Andanzas quijotescas

Andanzas quijotescas

Cuando me lo propongo, suelo ser una máquina de necedades. Así, sin más: se monta en mí la locura y no hay razonamiento en este mundo que me convenza a cambiar el modo de proceder. A veces, la cosa no sale tan mal, aunque casi siempre, siendo honestos, termino por defecarla, eso sí, sin menoscabo a la autoestima. Al final de todo, Malinka, mi mujer, sólo le resta decir: “te lo dije”. Entonces, no contradiciendo lo que por el cielo está ordenado, sigo adelante con lo que tengo pendiente por mi mentecata entretención, que la enseñanza de prueba y error lleva algo de positivo, claro, mientras no se haga un recuento de las pérdidas financieras. Digo que no es la única manera de aprender, pero tampoco merece la pena desterrar esa visceral forma del conocimiento humano, que en ocasiones bien vale la pena vivirlo, al menos por una centena de veces en el currículum personal. En esos lapsus de arquitecto de mis propias decisiones, y en las cuales mi mujer me acompaña con solidaridad —acción digna de reconocerle—, realizo trazos, diseño bocetos, calculo porcentajes y proyecciones, pero no es hasta que lo llevo a la práctica cuando soy consciente que, debido a un descuido de inicio, las consecuencias han sido desastrosas. Existe una máxima, quizá elemental para muchos y por tanto innecesaria, que guía tal determinación: quien no arriesga no gana y es alguien ordinario, lo cual es paralelo a dos iniciativas irreconciliables: mantenerse pacífico en casa y no vagar por el mundo para buscar pan de trastrigo quebranta las implicaciones de ir por lana y salir trasquilado.

Asimismo, al segundar dichos devaneos, cierta vez esbocé una estancia académica en el verano de la Complutense, que es precisamente para el mes de julio. Precedido de la orden de buscar dineros —vendiendo, empeñando o malbaratando lo que fuera—, con la fe en que Dios ayudará para que la suerte mude y que aquello que se pierde hoy se ganará el día de mañana, fiel a mis andanzas, cometí un gazapo imperdonable: me suscribí a dos cursos a la vez, uno en el matutino y otro en el turno de la tarde. La entrada al primero de éstos era a las nueve de la mañana para concluir a las dos, hacer receso un par de horas, y volver a las cuatro para cerrar a las nueve de la noche. A las diez horas en el aula se sumaban una de ida y otra de venida por el viaje en tren, porque la pernocta estaba en el extremo opuesto de la ciudad. Luego de estar levantados desde el alba, al término de la jornada Malinka y yo sentíamos desfallecer, molidos a palos, a punto de claudicar si no fuera por el ungüento reparador que significaba la cena que nuestros amigos nos tenían ya deparada, como si de una redoma de agua mágica se tratase, con la gran virtud que al ser degustada ipso facto provee de sanación en las llagas y las heridas de la batalla.

El periodo antes mencionado junto al subsiguiente mes de agosto son el intervalo de sumo calor en La Mancha, Castilla y los alrededores. Una bocanada de cuarenta grados se suspende, inamovible, en el ambiente y el escaso vientecillo que llega a percibirse proviene de la garganta infernal del continente africano. Quienes pueden huir, migran al frescor de la playa o la montaña; aquéllos que permanecen, quedan para socializar e irse de marcha después de la caída del sol. Yo, cuyo termostato corporal está acostumbrado a climas gélidos, nunca he soportado el extremo contrario: para proveerme de descanso y con éste el sueño, tomando una ducha previa, me tumbaba al piso con riesgo de ser sustraído como calcomanía impregnada gracias a las altas temperaturas. Sin embargo, de tamaña proporción era el cansancio por el estudio, que tras comer terminábamos vencidos en el lecho, acaso equiparable a los sinsabores del hechizo de un sabio encantador, que nos tiene ojeriza y que por sus artes y letras sabe bien que tarde o temprano nos habremos de encontrar, en singular batalla, con un caballero que goza de su ramplón favoritismo.

En la pausa entre ambos cursos, fuimos a comprar un diccionario de latín a la Casa del Libro, sobre la Gran Vía. Caminamos un trecho que empezó en Noviciado —justo en la Biblioteca Histórica—, prosiguiendo la calle San Bernardo hasta el cruce con la principal y de allí rumbo a Callao. Era un tramo corto, un kilómetro, y ello fue lo que nos animó a pasear en plena canícula de Madrid a mediodía. Los efectos de la insolación los sentimos hasta el regreso, cuando subimos al metro con dirección a Alonso Cano. Como le sucediera al Quijote, “el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera”, inconscientes del desvarío, viramos por una salida que jamás habíamos usado. Desconocimos de inmediato y no dudamos en que era la estación equivocada. Volcamos al tren para retornar a Canal, la parada anterior. Más ajenas aún eran las calles y los edificios. De vuelta en Alonso Cano, Malinka le preguntó a un policía por la Facultad de Ciencias de la Documentación y la calle Santísima Trinidad. Típico de Madrid: desconocía el paradero. Llamé por móvil a mis amigos. Ellos coincidían con un agente del servicio de transporte que intentó guiarnos: a esa escuela le corresponde la estación Iglesia, de la calle Santa Engracia. Entre la confusión y la demencia momentánea, imaginé que nos habían robado un andén completo de metro. Menos mal que sólo se trató de un sofoco. ■

 

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