Lydia Cacho.

Lydia Cacho.
Lydia Cacho. Foto de Andrés Sánchez.

Más allá del periodismo

Lydia Cacho estuvo en Zacatecas justo el día en que una pequeña pero pertinaz nevada cayó en Zacatecas; el miércoles 27 por la noche daría su conferencia magistral en el Museo Zacatecano como parte de las actividades inaugurales del Cuarto Encuentro de Narrativa de la región Centro-Occidente. Nos reunimos con ella para platicar, para conocer un poco más a esta periodista excepcional, una gran defensora de los derechos humanos cuyo trabajo de investigación periodística incluso ha puesto en peligro su vida. El encuentro fue muy grato y la conversación con ella todavía más, porque compartió con nosotros información sobre su vida personal que nos hacen comprender y valorar todavía más su labor profesional.

Jánea Estrada Lazarín: Para los periodistas y los escritores, una cosa es encontrarte una historia y otra muy distinta es tener la capacidad de narrarla con claridad. Entiendo que un buen narrador, por principio de cuentas, tiene que ser también un buen lector. ¿Cómo se dio tu primer acercamiento a la lectura, a la literatura?

Lydia Cacho: Sin duda no aprendes a narrar si antes no aprendes a leer bien… Mi abuelo era portugués, el padre de mi madre, y le fascinaba la poesía, era un gran lector. Desde muy niña yo aprendí portugués leyendo a Pessoa, a Luis de Camões… de hecho empecé a leer en portugués antes de hablarlo correctamente. Paralelamente, mi madre tenía una especie de frustración porque deseaba haber sido novelista y era una apasionada de la literatura rusa, por lo que nos daba a leer muchas novelas. Cuando en el colegio nos pedían hacer lecturas más profundas yo ya tenía una buena costumbre de leer, pero además, un hambre por entender lo que se contaba a través de la literatura. Un día les dije a mis abuelos, en la adolescencia, que quería dedicarme a escribir… mi abuelo me dijo que debía pasar por lo menos diez años leyendo y que luego ya podría dedicarme a escribir.

JEL: ¿Cuántos años pasaron antes de que te decidieras a publicar?

LC: Mi primer libro publicado fue uno de poesía, que es malísimo [ríe], se llama Mujer Delfín, lo publicaron en Mérida porque ganó un premio de poesía en el 92 o 93. En ese momento pensé que estaba bien el libro y dos años después lo releí y estaba avergonzadísima… pero me sirvió para recordar que no vuelvo a publicar nada de lo que no esté segura que es algo digno de leerse.

JEL: Entonces inicias escribiendo poesía antes de meterte de lleno al periodismo… ¿también escribes cuento?

LC: Tengo un par de manuscritos; el primero de ellos está ahí guardado y es de cuentos; está guardado desde el 91 y ahí se va a quedar. Para publicarlos tendrían que trabajarse muchísimo y en los últimos 15 años he estado involucrada en otro tipo de investigaciones, así que tal vez algún día los publique porque aunque el corazón de las historias todavía es muy válido, el estilo es todavía muy débil por la edad que tenía en aquel entonces. Sí creo que la madurez te ayuda a escribir mucho mejor.

JEL: Digamos entonces que tu infancia y adolescencia pasa en este proceso de aprender a leer, a comprender, a buscar nuevos autores y de empezar a escribir literatura. Pero, ¿cómo es que en tu caso se dio el salto entre la literatura y el periodismo?

LC: En realidad siempre me llamó muchos más el periodismo desde joven y esto tiene que ver con el entorno en el que yo vivía. Mi mamá era francesa, sicóloga, activista, trabajaba en las llamadas ciudades perdidas en la Ciudad de México, nos llevaba a mis hermanos y a mí a entretener a los niños mientras ella trabajaba con las madres.

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JEL: Háblame un poco más de tu familia…

LC: Mi mamá era francesa, hija de un portugués y una francesa que llegaron a México huyendo de la guerra cuando mi mamá era niña; luego la mandaron otra vez a Europa a estudiar; ella regresó como a las 20 años y se enamoró de mi papá, que es ingeniero, mexicano, su familia es de Oaxaca.

JEL: ¿Qué causas defendía tu mamá como activista y cómo influyó eso en tu vida profesional?

