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lunes, 27 junio, 2022
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El Infiernillo, la presa que amenaza a Genaro Codina y Cuauhtémoc

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Por: ALEJANDRO ORTEGA NERI •


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Si desborda, “esa sí va a hacer un desmadre”: Don Toño

Las comunidades afectadas, Santa Inés, San Fernando, Santo Prieto, San Aparicio, Monte Grande y la cabecera municipal de Genaro Codina: Ana Elisa Ramos, directora del SEDIF

Hubo rumores de que se desbordó El Infiernillo; la gente comenzó a correr hacia las zonas altas, o bien, trepados en las camionetas del personal de Seguridad Vial y de la Metropol

 

En el nombre lleva la amenaza: El Infiernillo. Así se le conoce a la presa que tiene en la zozobra a los habitantes de los municipios zacatecanos Genaro Codina y Cuauhtémoc, ubicados a poco más de 40 kilómetros de la capital del estado con dirección a la entidad vecina de Aguascalientes, pues con las intensas y copiosas lluvias del último mes, ésta se encuentra a su máxima capacidad e incluso, aseguran habitantes, ha comenzado a desfogar y el dique posiblemente no soporte más, porque está inclinado.

De suceder, sería catastrófico sobre todo para las dos cabeceras de estos municipios cuyos vecinos ya sintieron el poder de la naturaleza la tarde del festivo 16 de septiembre, cuando la presa de San Aparicio no aguantó más y el desborde dañó viviendas, cables de luz, automóviles, árboles, y sobre todo, la tranquilidad de los habitantes que ahora ven en los hombres vestidos de verde con brazalete amarillo, a sus mejores aliados. “Si se desborda El Infiernillo, esa sí hará un despapaye”, advirtió don Toño.

En el momento en que Sara Hernández de Monreal, presidenta honorífica del SEDIF, daba vuelta a los tomates en el comal de la cocina instalada bajo el kiosco de la cabecera municipal de Genaro Codina, en la que personal del sistema preparaba alimentos para trabajadores que colaboran en las acciones de limpieza y rescate, la lluvia del mediodía del viernes 17 de septiembre comenzó a arreciar y con ella también el miedo, que cuando se desborda también, es riesgoso.

En el comedor, personal del Plan DN-III, la Guardia Nacional y elementos de seguridad del estado aguardaban el platillo de mediodía, quizá el desayuno, cuando comenzó a correr el rumor. “Ya se desbordó la presa, señora”, dijo una mujer a la presidenta honorífica del DIF que, informó el departamento de Comunicación Social del recién instalado gobierno, se había asentado en dicha cabecera para atender a los habitantes.

Nadie sabía si era cierto y mientras Sara Hernández de Monreal pedía a los trabajadores calma, la gente comenzó a correr hacia las zonas altas, o bien, trepados en las camionetas del personal de Seguridad Vial y de la Policía Metropolitana. Todos a contracorriente de la lluvia que ya empapaba todo. Algunos cargando a sus perros, otros a sus niños; en motocicleta y la forma más efectiva de hacerlo ante el embotellamiento que se generó en el pueblo, corriendo sin voltear atrás.

“No llega hasta acá”, dijo seguro el dueño del “Súper del Sol”, quien para no correr riesgos de todos modos, decidió bajar las cortinas de su negocio y partir del lugar en su motocicleta. Desde una parte alta, don Toño, que se dirigía a su casa caminando, advirtió: “Si ayer que fue un bordo hizo un desmadre, imagínese si se desborda la presa”. El Infiernillo, situada a 24 kilómetros de la cabecera municipal, cimbraba su amenaza.

Pasaron varios minutos del éxodo masivo que se vivió hacia la entrada del pueblo y el agua de la presa no llegaba. La lluvia no daba tregua, pero era la única que corría. En la plaza, el personal del DN-III y la Guardia Nacional aprovecharon para ingerir algo de comida. Ya no había funcionarios del SEDIF, solamente de la Secretaría del Bienestar del Gobierno de México, que informaron de la falsa alarma del desbordamiento.

En la tranquilidad momentánea volvieron a los trabajos de limpieza, mientras los habitantes buscaban en las tiendas aún abiertas, tortillas de harina para comer “aunque sea”, pues la Tortillería San José, con su maquinaria y sus costales de maíz, quedaron inservibles por el rencor del agua. “Es de un señor de Guadalupe”, dijo un curioso que se asomaba al negocio de cortinas vencidas, pero con santos intactos.

Atrás del pueblo dedicado a San José de la Isla, la sala de velación tampoco pudo con la fuerza del agua. Su suelo quedó enlodado y su mobiliario inservible. En la cochera del lugar, un automóvil color plata, inexplicablemente quedó montado en un muro. Las aguas del arroyo chico se juntaron con las del arroyo grande y “valió madre”, dijo un vecino del lugar que perdió, entre otras cosas, un tinaco, mesas, sillas, cacerolas, cilindros de gas y semillas de maíz, producto de su trabajo como ganadero.

Frigoríficos, sillones, mesas, sillas y espejos flotaban aún en las aguas del lugar. Personal de la CFE dijo a La Jornada Zacatecas que aún no terminaban de contabilizar los postes de luz afectados, pero para las 14 horas del viernes, informaron, el 70 por ciento del servicio eléctrico ya estaba restablecido. No obstante, era necesario un mayor desazolve para maniobrar mejor.

Las comunidades afectadas hasta el viernes 17 de septiembre, de acuerdo con la directora general del SEDIF, Ana Elisa Ramos Carrillo, era Santa Inés, San Fernando, Santo Prieto, San Aparicio y Monte Grande, al igual que la cabecera municipal de Genaro Codina; así como la comunidad Río Verde, en el municipio de Cuauhtémoc, donde la población debió resguardarse en la iglesia por la inundación de sus viviendas.

Allende a las pérdidas materiales, la buena noticia, han informado autoridades estatales, es que no hay pérdida de vidas humanas. Y desde Gobierno del Estado, en voz del mandatario estatal David Monreal, se ha ordenado ya el inicio de un plan de reactivación para atender a la población afectada. Hasta la tarde de ayer, los trabajos de limpieza rebasaban el 60 por ciento y el ambiente no huele a tristeza, sino a perón, agridulce, porque el fruto de los árboles tapizó también el suelo. No obstante, la amenaza de El Infiernillo está latente. En su nombre la lleva, porque si desborda, insistió don Toño, “esa sí va a hacer un desmadre”.

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