Cecilia Juárez

Cecilia Juárez
  • Cecilia Juaěrez. Foto de Alex Gaěnem.

La poesía es un ejercicio vital

Este ciclo de entrevistas a poetas de diversas generaciones y distintos países, pretende poner sobre la mesa la discusión histórica sobre lo que posiblemente es la poesía y en qué soportes podríamos hallarla. Se sabe ante todo que su ejercicio es flexible y que su evolución nos ha mostrado diferentes formas de emprender un viaje desde un mismo punto (el lenguaje) para llegar —al menos— a otro punto de encuentro en nuestras ideas y en las maneras posibles de interpretarlas. He aquí esta ruta que espera ser lo más incluyente y sobre todo interesante. En esta ocasión iniciamos con Cecilia Juárez, poeta que nació en Toluca justo frente al nevado, y que nos hace el honor de inaugurar este ciclo de aproximaciones a la poesía.

 

Armando Salgado: Cecilia, ante la ebullición de propuestas estéticas y un hervidero de egos, he notado en tu trabajo la honestidad de quien vive intensamente y escribe de la misma manera. Hay sinceridad en lo que haces. ¿Qué haces para moverte de esta manera, para no estirar tu escritura a espacios descontextualizados de tu experiencia?

Cecilia Juárez: Platicaba con un amigo sobre el hecho de que grandes poetas de la historia han sido grandes cerebros; el vehículo que eligen para dar a conocer sus descubrimientos vitales ha sido el poema, como pudo haber sido el ensayo o el artículo científico. A diferencia de estos dos, el poema tiene además la belleza que implica el descubrimiento semántico, una belleza implícita. Eso lo convierte en una explosión que te hace sentir y comprender al mismo tiempo, está bien bueno eso, ¿no? Ojalá todo el aprendizaje fuera deleitante y humano, como el que obsequia generosa la poesía. Me resulta más satisfactorio hablar de lo que sé y usar el poema como mi vehículo. Aunque algún día me gustaría escribir artefactos poético-científicos…

 

AS: Tu contexto inmediato es el Estado de México. Un entorno demasiado violento. Tu escritura violenta el canon (esas materializaciones de lo políticamente correcto, de los malabares de lenguaje que argumentan que la escritura no tiene ninguna relación con la vida). ¿Qué postura debe asumir un poeta en estos tiempos álgidos y de indiferencia?

CJ: La poesía es un ejercicio vital. Y técnico, claro. Gran parte de la construcción poética es conocimiento del lenguaje y la consecuente capacidad de jugar con él, romperlo, reinsertarlo, ver germinar un híbrido. Pero, en efecto, esa parte se conjuga con lo que nos nutre como personas. Cuando Nicanor Parra sentenciaba el siglo pasado que los poetas bajaron del Olimpo, dio en el clavo con respecto a la transformación que la poesía había emprendido: los poetas no son más los intermediarios de las musas, son personas como todas y justamente así perciben el mundo en el que viven. Si yo hubiese nacido en la aristocracia escribiría distinto que si hubiese nacido en la miseria, porque se escribe desde la manera en la que se comprende el mundo. Soy consciente del privilegio que tengo como mujer viva, económicamente activa y universitaria en el Estado de México, una entidad asolada no solamente por la violencia feminicida, sino por muchos otros cánceres políticos y sociales que le han podrido el corazón. Todo eso te hace comprenderte y comprender lo que te circunda de una manera específica: aprendí que el privilegio aquí es una moneda de cambio, que puedes tener lo que por principio era un derecho –y se ha convertido en un lujo– solo si conoces a alguien; aprendí que eso implica que habrá quienes no puedan permitirse acceder a derechos elementales; aprendí que estamos educados de un modo cruel para ser engranes de la maquinaria y ejerceremos violencia contra otros bajo el pretexto de la diferencia; aprendí que las mujeres en todo el país la tienen más difícil, que de entrada no van a confiar en tu trabajo fácilmente… Todo eso me fue conduciendo hacia cierto tipo de escritura que se vuelve una especie de necesidad por sobrellevar la realidad. ¿Existe una responsabilidad social en la escritura? Creo que no hay una norma que lo establezca así, puede ser o no, igual que en la vida real, ambas posibilidades tienen sus riesgos; pero si decides aceptar alguna responsabilidad social en tu trabajo de escritura, debes decidir cuidadosamente cómo hacerlo sin ser panfletario, para ser efectivo; así como escribir desde el quiebre lingüístico, desde la ruptura o desde la experimentación puede ser inútil si se vacía de significado y se torna un juego sumamente hermético. La forma de evitar ambos extremos, desde mi perspectiva, es escribir desde el lugar más honesto, si no ¿cuál es la utilidad de una poesía vuelta un extenuante ejercicio narcisista?

