No tan a vuelapluma

No tan a vuelapluma
Lo que comparten tres libros que he leído últimamente, sin hablar del gozo que su lectura me confirió, ni de la suma de enseñanzas que me ofrecieron, es el mandato ¡Atrévete! al que me incitaron, literariamente hablando.

Hay lecturas que te entretienen y te enseñan pero que te dejan impasible, y hay lecturas que también te entretienen y te enseñan, pero que además te incitan a la acción, la acción literaria. Y las lecturas a las que me refiero aquí son de las que entretienen, enseñan y, aparte, incitan a atreverte a actuar.

En mis notas llamé las Memorias póstumas de Blas Cubas la novela evolucionaria de Machado de Assis. Lo que logró el autor en aquel momento (1880) fue tan novedoso, tan osado, que no hizo sino confundir a la crítica. A pesar de la novedad que revivió en la literatura, es una obra experimental cargada de un trasfondo clásico, que parte de los griegos y los romanos y que recorre todos los pueblos y épocas que los siguieron hasta el siglo XX. Es un libro nacido en Brasil que está fundado en la historia universal, en la social tanto como en la personal. Está plagado de juegos literarios de fondo (alusiones) y forma (que van de capítulos de una línea a capítulos extensos; de capítulos que consisten en consignar que el memorialista –que escribe muerto, desde su tumba– no quiere escribirlos o en advertir que no son serios). Laurence Sterne y su Tristram Shandy (1759-1767) fueron el punto de partida, la referencia ineludible, el homenaje constante. El estilo es natural y agradable; el sentido del humor y la ironía se dan la mano de principio a fin en las Memorias. Abundan en observaciones humanas, sicológicas, tan profundas que resultan visionarias, iluminadas. Ha sido una lectura que a mí me ha animado, finalmente, a destrabarme a la hora de escribir.

Las Lecturas no obligatorias, de Wyslava Szymborska, es otra obra liberadora. Se trata de una recopilación de comentarios sobre libros no necesariamente de poesía o literatura propiamente dichas sino, más bien, de memorias, rediciones de los clásicos, monografías, antologías y, también, diccionarios que, según la autora misma señala, son los no valorados, los no discutidos y los no recomendados. Szymborska se considera una lectora aficionada más que una crítica dedicada a la estricta evaluación de cuanto lee. Sus ensayos son más bien asociaciones libres que hace a medida que lee. Para ella, leer es el pasatiempo más hermoso creado por la humanidad. Según Szymborska, leer es el mejor pasatiempo del hombre verdaderamente libre pues, en síntesis, quien fija las reglas del juego, subordinado únicamente a su propia curiosidad es él. Lo cierto es que la lectura de las Lecturas no obligatorias, además de ser de lo más disfrutable y en apariencia ligera que he leído por lo que hace a la forma, me animó a activar mi propia curiosidad por los temas recogidos por Szymborska.

Las mascotas; el baño diario; una biografía de Verne; otra de Hitchcock; fumar; el museo del botón. Despierta en mí el interés por la historia, la ciencia, la tecnología y, en fin, por tantísimos asuntos que un lector como yo no suele frecuentar, que en sí es un compendio de conocimiento, accesible a todo lector, disfrutable por todo lector. En mí ha intensificado el ánimo de escribir sobre lo que sea, referido a la literatura o no.

El tercer libro que destila el ánimo de atreverse es la autobiografía de Al Alvarez (sin acentuar), Cómo empezó a irme bien. Alvarez (1929) es un poeta, novelista, ensayista y crítico inglés que, además, se ha entregado a entretenimientos tan disímiles a estos como son el excursionismo y el póquer, pero con igual entusiasmo y provecho. Si fijó las normas de la poesía del siglo XX en su Antología de la nueva poesía, y si fue el editor de poesía del diario londinense The Observer, así como colaborador fijo de la exclusiva revista New Yorker; o si fue tanto profesor de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, como de la de Princeton, en Estados Unidos; al mismo tiempo fue capaz de escribir sobre intereses tan diferentes como son el del petróleo o el suicidio. Recoge con igual afecto la memoria de Sylvia Plath, como la de tahúres o corredores de coches famosos. Leer la autobiografía de Al Alvarez me anima, si no a llevar a cabo los sueños que tuve de todo lo que quería y podía ser en la vida, al menos sí a escribir sobre ellos.

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