿No te gustan las perras? Y, discriminar o sobrevalorar a una prostituta, ¿no es igualmente hipócrita?, es la otra.

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