 

AS: Has publicado Muerte para el coño dorado de Lavernia (Mirabilis, 2006); No te desanimes, mátate (Diablura, 2013); Bar Karaoke (Mirabilis, 2014); Lobos en un corral de lobos (Mantra, 2016); la plaquette No estoy lista (El Humo, 2016); y Fábulas serie B (Diablura, 2017) es tu más reciente libro. ¿Para alguien que apenas se acerca a tu escritura, qué recomiendas leer primero de Cecilia Juárez?, ¿se debe incursionar de manera cronológica en tu obra, o sugieres algún título en particular?

CJ: Siempre se agradece que a alguien le interese lo que tienes que decir. Después de eso recomendaría que leyeran mis libros cuando los encontraran. Verás: todas son editoriales independientes, todos los tirajes fueron leves, lo que implica que el más grande de ellos fue de quinientos ejemplares y, generalmente, los puntos de venta son directo con la editorial o, como en el caso de Diablura Ediciones, en el Centro Toluqueño de Escritores. Y ya, poniéndome exquisita, sí, me gustaría una lectura en orden cronológico, ya verían así el barroquismo de mi primer libro, la sencillez del segundo, el desencanto del tercero, el desconcierto del cuarto libro… y el último, ya me dirían ustedes el común denominador.

 

AS: En tus libros hay 11 años de diferencia entre el primero y el más reciente, ¿cómo percibes la evolución de tu escritura?; ¿de qué manera el arte ha influenciado en tu vida y asimismo cómo tus experiencias han marcado la pauta en el desarrollo de tus poemas?

CJ: Algo que puedo ver muy claramente es que, a lo largo de once años, me cayeron muchos veintes en cuanto al poder del lenguaje, de la palabra, del idioma. Estudié literatura, lo cual me permitió conocer normas del español, semántica, entrañas, funcionamiento. Es como destripar un juguete para ver cómo es por dentro y luego volver a armarlo: con cada vez que lo haces vas viendo que puedes armarlo de forma distinta a propósito y aprendes de los errores. Creo que cuando escribes pasa lo mismo. Cuando Mirabilis me publicó el primer libro ya había pasado por algunos talleres y llevaba unos ocho años escribiendo en plan consciente. La onda no era publicar, ¿sabes?, la onda era escribir, practicar ese oficio. El momento en el que estaba me dio un libro algo extraño, algo hermético, rebuscado. Por ese entonces no acababa de comprender todo lo que se gana podando, empleando las palabras precisas; entonces, lo que hacía era ametrallar la hoja con un titipuchal de adjetivos rebuscados (lo que ahora me parece un desacierto), pero tuve que recorrer ese camino para llegar a la síntesis, para darme cuenta que lo importante no era la cantidad, sino lograr decir lo mismo con menos, con mucho menos. Lo que rescato de ese primer libro es el ritmo. Por otro lado, es cierto que lo que he experimentado y conocido a través del arte juega un papel crucial, porque escribes a partir de lo que eres. Creo que a un escritor lo nutre especialmente la lectura (y no pienso solo en literatura, sino en ciencia, en antropología, gastronomía, culturas del mundo, historia, lo que se te antoje); pero también recibe alimento de lo que vive, siente, piensa y presencia. Es como hacer café: recibes el grano, pero tienes que molerlo, pasarlo por agua; el resultado es la bebida, no el polvo, ni el grano.

 

AS: Por último: dinos qué haces cuando sientes que el mundo se te va por la alcantarilla, ¿qué hace una poeta, locutora y productora de radio cuando el mundo se quiebra constantemente?

CJ: Uno: lloro. Dos: entro en crisis. Bebo un trago. Tres: necesito hablar con mi círculo cercano para tener perspectivas distintas y comprender cosas que no había capeado, como decimos acá. Cuatro: a veces logramos sacar conclusiones esperanzadoras. En ese caso, suelto el tema. Si me interesa o me intriga, escribo algo al respecto. Llevo diarios desde hace mucho rato. Cinco: a veces se pone peor y me doy cuenta de que todo está más podrido de lo que pensaba. Seis: en esos casos hay que beber algo en compañía, dedicar una noche a lamerse las heridas, arreglar el mundo para luego olvidarlo; busco hacerme consciente de que no soy una súper heroína, ni puedo salvar a nadie… apenas a mí misma, tal vez.  Siete: me recompongo y ahora miro la porquería del mundo desde la neurona y no desde la víscera. Entonces elaboro un discurso en mi cabeza. Ocho: pongo en marcha mi proceso de curación, que no de sanación, porque de eso no te recuperas nunca y el mundo sigue doliendo. Ese proceso incluye leer mucho sobre el tema que me preocupa, investigar y aventarme unos guiones sobre mis conclusiones. Esos guiones serán programas de radio que algunas personas escucharán. A veces escribo al respecto en un tono más libre, escribo poemas que, con suerte alguien leerá. Y son botellas lanzadas al mar, ¿no crees? Si bien, no sabes quién va a encontrarlas, ni si hablará tu idioma; y, si lo habla, si comprenderá lo que intentaste comunicar; y si lo comprende, si le importará. Pero lo sigo haciendo así porque me hace sentir mejor. Además, dicen que la esperanza muere al último.

Libros de Cecilia Juaěrez
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