Aguadores zacatecanos: la difícil construcción de la ciudad

Aguadores zacatecanos: la difícil construcción de la ciudad
  • Historia y poder

Cuando se quiere rememorar a los antiguos zacatecanos que le dieron a la ciudad su esfuerzo, su vida entera, uno no puede olvidar ni soslayar la difícil labor que tuvieron los aguadores zacatecanos, quienes en un terreno por demás agreste y difícil permanecen hasta hoy en día y su tributo a la ciudad les merece un recuerdo paulatino.

Eran los escoltas de la sed, los que mitigaban las sequias, los que arropaban las comidas, lo que protegían con su esfuerzo toda lista a los enfermos, la limpieza, la vida civil y ordinaria de su gente.

Con las ordenanzas de la Corona Española a las ciudades del nuevo mundo, se fijó con claridad que las fuentes y ojos de agua de nuestra Zacatecas tuvieron reglamentos con una precisión que permitiera no se propagasen las enfermedades, duros los castigos a quien irrumpiera “lavando ropa en el cerro de la Bufa” so pena de multa a las españolas con 10 pesos y 100 azotes “amarradas a la horca” a las indias, mestizas y negras que osaran hacerlo pese a los castigos.

Los  aguadores debían ser fuertes y estar completamente sanos, evitar a toda costa hacer su labor transitando por las banquetas y sólo en medio de las vías en las que se guiaban por el sustento diario y con la precaución de no romper los guijarros de barro donde llevaban el vital líquido, la mayoría de ellos eran de la edad entre 25 y 45 años, aunque los había niños y rara vez algunos ancianos que intentaban ganarse el pan diario llevando agua a los hogares.

Los reglamentos municipales eran severos, pues las fuentes de la ciudad la Santa Teresa, Tacuba, San Juan de Dios, así como la gran primera fuente de San Agustín que en 1575 ya proveía de agua, debían de estar limpias a todo a su alrededor, cumpliendo esa tarea los mismos aguadores y evitando que en los abrevaderos bebieran los animales de carga tan numerosos en nuestra ciudad y estado.

Hacia 1781 había en la ciudad 49 aguadores, 10 de ellos eran españoles, 13 indios y los restantes de otras castas y llevaban agua a todo lugar: a las minas para separar los minerales, a los hospitales, a las casas y hogares, a la construcción de edificios, a los comercios. Aun así, era común ver a centenas de personas haciendo largas filas en las fuentes tratando de llevar agua a su molino. Muchas de ellas hasta en altas horas de la noche.

Se dice que al paso de los años se requería de permisos  de las asambleas municipales para que la gente pudiera abastecerse de agua, a los aguadores se les solicitaba de una identificación, un fiador y el consentimiento de otro que lo recomendaba para trabajar en tan difícil labor.

Los reportes policiacos rara vez consignan a aguadores que , debido a su vida tan dura, se divertían”embriagándose en la vía pública”, por lo que eran remitidos a las celdas pagando su respectiva multa en efectivo o en días de prisión. Pero eran los pocos.

Ellos eran a la vez los mil usos, pues lo mismo castraban a gatos, buscaban criadas o nodrizas, llevaban cartas amorosas o chismes y se relacionaban pues con aspectos íntimos de los consumidores.

Era un oficio que llamaba poderosamente la atención de artistas, extranjeros, pintores, grabadores y era tema de interés al paso de los siglos. Su sigilo, su entrega, su labor pausada y férrea, logró que se construyera nuestra ciudad de por sí difícil para el tránsito y más aún para su edificación debido a lo empinado de sus calles y lo “agreste y difícil de sus caminos”.

Hoy en día continúan con sus famosos garrafones y se les ve con simpatía siempre.

Loor eterno a su memoria, gracias inmortales por su esfuerzo. ■

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