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martes, 6 diciembre, 2022
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Notas en torno a la disonancia entre la justicia y la ley

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Por: RICARDO BERMEO •

Las estadísticas no sangran, son frías, no son sensibles ni capaces de dar cuenta del daño inconmensurable provocado en cada familia, en cada parte del tejido social en donde se han abierto esos “agujeros negros”, desapariciones de personas, feminicidios, trata de personas, homicidios o víctimas de otros delitos, incluyendo hechos de corrupción lacerantes. Sí, los números son indispensables para dimensionar correctamente los problemas que enfrentamos, los “datos duros” (necesarios, como lo son) no nos muestran el indecible dolor, temor, inseguridad, horror; tampoco, todo lo que aprendemos de las propias víctimas, gracias a que ellas consiguen convertir su dolor en una reacción que moviliza, cuando levantan su voz, -sumergiéndonos entre sus múltiples resonancias – en sus exigencias de justicia, al salir en pos de sus seres queridos -hasta encontrarlos-, al pedir que los culpables sean sancionados por sus crímenes, al expresar la preocupación, la indignación, la rabia, la solidaridad, la sed de justicia ante tan ignominiosas acciones dirigidas a borrar todo vestigio de dignidad humana cuando son privados de la libertad y/o de la vida a quienes son victimizados mediante una crueldad y explotación sin fin.

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Deberíamos tener siempre presente que para los colectivos de familiares de personas desaparecidas, para las familias víctimas de feminicidio, o de trata de personas, entre otras víctimas de delitos de alto impacto, para comunidades enteras, padecer esas situaciones de injusticia absoluta, implica situarse -o, vivir- “al filo de la navaja” (como escribe Judith Butler). 

Para J. Butler son ese tipo de experiencias las que deberían de conducirnos a interrogarnos sobre “la legitimidad del régimen legal -y del sistema particular de leyes que lo conforman-”, y, desde ese “conocimiento situado” preguntarnos si las leyes que tenemos son justas, -y, sobre las leyes que son injustas-.

Interrogaciones que desembocan en distintas paradojas, acicateándonos para potenciar nuestra capacidad individual y colectiva de cribar y discernir los diferendos que se abren entre la justicia y la ley, y más allá, quizás, a animarnos a dar un paso ulterior: convertir esa diferencia, en oposición, para cambiar el injusto y desigual reparto del mundo actual, actualizando nuestra voluntad de transformación. Sabiendo que, en el núcleo de esa oposición, es preciso situar “la dimensión crucial de la injusticia” que continúa creciendo sin cesar (y si no, repasemos las implicaciones y consecuencias de la invasión de Rusia en Ucrania, y/o la de las complejas relaciones con esta “guerra confusa e incierta” que tenemos en México). 

Es a la vista de la virtual incapacidad para desmantelar el riesgo siniestro de que la actual dinámica sistémica termine -a largo o corto plazo- por consolidar un tipo de orden crimi-legal, al interior del mismo corpus particular de leyes, supuestamente diseñado para impedirlo, lo que obligaría a preguntarnos, ¿cuál es la razón para no cuestionar esas leyes?, ¿cómo no plantearnos el “superar ese régimen legal en su integridad”? ¿De qué manera podríamos organizarnos -con urgencia- para construir alternativas efectivas ante la brutal disonancia (o mejor aún, el abismo) entre la justicia y la ley, que la realidad se encarga de mostrarnos a diario en una ignominiosa barbarie cotidiana, -casi “normalizada”-?

Si el acceso a la justicia es considerado como un factor clave para hacer efectivo el reconocimiento de los derechos de las víctimas, de los marginados, los excluidos frente a las formas de la violencia instituida, ¿qué nos están indicando las tasas de impunidad de los Hallazgos 2020-2021 de México Evalúa?

Si quisiéramos volver a aproximarnos al espíritu -más que a la letra-, de aquella “Suave Patria” del poeta jerezano, tendríamos que desear -y que actuar en consecuencia- trabajando de manera colectiva e individual, en los modos progresivos de construir ese mundo común que anhelamos, con nuevas formas de ley y nuevas formas de gobierno, capaces de reconocer “las interdependencias y los lazos de las relaciones sociales” desde la igualdad/libertad. 

Una “Suave patria” donde sea posible ensayar el respeto y el reconocimiento recíprocos, donde la philia (ese afecto compartido que está en la raíz común a los distintos tipos de amor -fraterno, filial, de pareja-) sirva como cemento de la cohesión social, hoy erosionada y en franca descomposición.

Volvamos entonces a interrogarnos… ¿cómo reconducir la deteriorada situación que revelan esas estadísticas del horror, esas tasas de impunidad, ¿cómo torcer el rumbo hacia significaciones sociales compartidas sobre lo que debe -y puede- ser la justicia, así como lo que deben ser las nuevas formas que asumiría la ley? Se extiende en distintas direcciones, la necesidad de volver a repensar la relación entre clase, raza, género -y sus intersecciones-, tanto como las relaciones entre guerra, crimen organizado, capitalismo, máquina estatal y revolución.  

Retomando lo que escribe Liliana David… “El camino que es necesario transitar ha de comenzar asumiendo la responsabilidad, tanto de las instituciones como de las personas, que necesitan salir del individualismo y de un narcisismo negativo que obstaculiza el combate contra un mundo que ha vuelto a hacer reconocible el auge del fascismo, la violencia, el feminicidio, (-la desaparición de personas-) o el cambio climático”.

Necesitamos con urgencia una estrategia -en positivo- generada desde abajo, un proyecto federativo y una estrategia orientada hacia una verdadera vida democrática, antinómica a la del modo de organización de la sociedad actual que se proyecta -sin freno- hacia una “catástrofe que avanza”, plagada de pérdidas que se acumulan -incalculables-, y, una vez rebasados ciertos umbrales -irreversibles-.

Si no logramos oponerles -con eficacia- “otro mundo posible” como praxis y antídoto eficaz contra lo que ya forma parte de las actuales líneas de fuerza y tendencias en curso, tras las que se asoma un horizonte de pesadilla, heredaremos a nuestros hijos y nietos, no la ilusión propia de la tierra de la gran promesa de la Agenda 20-30 o la kafkiana imagen-objetivo de México como “la nueva China”, sino, su “real-negativo”, un legado en el que únicamente quedaría la Tierra Baldía, el hotel del miedo, un descarnado no-futuro en donde, parafraseando el famoso cuento corto de Monterroso…. “despertarán y las redes de macrocriminalidad, en perversa confluencia con el sistema, seguirán todavía ahí”.

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