Periodismo mexicano, entre los faranduleros y la muerte

Periodismo mexicano, entre los faranduleros y la muerte

■ Perspectiva crítica

El periodismo mexicano no es un ejercicio improvisado. El hilvanado de su historia conjuga una escritura ininterrumpida en la que han tomado parte desde Amado Nervo hasta Elena Poniatowska o Carlos Monsiváis; desde Manuel Altamirano hasta Juan Villoro o Vicente Leñero, nombres que dan cuenta de los puentes que el periodismo ha tendido hacia prosistas de primera línea (o viceversa, en todo caso). A la par de esta característica que ha generado un periodismo pulido, propio y volcado al discernimiento de los hilos finos de la vida social en México, está el carácter indómito del periodismo mexicano, el cual está vertebrado por personajes como los hermanos Flores Magón o José Vasconcelos en los albores del siglo XX, y tiene significativa continuidad en la última parte del siglo XX y principios del siglo XXI por medio de periodistas enfocados en el periodismo de investigación, tales como Carmen Aristegui o Julio Scherer.

No obstante, en un giro de la historia por demás aciago, el periodismo mexicano actual está lejos de poder liberar el potencial de conocimiento, crítica edificante y nivel elevado que se pensaría podría devenir de la inercia que los personajes citados le han imprimido. En los días que corren la profesión está confrontada con fenómenos diversos. A este respecto considérese por ejemplo que de acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el periodismo en México se ubica entre las cinco profesiones peor pagadas en el país, o que México es uno de los países más peligrosos para ejercer dicha profesión, en tanto uno de cada tres homicidios cometidos en toda Latinoamérica se perpetraron en suelo mexicano, según el informe de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

La lista de embates a los que el periodismo mexicano está sujeto es larga y desalentadora, pero más allá de hacer en este texto el recuento de dichos embates, haré alusión a dos hechos muy recientes que contribuyen a la degradación del ejercicio periodístico: las declaraciones de Andrea Legarreta y Raúl Araiza (no por ello considerados periodistas profesionales, sino más bien faranduleros informativos) sobre el dólar y el ingreso de los mexicanos, y en segunda instancia el asesinato de la reportera veracruzana Anabel Flores.

Las declaraciones de los conductores de uno de los programas de Televisa, en las que aseguran que la devaluación del peso ante el dólar no afectaría a los mexicanos, y posteriormente la afirmación de que la solución de los mexicanos a los que no les alcanza el salario es “que le chinguen más”, de acuerdo a Raúl Araiza, refleja en primera instancia un desconocimiento profundo de la actual posición de México en el concierto del capitalismo neoliberal a nivel global, así como la estrecha relación de dependencia y subordinación de México hacia Estados Unidos. De igual forma da cuenta de la perspectiva social de los peones informativos de Televisa, perspectiva de evidente desprecio hacia el grueso de la población.

Pero más allá de la burbuja en que habitan estos conductores, el daño real para el periodismo mexicano está en la dinámica de formar la opinión de la audiencia a partir de una fórmula que integra por un lado el teleprompter, y por el otro el uso de personajes televisivos reconocidos pero sin ninguna base académica o formación en temas de opinión. La fórmula es usualmente  denominada en el medio periodístico como infomercial, publirreportaje o reportaje pagado, y un tema muy necesario pero convenientemente ignorado por las autoridades y los medios de comunicación con mayor poder, es la legislación para regular su uso en tanto pueden desinformar y manipular abiertamente a múltiples sectores sociales, pues estos no se gestan a partir del principio de informar con veracidad y objetividad, sino desde el interés particular de quienes los pagan.

El segundo hecho reciente, el de una Anabel Flores que fue secuestrada en el estado de Veracruz y localizada asesinada, semidesnuda y al lado de una carretera en Puebla ha cimbrado al medio periodístico en los últimos días, pero tristemente el hecho se perfila como “uno más” de los acontecidos en México, pues la procuración de justicia se intuye ausente en el caso.

Pese a que cada uno de estos hechos se dio en su propio contexto existe un hilo conductor, un vaso comunicante que los relaciona, y es el del sistema de poder anidado en la esfera política nacional, particularmente a favor del partido político en el poder federal, además de que ambos hechos comparten el efecto de degradar y vulnerar la profesión periodística.

Anabel Flores despareció en el estado gobernado por el priísta Javier Duarte, en cuya administración se han registrado 15 asesinatos de periodistas que compartían entre sí la característica de ser profesionales de la información críticos con el gobierno de Duarte, o informaban periódicamente sobre las actividades de grupos dedicados al tráfico de droga o delitos asociados. Es por demás sugerente que el cuerpo de la periodista haya aparecido en Puebla, entidad gobernada por el priísta Rafael Moreno Valle, en cuya administración también se han registrado diversas agresiones a periodistas, desapariciones forzadas, y una larga estela de violaciones a los derechos humanos. Y ello es sugerente porque ambas entidades tienen un oneroso presupuesto destinado al refuerzo de la seguridad pública y han respaldado la instalación y permanencia de retenes y bases militares en diversos puntos, nada de lo cual sirvió para evitar la desaparición forzada, el traslado, la ejecución de la periodista o la captura de quienes la asesinaron, mucho menos para discernir los motivos reales detrás de su muerte.

En este embate múltiple al periodismo, y ante la realidad de que las acciones de las autoridades nacionales e internacionales no rebasan “los pronunciamientos” para exigir garantías al ejercicio periodístico, tal vez sea un buen momento para establecer un frente común entre los diversos periodistas del país, pues hay briznas que hacen pensar que de no actuar en conjunto, terminaremos colgados por separado… literalmente. ■

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