Padecen habitantes de Boquillas su vecindad con la mina El Coronel

Padecen habitantes de Boquillas su  vecindad con la mina El Coronel

■ Nubes de polvo, infecciones en niños y daños a casas por explosiones, la constante

■ La empresa inició operaciones en 2009; hasta hace poco dio trabajo a gente de la comunidad

OJOCALIENTE. Boquillas es una localidad del municipio de Ojocaliente que se encuentra a aproximadamente a 300 metros de la unidad minera El Coronel; de no ser por las escasas lluvias de los últimos días estaría cubierta del polvo rojo que proviene de la mina. “Es una verdadera nube de tierra, nomás viera”, dice uno de sus 300 habitantes.

Se trata de una comunidad en la que viven 60 familias, que desde hace casi un mes descansan de la incesante lluvia de polvo que cae sobre ellos día y noche. El paro de actividades que realizan más de 600 trabajadores les ha dado un respiro.

Es esta la localidad más cercana a la unidad minera de la empresa Frisco, propiedad de Carlos Slim, que se ubica a poco más de 60 kilómetros de la capital del estado. En este pueblo vivía el dueño de los terrenos que ahora le pertenecen al hombre más rico del mundo, pero el cambio radical en la vida del lugar lo orilló a irse a otro rancho, mientras el resto de los habitantes no tiene más alternativa que adaptarse a la vecindad con la mina.

La presencia de la unidad minera, que inició su etapa de construcción en 2008 y la de operación en 2009, cambió por completo el entorno del lugar y el ritmo de vida de sus habitantes. Además de la constante caída de polvo, sus hogares registran en las paredes las grietas producidas por las detonaciones diarias, mientras los niños son el blanco más frecuente de las enfermedades respiratorias.

Los habitantes de Boquillas sospechan además del agua de la presa El Aguila, ubicada a escasos metros de la comunidad, pues desde hace dos años es el depósito del líquido que la empresa bombea del tajo. Fue construida en la década de 1960 y la zona, hasta poco antes del arribo de la minera, se convertía en una fiesta durante las vacaciones de Semana Santa.

Gente de todos los pueblos cercanos llegaba al lugar, se instalaba a sus orillas para disfrutar de la frescura de sus aguas y de la sombra de la arboleda mientras comían y pasaban los días en familia. “Se acabó todo eso, nosotros estábamos viviendo felices desde hace cinco años atrás”, recuerda Andrés Sandoval Carrillo, comisario ejidal de Boquillas.

La presa sólo es accesible a pie. Se ubica a unos 200 metros de la comunidad y se llega al lugar por un viejo camino pedregoso. No se perciben olores extraños, pero del otro lado, en los límites con la unidad minera, se vislumbra una manguera enorme que vierte el agua extraída del tajo minero.

El agua estancada de la presa, pues el mecanismo para la liberación controlada del líquido es obsoleto desde hace años y no ha sido reparado a pesar de la petición a las autoridades estatales, ahora sólo es utilizada como bebedero para los animales que pastan en sus cercanías, pero los pobladores están seguros de que se trata de agua contaminada.

El comisario ejidal de Boquillas solicitó en reiteradas ocasiones a las autoridades de la Secretaría de Agua y Medio Ambiente (SAMA) y a la Comisión Nacional del Agua (Conagua), así como a la Unidad Académica de Ciencias de la Tierra de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) que realicen un análisis del agua, sin embargo la única respuesta recibida hasta el momento es que las autoridades dan como buenos los estudios de la empresa minera, en los que se asegura que el agua está en buen estado.

“Supuestamente no ha habido animales muertos pero más delante, quién sabe. Que está purificada, ellos lo dicen, pero nosotros cómo sabemos si no está contaminada, si no tiene metales. Necesitamos saber por medio de laboratorios, eso es todo lo que queremos”, declara don Andrés.

Este espacio, la antigua noria por la que pasaba el camino real que unía a San Luis Potosí con Aguascalientes, es desde hace dos años el depósito del agua de la mina, por lo que habitantes de otras comunidades, entre ellas Buenavista, Griegos y El Cuisillo, así como de la colonia Julián Adame, se organizan para solicitar atención de las autoridades ante el temor de que el agua llegue a salirse de la presa y contamine sus tierras de cultivo.

“¿On ta el gobierno? Aquí es donde necesitamos, ¿dónde está el apoyo al campo?, que hay que cuidar el medio ambiente, dicen, pues ahí está el medio ambiente. Todo eso es terreno ya muerto”, reclama el comisario ejidal, mientras señala el tajo y el tepetate, montaña de tierra estéril resultado de la excavación minera.

Hasta el momento sólo se tiene registro de un incidente en el que murieron varios animales al internarse a las instalaciones de la mina ante la falta de una cerca. Se sabe que las bestias que se encontraban pastando cerca de la presa ingresaron al espacio de El Coronel y tuvieron contacto con algunas piletas de cianuro.

Ante éste y otros riesgos para la salud de los pobladores de las comunidades cercanas a la minera, sus tierras y ganados, el exhorto del comisario ejidal de Boquillas es a las autoridades para que analicen el agua depositada en la presa El Aguila.

Enfermedades y empleo reciente, resultado de la vecindad con la minaBoquillas es una comunidad pequeña con calles cubiertas por diminutas partículas de polvo donde el tránsito de cualquier unidad motriz es el pretexto prefecto para levantar una nube, sin embargo, durante el paro en la mina, este desierto contrasta con la limpieza al interior de las casas.

La familia Luévano Rodríguez es una de las vecinas más próximas de la mina a cielo abierto, de la que se extraen barras mixtas de doré (oro y plata), pero también toneladas de polvo que mantienen a los niños en constantes visitas al médico por afectaciones a las vías respiratorias.

