Mar de historias

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  • Noche de perros
Por: Cristina Pacheco
Al entrar en el departamento Selma ve a Roberto y Celia de pie a mitad de la sala. Por su expresión preocupada adivina que la están esperando. Molesta, arroja su mochila a un sillón:

–Sí, ya sé que están furiosos porque se me hizo tarde. No fue mi culpa. Ethel me pidió que la acompañara a su casa para que sus hermanos vieran que estaba conmigo y no con su novio. –El silencio de sus padres acentúa su impaciencia. –De acuerdo, debí llamarlos, pero no pude: se le acabó el tiempo a mi celular.

Roberto le entrega un papel y le ordena leer el mensaje que contiene.

–¿Es para mí? –Selma se queda viendo las letras escritas con plumiles de distintos colores. –¿Quién me mandó esto?

–¡Que leas te estoy diciendo! –exclama Roberto.

–Oquei, oquei, pero no me grites. “Si quieren ver de nuebo a… –Se interrumpe: –Nuevo con be grande. Creí que se escribía con be chica.

–Selma, sigue leyendo: es importante; si no, no te lo pediríamos.

–Ay, mamá, ¿qué les pasa? Están como locos. –Condescendiente, reinicia la lectura: –Si quieren ver de nuebo a su peluche dejen tres mil varos detráz de los tinacos antes de las onse. No entiendo. ¿Es una broma o qué?

–Ojalá… –murmura Celia llevándose la mano a la frente. –Secuestraron al Dandy.

–Pero quién, cómo, ¿qué onda? –Selma mira horrorizada el mensaje: –¿Mi hermano Érik ya lo sabe?

–No. En la tarde, cuando habló para decirme que estaba feliz con su abuela y que mañana regresa de Cuautla con su tío Joel, aún no había sucedido… –Cierra los ojos e implora: –Diosito santo, no permitas que le pase nada malo al Dandy.

–Papá: ¿crees que los secuestradores sean capaces de matarlo?

–Si no se tocan el corazón para asesinar personas, ¿crees que va importarles hacerlo con un perro? –Roberto recupera el mensaje: –Tenemos que entregarles el dinero. No hay de otra.

II

–¿Y de dónde vamos a sacarlo, Roberto? Con lo que tenía pagué el gas. –Celia adivina un reproche en la mirada de su hija: –Eran cuatrocientos pesos. Con eso no alcanzaríamos a pagar lo del rescate.

–¿Y si le pedimos a mi tío Vicente que nos preste el dinero? Él de seguro tiene.

–Sí, hija, pero él vive hasta Chicoloapan. En ir y regresar hacemos por lo menos tres horas y ya no alcanzaríamos a entregarlo a tiempo. –Celia inclina la cabeza: –Nunca pensé que viviríamos esto. Por todas partes hay violencia. La gente se ha vuelto tan desalmada, tan inhumana. Sólo Dios sabe adónde iremos a parar.

–Cálmate, mi amor. Voy al cajero que está en el súper –dice solemne Roberto.

–En la mañana, cuando te pedí para darle al Chato lo de la compostura del refri, me dijiste que no tenías ni un centavo.

¿Cómo es que ahora tienes?

–Con todo lo que está pasando se me olvidó decirte que Camacho me pagó un dinero que me debía. Cuando salimos a comer pasé a depositarlo. No es bueno llevar tentaciones en la bolsa.

–¿Quién es Camacho? –pregunta Celia.

–Mamá, por favor… ¿Eso qué importa ahora? Vámonos los tres al súper. Mientras tú y yo hacemos como que compramos algo, que mi papá saque del cajero. –El timbre del teléfono la paraliza: –Qué hago: ¿contesto?

–No, pueden ser los secuestradores. Déjame a mí. –Roberto levanta la bocina e imposta la voz: –Bueno, ¿quién habla? Ay, señorita… No, gracias, yo no pedí otra tarjeta… Vea qué hora es… ¿Cómo? No soy ningún grosero. Estoy nervioso porque secuestraron a Dandy.

Celia le arrebata el auricular e interrumpe la comunicación:

–¿Cómo se te ocurre ponerte a dar explicaciones en este momento? –Mira hacia el canasto vacío: –Los secuestradores deben habérselo llevado cuando salí a la farmacia. ¡Malditos! ¡Ojalá que el dinero les queme las manos.

–¡Vámonos, mujer, vámonos! Y ora, ¿qué te pasa? ¿Por qué te quedas allí?

–Tengo miedo de que vayamos a estas horas al cajero. Acuérdate de que a Tobías lo mataron por quitarle los seiscientos pesos que acababa de sacar.

–Ves que estoy nerviosísimo y me sales con ese cuento. –Roberto se lleva la mano al cierre del pantalón: –Vayan bajando. Necesito ir al baño.

–Ay, papá, ¡qué inoportuno!

–¡Oye, déjalo! Ni modo de que no orine. –Ve que Roberto se acerca: –¿En qué nos vamos, viejo?

–En mi coche, ¿en qué otra cosa? Ojalá que arranque, porque en la mañana no quiso.

III

–Roberto, ten cuidado: ya te pasaste el alto. Estás manejando muy mal.

–Qué quieres, no puedo concentrarme.

–Ojalá que a mi hermano no se le ocurra hablarnos ahorita.

–Y si habla, ni una palabra de esto, y tampoco cuando llegue de Cuautla. Si lo sabe, vivirá con miedo de que vuelvan a secuestrarle al Dandy. Mejor que no sepa nada y que lo disfrute.

–Si es que nos lo regresan, y si no, ¿qué le diremos?

Selma no obtiene contestación. Resignada, se hunde en el asiento. Piensa en Érik. Sonríe al recordarlo jugando con su perro, dándole órdenes, bañándolo, ofreciéndole de su helado. Se incorpora y grita:

–Y si no, ¿qué le diremos? –Siente la mano de su madre oprimiendo la suya y otra vez se queda sin respuesta.

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