El otro oído

El otro oído
Alejandra Celis Almanza. Zacatecas

En estos días, vueltos aciaga pauta para uno más de esos ciclos en que parecemos ofrendar la cercana, anónima y chispeante sangre ajena como precio para existir sin que ese dios oculto, cruel, casi genético, nos aplaste aún, parece estúpida e imperante la pregunta de lo que significa el hecho de ser mexicano. No digo que otros países, regiones, personas náufragas, exiliados, irredentos parias y solitarios no se pregunten con perplejidad lo que es ser ellos, ni sientan lo tontas e inútiles que las palabras (repuestas artificiales de una realidad que nos lanza enigmas sin rostros, pero con múltiples manos) resultan cuando la vida nos cierra las puertas en la nariz y se ríe. Seguramente lo hacen y tengan fechas oscuramente memorables como la nuestra (las nuestras).

Hoy parece ridículo e importantísimo saber que se es mexicano, no porque nos regodeemos en aquella noche anterior al día de la que hablaba Borges en el extraño y hermoso (y un poco acusador) poema que nos dedicó (o al menos el regodeo ya es parcial y detestado). Más bien nos reclamamos como hijos perdidos y dolientes de una luz que tal vez se vio un día y queremos que vuelva, tan cometa o tren que pasa cada cien años. Chapoteamos, sacamos la cabeza del mar infalible de los errores y las retóricas añejas (el sistema desprestigió muchas palabras) y creemos ver el sol: “ahí está, arriba, somos de la luz, pronto viene el cambio, la verdad, basta de tinieblas, seremos posteriores a la noche, contemporáneos de todos los hombres que nos rodean y aspiran a cambiar si estamos de acuerdo en acompañarlos…”.

Hoy pesa ser mexicano porque sabemos que la verdad está muy cerca y una mano amenaza con empujar nuestra cabeza al fondo de la incertidumbre otra vez, como durante décadas. Estamos de nuevo en la encrucijada de los debates personal y colectivo (68-85-2015): ¿La normalidad de la violencia o la apuesta por la crítica y sus desafíos concomitantes? ¿El futuro contumaz o el verdadero futuro? Parece tan fácil la unión, el cambio, como un resultado natural, como las burbujas y los olores y la nueva vida que emanan de lo podrido. Algo nos dice que el destino volverá a cebarse sobre nosotros. Algo nos dice, también, en el otro oído, el abierto al aire, a los gritos de alerta del estudiantado masacrado, a la justicia, que pronto las generaciones de ayer y de este tiempo sabrán lo que significa, con sus augurios, esperanzas y cicatrices palpitantes, vivir en México: dolerá siempre porque hay memoria, pero la vida será posible y entera, más honda, triste porque es inevitable y sin embargo, con mejores lecciones. Los años venideros aguardan, igual que ese oído, la respuesta a la pregunta (que es a la vez varias) y lo que de ahí venga: ¿Qué somos nosotros?: ¿Por qué la maldad humana?: ¿Qué pasó en Ayotzinapa?

Todo depende de ella.

 

* Fresnillo, Zac. Escritor y

profesor de preparatoria.

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