‘Deus ex machina’ o del espectáculo (no teatral) de las grúas en el FITCZ 2017

‘Deus ex machina’ o del espectáculo (no teatral) de las grúas en el FITCZ 2017
FITC 2017. Foto de Happy Romero

La Gualdra 316 / Teatro

 

En una etapa madura del teatro clásico en Grecia comenzó a utilizarse un mecanismo de tramoya muy peculiar, que ayudaba a “hacer aparecer” en el escenario a personajes que mediante un giro inesperado (no narrativo) resolvían de facto un problema en beneficio de otros personajes de la obra teatral. Este mecanismo no fue introducido con magia o ilusión, sino mediante una grúa que quedaba a la vista de los espectadores que “hacía volar” a los salvadores inesperados desde atrás o desde los costados del escenario. Con la implementación continua y desmedida de este recurso, en el teatro post trágico, más precisamente en el teatro romano, se orquestaba la desaparición de la tragedia, pues el héroe y los personajes sometidos a los angustiosos castigos de los dioses ahora eran rescatados espontáneamente por la concesión de Dios desde la máquina. Más allá de que las escenas ya no eran desarrolladas únicamente por los recursos escénicos y corporales de los actores (pues ahora se ayudaban de máquinas), el montaje era ensuciado por los elementos artificiales -cuerdas, grúas y poleas- que fueron introducidos en la teatralidad para dar resoluciones forzosas.[1]

Durante el pasado Festival Internacional de Teatro de Calle me dediqué a ver varias de las obras programadas para dicho evento, pues aunque no lo quiera, ya no puedo dejar de ver teatro; la condena de todo teórico de arte es ver y ver, seguir viendo, y entre esos avistamientos escuchar y escribir -no es fortuita la raíz de las palabras teoría y teatro, cuya raíz griega es la misma: theorein, que hace referencia a la acción de observar o ver.

Lo que diré entonces de este festival en concreto será que nos volvieron a vender gato por liebre, pues lo que programaron como “espectáculos principales” es decir, Qixote de la compañía española La Puja para la apertura del festival, y The Muaré Experience de Voalá Project para la clausura, no son teatro. Y si en algunos momentos ya con ojo de lupa podrían detectarse ciertas teatralidades, para nada llegan a ser teatro de calle, pues en el teatro de calle no se trata de sacar un escenario a las calles como en ambos espectáculos ocurrió, ni tampoco se reduce a hacer uso de una sola plaza para elevarse a cuarenta metros con una grúa arrojando objetos coloridos sobre la gente en apoyo a un evidente déficit narrativo; sino de que los actores -o personajes no precisamente de cuerpo humano- construyan diálogos con la arquitectura y las abruptas heterotopias inherentes a la urbanidad de una ciudad, así como con sus habitantes, como bien debería exigir un festival con esta modalidad en cualquier parte del mundo. Lo anterior, como requisito mínimo del teatro de calle, porque por ahí empieza, pero no necesariamente acaba ahí, sino que las posibilidades para este tipo de teatro son casi inagotables y no se reducen a una plaza con un escenario y una máquina de vuelo como pareciera haberse convertido ya en tradición para este festival.

Ahora, en cuanto al sentido teatral de dichos espectáculos, parece que a los directores o coreógrafos les pasó de madrugada el asunto, puesto que en sus montajes ni si quiera hay conflictos a desarrollar, todo lo han querido solventar con coreografías televisivas y operación de grúas de principio a fin del espectáculo. Si con la salvación divina espontánea desde una máquina (Deus ex machina) desapareció la tragedia, estos montajes ya mencionados en donde la omisión de las narrativas no reserva espacio para el conflicto, nos ha dejado claro en qué consiste la desaparición del teatro;[2] todo esto, para abrir la alfombra roja al mero espectáculo en el marco de un festival que se suponía era un Festival de Teatro de Calle, no un Festival de Espectáculo Aéreo en las Plazas.

Allá de aquéllos que en sus festivales de teatro de calle acepten eventos callejeros carentes de teatralidades, allá de aquéllos que en sus festivales de teatro de calle acepten sacar el teatro de foro a las plazas y promocionarlo como teatro de calle, pero Zacatecas se merece más, y no más inversión de presupuestos para este festival (a menos de que sea necesario para brindar a la ciudadanía obras de teatro de calle reales), sino más en el sentido de una exigencia mayor de calidad en el repertorio, mejores filtros para la elección de obras, o cuando menos, que estos espectáculos estridentes y de música chillona y monótona como la Duchamp Pilot para The Muaré Experience no nos los vendan como teatro de calle.

Cabe mencionar que no todo lo mostrado en esta edición y en anteriores debe apreciarse con desdén, obras como Las bestias danzan o Ángeles de Talavera son obras dignas de reconocerse como teatro de calle; incluso obras de calidad con formato espectacular también han sido incluidas en años anteriores: en 2012 La Fura dels Baus ya demostró que además de recurrir al uso de grúas, sus actores también transitan a nivel de piso creando diálogos en distintos niveles escénicos sin dar la exclusividad al espacio aéreo; además debemos decir que Ícaro y la Red humana de La Fura, expresa una narrativa que se construye con elementos de la dramaturgia clásica en diálogo con la estética cyborg.

Hay que añadir además que compañías de teatro zacatecanas sí se han interesado por producir teatro de calle real, como el caso de Los Cosmicómicos con su puesta en escena titulada El secreto en 2013 y Café de altura en 2008; la ya desaparecida compañía La Nave con Ciclos en 2014; así como la interesante puesta en escena de la también desaparecida Compañía Estatal de Teatro de Zacatecas titulada A la luna dirigida, por Iván Guardado y basada en la obra de Italo Calvino La distancia de la luna en 2008, que mostró claros referentes del teatro en espacios alternativos y cuya adaptación dramatúrgica fue excelsa implementando herramientas visuales adecuadas para el teatro de calle, estos casos por mencionar algunos.

¿Qué esperar ahora? Que el Instituto Zacatecano de Cultura procure año con año un line up de calidad que cumpla con las características que el teatro de calle debe tener, que se encargue de formar un comité de propuesta y selección de obras permanente y rotativo para este festival, y si les faltan asesores o no tienen idea del perfil que éstos deben cubrir al momento de seleccionar el repertorio de obras, una llamadita a Bruno Bert nunca está lejos, seguramente el experto en teatro en espacios alternativos, quien fue uno de los fundadores del Festival Internacional de Teatro de Calle de Zacatecas, y quien de 2001 a 2009 fue además director artístico de dicho festival, les atenderá con mucho gusto.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_316

 

[1] Posteriormente en el teatro italiano del siglo XVII la dinastía Gali da Bibiena desarrolló complejos sistemas de maquinaria teatral que cuidaban sobre todo la limpieza escenográfica para evitar los choques entre lo orgánico y lo artificial en la escena.

[2] En el teatro de post drama se prescinde en la mayoría de los casos del texto dramatúrgico, no obstante, este tipo de teatro nunca deja de construir narrativas, pues siempre sigue uno o varios conflictos. Entiéndase pues que la narración no se subordina a un texto.

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