LC: Mi mamá era una feminista, desde la sicología, era bastante aguerrida por un lado y por otro, su trabajo fue siempre muy amoroso; decidió, sin embargo, no involucrarse en el movimiento feminista de aquel entonces en México porque consideraba que había demasiada grilla y quería trabajar de otra forma. Estaba más involucrada con la defensa de los derechos humanos, quería estar en el lugar en donde sucedían las cosas. Ésa fue una gran influencia en mi vida no sólo como activista, sino como periodista. Yo tengo muy clara la frontera entre ambas actividades; cuando yo escribo, estoy haciendo un trabajo con técnica periodística, respeto las reglas éticas del periodismo, las reglas deontológicas, pero una parte de mí tiene claramente una visión de activista y eso ha aportado mucho a mi labor profesional.

JEL: Narradora, activista y periodista, entonces…

LC: Es importante reivindicar eso, porque tengo veintitantos años recibiendo la crítica de mis colegas, sobre todo hombres, quienes dicen que no se puede ser periodista y activista al mismo tiempo, pero la realidad es que sí, que se amplifica mucho más tu espectro cuando tienes las habilidades literarias que te ayudan a hacer un periodismo con una calidad narrativa que respete más a tus lectores. He trabajado durante toda mi vida en el ámbito de los derechos humanos y el feminismo y eso me ha permitido desarrollar una mirada más profunda, más seria, incluso diferente, sobre los temas a cubrir. La gente me ha dicho que escribo de una manera que les permite entender las historias, a diferencia de algunos periodistas que escriben sobre la trata de personas y a quienes no se les entiende. Esto tiene que ver con mi formación.

JEL: ¿Cómo se dio tu involucramiento directo con el activismo?

LC: Cuando tenía 16 años, mi mamá pertenecía a una organización en la que estaban involucradas muchas terapeutas que defendían los derechos de las mujeres, y nos metió a mi hermana y a mí a un curso para capacitarnos como talleristas; ahí obtuve mi certificado para impartir un taller sobre los derechos sexuales y reproductivos con chavos de mi edad, en Mixcoac, en la zona donde crecí. Después, en la calle Donatelo mi mamá hacía actividades con chavos banda en las que trabajábamos con círculos de la verdad; ella se aseguró de que tuviéramos mucha cercanía con lo que ocurría a nuestro alrededor.

JEL: Las historias comenzaban a encontrarte, porque eso ha pasado, ¿no? Las historias te encuentran…

LC: Sí. Hoy a mis 52 años veo como una fortaleza el hecho de que yo en mi adolescencia haya estado sentada con esos chavos que olían a cemento, fumaban mariguana y traían navajas en los bolsillos… que yo haya podido verlos sobre todo como humanos y que haya podido preguntarles por qué hacían lo que hacían. Ellos nos contaban unas historias terribles de violencia intrafamiliar, de padres alcohólicos, madres golpeadoras… esto me enseñó desde muy chica a nunca subestimar la vida de nadie, a nunca dar por hecho que las apariencias son la historia.

JEL: ¿Por qué te fuiste a Cancún? ¿A que más historias te encontraran?

LC: Yo estuve en el Colegio Madrid, un colegio súper progresista, de refugiados españoles, de filósofos, escritores, donde se nos invitaba a salir a la calle y a experimentar qué era lo que deseábamos hacer con nuestra vida, qué podíamos aportar. Mi hermano es biólogo marino, empezó a bucear y yo estaba fascinada con las historias que nos contaba; entonces me metí a hacer un curso de buceo y me quedé enamorada del mar del Caribe. A los 23 años yo estaba absolutamente convencida de que iba a ser poeta y dije: yo quiero vivir ahí. Iba a ser poeta, a vivir junto al mar, me dedicaría a pintar…

JEL: ¿Pintas también? Hablemos un poco más de esa formación artística…

LC: [Ríe] Sí, una de las cosas que siempre he tratado de defender en mis causas es la existencia de las casas de la cultura. Esa iniciación en mi formación artística fue determinante en el rumbo de mi actividad como activista, eso me dio la posibilidad de empezar a construir mi visión con un pensamiento más filosófico, una mirada feminista, más humanista. Por otro lado, yo asistía a la Casa de la Cultura de Mixcoac, entre otras cosas porque siempre he sido muy obsesiva y me gusta estar haciendo muchas cosas a la vez; ahí me metí a todos los talleres… a los de literatura y pintura. Pero también cuando era niña estudié ballet clásico con una amiga rusa de mi mamá, estuve ahí como unos seis años; anduve en todo… incluso guardo todavía mi credencial de la Casa del Lago en donde estudié pintura con un profesor que mientras pintábamos nos contaba historias de pintores, como Picasso, Matisse… Luego con una amiga inicié a trabajar tintas y lápiz; lo dejé un tiempo cuando me metí a clases de buceo, pero pretendía seguir pintando.

