¡El maldito Rimbaud!

¡El maldito Rimbaud!

En realidad es difícil definir la vida de Rimbaud. Lo que sabemos de él, y por conclusión, es que no era una persona desquiciada, pero sí distante de su realidad inmediata, al menos de la que al él le toco vivir. ¿Viajero, poeta, loco? Quizás por eso sus versos y sus poemas son tan precisos. Y me parece que en la actualidad no es tan valorado como lo fue en otra época. Hemos dejado de leer a los excelsos poetas por flojera, porque no es lo mismo leerse un versito que hable de los pájaros y la primavera que uno que te exija pensar, analizar, volver a leer el verso, una y otra vez, memorizarlo, llevarlo incluso a la cama, soñar con él y con su ritmo, y aun así, quizás, nunca dar con lo que el poeta en realidad nos quiso decir, porque eso, su realidad, estaba alejada de la nuestra en el momento en que él escribió el verso, en el momento en que él intentó descifrar alguno de los secretos del mundo con tan sólo unas cuantas palabras en las manos.

Hay un factor importante aquí: las editoriales chafas nos han acostumbrado a la mala poesía, leemos mala poesía y a nadie parece importarle, creemos que es lo único que nos puede aportar la literatura mexicana del siglo XXI, ediciones a fin de cuentas pobres, mal hechas y pagadas por los autores, como si de un pastel de XV se tratara; las prisas por publicar, las prisas por llegar a la mesa de la cantina con un libro bajo el brazo, las prisas por aparecer en tal o cual revista, las prisas de las presentaciones suntuosas con vino asqueroso están convirtiendo a la literatura en uno de nuestros peores males, ¿quieren ver los resultados? No tardaremos en verlos.

Por eso cuando una editorial tan importante como Atalanta se toma el tiempo y la paciencia necesaria para sacar la Obra Completa Bilingüe de Arthur Rimbaud es motivo de fiesta: al fin tenemos algo decente que leer, releer, en nuestras manos. Coincidan conmigo: poetas de tal talla ya no existen, y dadas las estadísticas editoriales en cuestión de publicación de poesía, dudo mucho que lleguen a existir. Y me refiero, lo que es peor, a la literatura universal (o lo que se entienda por ello).

Y con poetas de tal talla no vale poner de pretexto las traducciones. Son muchos los traductores los que han procurado dejar en la vista del lector las mejores lecturas y sin duda debemos agradecer el trabajo que hacen con cada una de las palabras del poeta francés. Que se entienda: traducir es una de las actividades literarias más exigentes, no es trasladar una palabra a otro idioma con la ayuda de algún buen diccionario, no es decir pollito-chicken y agregar “rostizado” o “ranchero” en un cuento de Carver o de Fitzgerald; traducir es contextualizar todo el texto para que esa palabra alcance a sostenerse de él con una traducción donde aparte de los conocimientos generales entra el soporte lingüístico con el que aún podemos nombrar al mundo. Aquí cabe dar las gracias a Mauro Armiño, quien estuvo a cargo de la edición.

Cuando la obra completa de un poeta se reúne en un solo tomo ocurre uno de esos extraños y hermosos sucesos que bien conviene llevarse al altarcito. Insisto, hoy en día son pocas las editoriales que le apuestan a hacer algo así. Hay editoriales que jamás ponen por enfrente las exigencias del lector y sí las del mercado. Ignoro el precio de esta hermosa edición pero no dudaría en pagarla, porque son de esos libros que uno debe tener a la mano para leer en el silencio de un departamento y a la luz de una pequeña lámpara, copa de vino en mano, tal y como leo (y releo mientras recuerdo mis años universitarios) las obras completas de Rimbaud ahora mismo.

Hace muchos años se corrió una leyenda en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En realidad ignoro si es cierta o no, y si la cuento es tan sólo para destacar el impacto que tuvo en su momento la lectura de Rimbaud. Me parece que fue Huberto Batis, quien a su vez refirió una anécdota de Guillermo Sheridan, donde afirmaba que cuando se publicó por primera vez “Una temporada en el infierno” de Rimbaud en español, Guillermo aseguraba que el suicidio entre los jóvenes aumentó.

Ignoro si es verdad tal historia. Y tampoco es que me interese saberlo. Me quedo con el efecto, con el nombre, con la mala publicidad a un libro que quizás ahora hasta nos parezca un poco ingenuo, pero que en su momento tuvo tanto significado para tantos y tantos lectores que, entusiastas, se acercaron al fuego de la poesía de Rimbaud; pero no sólo era acercarse a la poesía de él sino a todo un movimiento que acaso sembró las bases de lo que vendría a ser la poesía contemporánea (lo que sea que esto signifique en poesía).

Permítanme aventurarme en mis juegos imaginarios y afirmar que Rimbaud fue a la poesía lo mismo que Jim Morrison al rock and roll. De alguna manera, entre los dos hay una tenue línea que sólo la separa la música, aunque si acertamos a descifrar la musicalidad de Rimbaud en cada uno de sus versos tan sólo nos hace falta el rock and roll, ya que los dos predicaban en contra de Dios (Rimbaud salía a las calles con un letrero colgado del cuello: “Dios no existe”) y los dos alucinaban empleando los mismos recursos.

Cada lector tiene una historia con cada poeta y está bien que así sea. Cuando se trata de una obra completa lo mismo se puede leer al final, que al principio, que a la mitad, no creo que importe demasiado: auténticamente se lee por placer, porque la lectura en sí ya es el mayor de los placeres a los que tiene acceso el hombre, y si se trata de poesía llega por partida doble. ■

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