Es el caso de los hijos de la familia Luévano Rodríguez, sobre todo del único varón, el integrante más pequeño que juguetea en una de las habitaciones de la casa con el casco de minero de su padre.

Una semana está sano y la siguiente no, cuenta la madre del pequeño, María de la Luz, quien reconoce que es imposible que su hijo no se enferme con tanta frecuencia, pues no puede tenerlo encerrado en casa. Si las actividades en la mina no paran, tampoco la curiosidad y ganas de jugar de un niño.

Dolor de garganta, tos e infecciones en los ojos son las molestias que reportan los habitantes de esta comunidad, quienes gastan una parte importante de su sueldo en citas médicas en comunidades o cabeceras municipales cercanas, así como en la compra de agua embotellada, pues la que extraen de los pozos sólo la usan para actividades domésticas.

Camila, otra pequeña de la comunidad, también sufre las consecuencias de vivir tan cerca de la unidad minera, sus ojos siempre están lagañosos, narra su padre, sin embargo, a pesar de que los pobladores de Boquillas son los más afectados con las actividades en El Coronel, hasta el momento la empresa no ha ofrecido algún tipo de servicio médico para ellos.

Además de médico, la empresa tampoco había proporcionado empleo para los de Boquillas, sólo hasta hace poco. Las protestas de los vecinos por el depósito del agua del tajo en la presa fueron el pretexto para evitar su contratación.

Luciano Luévano, padre de familia, minero e hijo de quien vendiera el terreno a la empresa, apenas tiene seis meses trabajando en El Coronel, pese a haber insistido por dos años. Antes de eso trabajó para una compañía de vigilancia pero el pago no era suficiente, mil 600 pesos a la quincena.

A la mina ingresó sólo porque uno de los directivos de la empresa supo que era hijo del anterior propietario del terreno donde ahora se levanta todo el aparato minero. En este momento es uno de los cerca de 30 habitantes de Boquillas que ya fueron contratados. Se desempeña en el departamento de Geología y recibe mil 300 pesos a la semana.

Del salario se van hasta mil pesos en la compra de alimentos y artículos para el hogar, pero desde que están en paro la familia debe ahorrar lo más posible pues a pesar de los 500 pesos que el sindicato minero entrega a los trabajadores no pueden darse el lujo de gastar de más.

“Nos la estamos viendo mal, tenemos que ahorrar lo más que se pueda para que el poquito dinero que les dan del sindicato alcance para comer”, dice María de la Luz, esposa de Luciano, quienes coincidieron en que no sufrirán de hambre durante el paro minero. “No compramos ni frijol ni maíz y nopales hay en abundancia”, dicen.

Para la esposa de este minero es urgente que las autoridades de la empresa les den una solución a los trabajadores, “buena o mala, pero una solución. Ellos tienen que pelear sus derechos como mineros porque hay mucha gente que está con sus niños apoyando a sus esposos, para que la empresa les dé una solución justa”, expone.

Daños a viviendasMientras cerca de 50 por ciento de las familias dependen del trabajo en la unidad minera, todos los habitantes por igual padecen su actividad, pues mineros y no mineros tienen en sus casas el registro de las explosiones en el tajo.

La detonación de los explosivos durante las actividades normales de la mina se registra sin falta todos los días a las 15 horas. Los vidrios se cimbran, cae polvo de los techos y las paredes quedan marcadas por el movimiento de la tierra.

En Boquillas no hay casa que quede exenta de cuarteaduras, viviendas viejas o nuevas, de adobe y de ladrillo, todas por igual tienen por lo menos un par de grietas. Tanto la casa de la familia Luévano Rodríguez, una de la más cercanas a la mina, como la casa de Raúl Díaz de León, ubicada al otro extremo de la comunidad, están afectadas.
Las grietas son ahora puerta sin filtro para el polvo, agua de lluvia y hasta mosquitos, dicen los afectados, a quienes no les queda más que bromear entre ellos pues la respuesta de la empresa ante las quejas por las cuarteaduras es que ahora cuentan con mejor ventilación durante la temporada de calor.

En algunas casas las grietas alcanzan casi el centímetro de ancho y a pesar de las constantes reparaciones, éstas no desaparecen. Raúl Díaz de León nos muestra las afectaciones a uno de sus baños, el más nuevo y en el que ya es la segunda vez que resana, mientras que los hogares de Luciano Luévano y Juan Esparza Soto se convierten en verdaderas coladeras por donde se filtra el agua durante la temporada de lluvias.
Todo fue diferente cuando llegó la mina, todo lo que había se destruyó, ya no es el mismo panorama de antes, concluye don Enrique Soto Espar
za, de 67 años, cuyos padres vivieron a las orillas de la presa El Aguila, donde aún se conservan tallados en roca los bebederos de las gallinas de sus abuelos.

Lo único bueno con la llegada de la mina, agrega, “posiblemente sea para el dueño porque para la comunidad no se ha negociado todavía nada, por eso están en paro”. Entre las cosas malas, no duda en mencionar la contaminación por el polvo, la afectación por los barrenos y las viviendas cuarteadas.

“El sueldo que tienen es bajo, posiblemente no es lo que debe de pagar por lo que están produciendo (la minera) que es mucho y poco lo que está ganando la gente, ese es el motivo del paro”, concluye don Enrique mientras sus pasos se unen al del resto de sus compañeros, mineros, campesinos, amas de casa, en suma, Boquillas, una comunidad que resiste y padece el hecho de haber nacido sobre entrañas de oro y plata.

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