JEL: Si este acercamiento al arte fue determinante en tu vida… podrías concluir que el arte sirve para…

LC: Mira, yo soy un producto de las buenas prácticas culturales, en eso soy muy afortunada porque tuve esa oportunidad de acercarme al arte desde pequeña. Y creo que las buenas prácticas culturales son determinantes de la formación de buenos ciudadanos. El que mis padres me hayan acercado a este tipo de talleres, por ejemplo, me ayudó a descubrir el mundo. Yo creo que el arte lo que te permite es convertirte en persona en el sentido amplio del término; te permite salir de tu escondite y convertirte en alguien que también puede ser útil para los demás, que con su propia vida va tocando y transformando para bien la vida de los demás. Como dice Carl Rogers, convertirte en persona significa mirarte en los otros y además hacer la vida de los otros tu propia vida y eso me parece que sólo te lo permite el arte; lo puedes ver en los chavos de la calle que se acercan por ejemplo a la pintura o a la música y eso los motiva a alejarse de la delincuencia.

JEL: Pero a pesar de eso, de que en la Ciudad de México pudiste haber permanecido y hacer una vida más tradicional, tú decidiste irte a Cancún.

LC: Sí, el día que yo llegué a Cancún, conocí a Salvador, con quien estuve casada 13 años; ese mismo día, en la misma cena, conocí al cónsul de España, Ángel Carvajal. Empezamos a hacer un pequeño grupo de amigos con los que hablábamos de libros y a ese grupo se unió al poco tiempo Miguel Angel Meza, quien abrió ahí la Casa del Escritor y con quien hicimos una revista cultural, Tropo a la uña; un proyecto editorial increíble que aprovechaba la cercanía que había con la cultura cubana, ahí participé un tiempo pero al mismo tiempo me acerqué a un periódico para trabajar y me ofrecieron hacerlo en el área de cultura. A partir de ahí me quedé trabajando en el Novedades, de Cancún, y digamos que ahí inició mi labor periodística, porque al poco tiempo empecé a llevarles crónicas más extensas sobre la desigualdad, el machismo local –porque había una población eminentemente masculina-, las condiciones de las mujeres que llegaban a trabajar en los hoteles, las de las prostitutas, y me las publicaban.

JEL: ¿Los proyectos culturales son apoyados en esa región enfocada sobre todo a lo turístico?

LC: El trabajo para los proyectos culturales en Cancún era difícil desde aquel entonces, por eso quienes se dedican a eso son verdaderos héroes y heroínas; el caso de Miguel Angel Meza con la revista Tropo a la uña, que de verdad es una maravilla de revista, es algo encomiable porque la ha sacado contra viento y marea, incluso contra ataques directos de los gobernadores con tal de deshacerse de cualquier proyecto cultural que pueda incitar a lo que ellos consideran “un peligro para la sociedad”, la cultura y el arte, como instrumentos para la apertura ideológica.

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JEL: ¿Y qué hacemos para que este “peligro” se siga dando?

LC: Tenemos que empezar a rescatar las “ideas peligrosas”, tenemos que defenderlas, apropiárnoslas y estar bien concientes de que somos personas peligrosas para un sistema que se opone de muchas maneras a la cultura y a la democracia.

 

JEL: Ése es un tipo de “peligro”, pero también está el otro, al que se enfrentan los periodistas actualmente, sobre todo aquéllos quienes como tú, abordan temas que no sólo incomodan al gobierno, sino a otro tipo de sistemas incluso más poderosos… ¿no tienes miedo?

