Por los 43: Palabras desde dentro de una Normal

Por los 43: Palabras desde dentro de una Normal
Humberto Valdez. TIR. Taller la Imagen del Rinoceronte. Tlalpan.

Es fácil juzgar mal a normalistas cuando no se les imparte clase, no se convive con ellos, no se les ayuda económica o moralmente. Es fácil tildarlos de flojos cuando no se trabaja con ellos; fácil decir que se lo buscaron cuando no se conoce cada limitación de quienes viven lejos de sus hogares, comparten techo y tareas domésticas y escolares, se cooperan para fotocopias, hojas de rotafolio, cartulinas y material para prácticas en primarias.

Ayotzinapa es más que una desaparición de hace un año. Recuérdense las desgracias anteriores: reprimidos, torturados, otros desaparecidos y muertos. Ayotzinapa es más que violencia contra estudiantes de una institución rural: es también el reclamo de las Escuelas Normales del país abandonadas a su suerte.

Desde dentro de una Normal llena de limitaciones se comprenden mejor los motivos de estos satanizados por la derecha. No hay estudiantes adinerados en una Escuela Normal Rural o Experimental (si acaso sí en una Benemérita o Estatal). No hay apoyos directos o complacencia del Estado. No abundan programas de infraestructura, y los accesos a esas instituciones están alejados, sin pavimentar, llenos de hoyancos. Como nuestros destinos serán primarias jodidas, qué importa que la misma Normal sobreviva con menos de lo básico.

El normalista es amenaza por la conciencia social desarrollada a fuerza de recorrer primarias dejadas de la mano de todos. El normalista rural o experimental potencia su atención para atender escuelas multigrado. Se solidariza con la gente de la comunidad y lucha por ella contra los caprichos de caciques. Se expone a ataques y descréditos, incluso a la desilusión de los profesores viejos que insisten en que no sirve luchar por ilusiones.

Quienes hemos trabajado en primarias de ranchos y colonias periféricas conocemos esa ansiedad provocada por realidades duras. He visto a niños del turno vespertino romper la formación a la una de la tarde y meter sus brazos al espacio del mesabanco para encontrar media torta o una barra de amaranto DIF despreciada por los de la mañana. En recreos me han confesado sus estrategias para robar relojes y otros artículos de los puestos de las ferias. En ranchos he convencido a papás de que permitan que las hijas sigan estudiando.

Dentro de una Normal se entienden esas colectas y arranques y trabajos en equipo y desesperaciones y exigencias y fatigas porque ya les anda con los proyectos de investigación educativa. Conozco a los aspirantes a formadores y a muchos de sus padres, y creo comprender la abismal desesperación de quienes apoyaron a sus hijos para lograr su sueño de ser profesores… y ahora ven la cama sola, la almohada sin arrugas, la puerta sin azotar porque ya habían llegado para el fin de semana. Soy profesor normalista: porque lo doy todo por mis alumnos, levanto mi voz también por los de Ayotzinapa: Que regresen a sus aulas, si es que aún viven, y que nunca más se repita una vergüenza como la que atestiguamos.

 

* Zacatecas. Escritor y profesor normalista.

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