El odio al Otro

El odio al Otro

En los estudios sobre genocidios y crímenes contra la humanidad, se señala como una especie de invariante, la repetición de un ciclo perverso: primero, la intervención de los ideólogos (con la mediación de los medios de comunicación masiva) que aportan la narrativa y las “pseudo-explicaciones”, que se convertirán en la simiente cuyos frutos envenenados van trazando una imagen cultural -y física- del “diferente” objeto de estigmatización; seguida, -después- por una permanente criminalización y “animalización” de la figura social odiada, culpándola de ser la causa directa de temidos males -existentes y/o por venir-, esa incitación al odio del otro es un repliegue identitario de tipo ya sea racista, religioso, nacionalista, ideológico, etc., para la que, el otro, se ha convertido en un ser a quien ya no es posible integrar al cuerpo social -alguien a quién la tolerancia liberal no puede proteger, una especie de “chivo expiatorio” (de víctima sacrificial) que sirve para crear una identidad negativa, cohesionar socialmente en torno al imaginario -así- dominante, justificando el orden existente, y propiciando el surgimiento de tipos de liderazgo de carácter autoritario; se multiplican -así- las medidas que trazan un cerco “inmunitario” en torno al grupo (o grupos) estigmatizado(s), encarcelándolos, encerrándolos en guetos, deportándolos; para terminar -en algún momento- en un “pasaje al acto” que se traduce -finalmente- en asesinatos, masacres, genocidios, y/o expulsiones masivas que provocan tragedias humanitarias.

No es posible olvidar que ésta descripción, escueta y abstracta, no puede dar cuenta cabal de la terrible potencia que estas creaciones social-históricas pueden llegar a tener, en un momento histórico particular, Ruanda, la guerra civil en la ex-Yugoeslavia, Medio Oriente, entre otros muchos ejemplos que podríamos señalar –históricamente-.

Recordaré aquí, de pasada –y haciendo memoria- las reflexiones, del no muy conocido filósofo e intelectual francés Jaques Ellul (cristiano-anarquista), sobre el totalitarismo en Europa, donde intenta aproximarse a toda esa potencia social desatada por los regímenes de extrema derecha (el totalitarismo comunista, tiene otros rasgos que lo diferencian de aquellos), abordándolos como una verdadera revolución, que transformó de manera profunda la vida social, política, económica y cultural, movilizando de manera total a la población, no solo ideológicamente, sino sobre todo, transformando los afectos y las pasiones, así como los deseos y/o intenciones. Eliminando “la política” (la democracia real), para reducirla a lo político, al esquema amigo/enemigo, como teorizó, Carl Schmitt jurista e ideólogo del régimen nacionalsocialista. Son esas raíces psíquicas del odio (Castoriadis), en los niveles inconscientes -y conscientes-, a nivel individual y colectivo; las que una vez activadas, le dan toda esa extraordinaria fuerza, pregnancia, “legitimidad” –incluso electoral- a este tipo de proyectos capaces de invertir el signo de esas “sociedades (así) en movimiento” arrastrándolas –a escalas (ahora) globales- hacia una autentica regresión civilizatoria.

Es importante comprender las causas del apoyo creciente -masivo- que han logrado tanto en Europa, como en América Latina, o en Estados Unidos, proyectos políticos que buscan –y logran- éxitos electorales activando como uno de sus principales vectores ese “odio al otro” (ciertamente no es el único vector; lo cual obliga a complejizar el análisis), lo que en el caso de México, tiene consecuencias –visibles y/o previsibles- extremadamente negativas.
Entre la comunidad méxico-americana en los Estados Unidos, existe una mayoría que votará por el partido demócrata (muy probablemente Hillary Clinton) , pero, no deja de llamar la atención, como existe un sector, que se inclina por votar a favor de los republicanos (muy probablemente Donald Trump). Conversando con algunos de ellos, en la frontera del lado americano en Texas, (la única zona, en el estado sureño, junto con Austin, que vota tradicionalmente a los demócratas), advierto como se mezclan argumentos relativamente contradictorios: por un lado se reconoce la deuda con Barack Obama, por la reforma al sistema de salud, que les ha permitido contar con cobertura médica (una señora le llama “mí San Martin de Porres”), por otra, afirman que Donald Trump, evitaría los efectos negativos que según ellos la inmigración no autorizada, está provocando en sus comunidades, a la que atribuyen el incremento del consumo de drogas, de la delincuencia, etc. Desde ésta perspectiva, los planteamientos de Trump, tienen más coherencia, de lo que sus críticos reconocen.
Mientras quienes defienden los derechos de los inmigrantes no autorizados (votarán por los demócratas), argumentan que su legalización tendrá beneficios, tanto económicos (con sus impuestos ayudan -ya- a sostener el sistema de pensiones), como por el lado de la seguridad nacional, no dan por válida la percepción sobre su impacto en los índices delictivos, y sostienen que su legalización permitirá contar con ellos para denunciar a los delincuentes, y contribuir a mejorar –de diversos modos- el orden social.
Es evidente que ese “odio al otro”, tendrá un impacto decisivo, y exige una reflexión más profunda: está cambiando -ya- el marco estratégico de las relaciones México-Estados Unidos.

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