La diferencia del presupuesto y el gasto real: el espacio de la rapiña

La diferencia del presupuesto y el gasto real: el espacio de la rapiña

Los mecanismos para disponer de recursos públicos para los fines de grupos de interés o personas en lo particular son muchos. En estas semanas se han ventilado varios mecanismos de este tipo. Uno que produce sumas enormes es aquel donde se calcula muy a la baja los montos de la ley de ingresos, porque al hacer el presupuesto de egresos empatado a dichos ingresos, es claro que al venir más ingresos de los esperados, estos no están presupuestados, y por lo cual, se podrá disponer de ellos con absoluta arbitrariedad por parte de la autoridad hacendaria. Así, lo presupuestado y lo gastado serán cosas diferentes: lo segundo mucho mayor a lo primero. ¿Es incompetencia en el cálculo presupuestal de los ingresos-egresos esperados? En lo absoluto, no hay tal incompetencia, porque eso supondría que la acción es involuntaria. Por el contrario, hay capacidad de cálculo a tal grado que se mide lo que puede haber de sobre gasto. Esto es lo que explica con detalle una investigación del CIDE: en 15 años se acumularon más de 3 billones de pesos en sobre-gastos. Es una cantidad estratosférica. Y es lo que explica también que los presupuestos nunca coincidan con las cuentas públicas.

Pues bien, el primer motivo de preocupación es que el Poder Legislativo pasa a ser decorativo: Hacienda hace lo que quiere con el gasto y no se respeta aquello que tiene fuerza de ley (anual). Y lo peor: cuando la auditoria de la federación hace los señalamientos correspondientes a los diputados para la revisión de la cuenta pública, estos no hacen nada. Todo queda como si nada hubiera ocurrido. Y ese “nada ocurre” es el motor mismo para que efectivamente siga sin ocurrir nada. Toneladas de pesos se gastan sin control alguno, que benefician a sectas políticas o grupos de interés que no son del interés nacional.

En el caso de los mecanismos de los equipos de las instituciones educativas señalados en las irregularidades por parte de la misma Auditoría Superior de la Federación,  son aún más prodigiosos, porque incluyen la falsificación de firmas, robo de identidades y trampas administrativas. Es decir, los caminos de la corrupción son infinitos, y no hay compromiso por parte de las autoridades para desterrar esas prácticas, como el caso de la dirección en la FCA, que puede hacer una investigación por cuenta propia y denunciar los malos manejos y no se hace nada, lo cual hace parecer que hay complicidad con la corrupción señalada por las investigaciones de este medio y la ASF. Así las cosas, los ingeniosos mecanismos de corrupción se acompañan de la omisión de vigilantes y responsables institucionales, con lo cual, parece un remolino de fuerza incontenible que se traga toda esperanza de contar con instituciones eficaces en sus tareas públicas. Esta situación es la madre del escepticismo de la población y el cinismo de la clase política. Estamos atrapados en el remolino de la devastación del Estado.

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