LC: Por supuesto que sí, en Quintana Roo, por ejemplo, los cárteles están insertos en el sistema político…  Así es, pero estamos igual en todo el país, yo creo que no hay un solo Estado que se salve. Todas las investigaciones que se han hecho en Artículo 19 para saber quiénes son los agresores de los periodistas demuestran que la mayoría de los ataques ha sido perpetrada por agentes del Estado. La otra parte, igual de brutal, vinculada con la delincuencia organizada, ha afectado sobre todo a periodistas que se han atrevido a enfrentarse directamente con ellos. También estoy convencida de que los periodistas que se han sentado con ellos para entrevistarlos, establecen un vínculo y una especie de alianza que nunca más puedes romper; a mí se me han acercado en restaurantes personajes de ésos diciéndome cosas como “yo cuando usted lo necesite sí le contaría las historias, porque usted y yo estamos en contra de lo mismo, de este sistema…”, y me decisión ha sido, sin duda: yo no me siento con ellos. Porque mi labor periodística ha sido darles voz a las personas que no la tienen; la delincuencia organizada en este país tiene mucho control mediático, muchas voces, y yo no seré una de ellas, pero eso es una decisión personal.

 

JEL: ¿Es una decisión ética?

LC: Para mí sí. Don Julio Scherer decía que si el diablo le hablara para entrevistarlo él iría al infierno para hacerlo; pero yo me voy al infierno de las calles. No critico a mis compañeros, lo que pueden aportar ese tipo de entrevistas puede ser muy importante, pero el costo que esto tiene para las personas que se involucran no lo vale.

 

JEL: A propósito de eso y de la equidad de género, yo veo un caso de una gran misoginia en el caso de Kate, ¿qué dices al respecto?

LC: Sí, definitivamente es terrible el ataque, si comparas lo que sucedió con Sean Penn. A mí la crónica de Sean me pareció malísima, periodísticamente creo que es un bodrio y fue un desperdicio porque fue una crónica sobre su propio ego. Pero llama mucho la atención, por ejemplo, que en ningún momento, ninguno de los medios, ni nacionales ni extranjeros, habló de su apariencia, de si es guapo o no es guapo, de su edad, de su vestimenta… y en cambio los medios con Kate han sido brutales. Uno puede pensar que lo que hizo es una estupidez o no, pero la manera en la que la han descalificado, cómo han abordado datos de su vida personal… es misógino, hasta en lo político; ambos han sido tratados de manera desigual.

 

JEL: ¿Qué se debe hacer para acabar con esta desigualdad, con la misoginia?

LC: Hace falta que los hombres se involucren cada vez más, no nada más las mujeres; porque hay muy pocos que se manifiestan en contra de la violencia machista. Pero es tan difícil involucrarlos… yo hace veinte años, cuando empecé a meterme más con el activismo feminista, más politizado, enfocado a la construcción de propuestas de ley, comencé a invitar a que se involucraran mis amigos, sí iban, pero participaban con una mirada tremendamente exterior. Hay mucho por hacer. Fíjate cómo los hombres que llegan al poder son generalmente los más corruptos, los más cabrones, los que tienen más herramientas machistas para poder enfrentarlo todo.

 

JEL: ¿Y en el caso de las mujeres cuál sería el equivalente?

LC: En el contexto político todavía las mujeres que reproducen los valores machistas son las que lo logran hacer. Ve por ejemplo a Rosario Robles, yo la traté en mi juventud en movimientos feministas y a mí me parecía una señora a todo dar, con principios, ética… y de pronto llegó un momento en que ella sí tenía una barrera; por un lado tenía a un hombre muy poderoso que la protegía, el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, pero en el momento en que ella pierde la protección de estos hombres poderosos y que ella misma está empoderada, empezaron los ataques misóginos y termina involucrándose en una historia absolutamente cursi, de telenovela, que es una gran decepción, su historia con Ahumada y su libro ridículo donde dice “es que yo me enamoré y por eso sacrifiqué mi carrera política”. Sus primeros quince años de carrera política fueron de una trayectoria sólida, feminista, que hizo frente a la adversidad; luego se vio en problemas y decidió que lo que iba a hacer es “ser hembrita manipuladora”, abrevar de esa parte y finalmente se convirtió en lo que es, una machista tremenda.

 

JEL: ¿Y en tu caso cómo ha sido?

LC: Yo elijo. Yo he elegido siempre no perder el tiempo. Trabajo mucho en conocerme a mí misma y en hacerme una experta en los temas que estoy investigando. La vida es demasiado corta, trato de aprovecharla al máximo y eso me hace feliz.

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