Hablar de suicidio siempre es incómodo. Nos enfrenta con un dolor que preferimos esquivar, con preguntas sin respuesta y con realidades que nos pesan. Pero guardar silencio ante una problemática que crece y que afecta, sobre todo, a nuestros adolescentes y jóvenes, es una forma de complicidad. Y yo no quiero ser cómplice del olvido ni de la indiferencia.
De acuerdo con cifras del INEGI, en 2023 se registraron 8 mil 837 suicidios en México, el 1.1 por ciento del total de defunciones en el país. La cifra, por sí sola, ya es alarmante. Pero lo que más estremece es que casi 7 de cada 10 correspondieron a personas menores de 40 años. Se trata de vidas que aún estaban en etapa de formación, en proceso de construcción de sueños y proyectos.
En 2024, las cifras no fueron más alentadoras: ocurrieron y fueron registradas 8,856 defunciones de personas de 10 años y más por suicidio en el país.
La pandemia de Covid-19 hizo más evidente lo que muchos jóvenes ya vivían en silencio: ansiedad, depresión, miedo al futuro, soledad. El encierro, la pérdida de seres queridos, la ruptura de redes de apoyo y la incertidumbre marcaron con fuerza a una generación entera.
En el plano internacional, la Organización Mundial de la Salud ha señalado que por cada suicidio consumado existen alrededor de 20 intentos previos. Y en América, el suicidio constituye entre la tercera y la cuarta causa de muerte entre jóvenes de 10 a 19 años.
Creo firmemente que la escuela puede y debe ser un refugio. No solo es el espacio donde se transmiten conocimientos académicos, sino también un lugar donde se construye comunidad, se forman valores y se siembran vínculos de confianza.
Ahí es donde docentes, psicólogos, personal administrativo y compañeros pueden convertirse en los primeros en detectar señales de alerta: cambios bruscos de conducta, aislamiento, expresiones de desesperanza. Si brindamos herramientas, protocolos y capacitación al personal educativo, la escuela puede transformarse en un círculo de contención y acompañamiento capaz de salvar vidas.
Uno de los mayores obstáculos que enfrentamos es el estigma. Durante mucho tiempo, la salud mental fue un tema relegado, incluso tabú. Se pensaba que hablar de depresión o suicidio era signo de debilidad o un tema vergonzoso. Hoy sabemos que callar solo agrava el problema.
Reconocer el suicidio como un fenómeno social es un primer paso indispensable. Cada pérdida impacta no solo en el individuo, sino en familias enteras, en comunidades completas y en el tejido social en su conjunto. Por eso, la prevención debe asumirse como una política integral, sostenida en el tiempo y con un enfoque humano.
La prevención del suicidio no es una tarea opcional. Es una responsabilidad moral del Estado mexicano y también un deber de la sociedad en su conjunto. Se necesitan políticas públicas sólidas, con presupuesto, programas de capacitación, acceso a atención psicológica en todos los niveles educativos y, sobre todo, una visión de largo plazo que entienda la salud mental como un derecho humano.
Si algo me deja claro este tema es que el silencio puede ser mortal. Hablar, visibilizar, acompañar y actuar es lo que puede devolver esperanza. Necesitamos construir una sociedad donde la salud mental se atienda con la misma seriedad que la salud física, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza, y donde la empatía se convierta en norma.
El suicidio es una herida abierta que nos duele a todas y todos. Cerrar los ojos no hará que desaparezca. Mirarla de frente, con compasión y con políticas claras, es el único camino para empezar a sanar como sociedad.
Sueño con un México en el que ningún adolescente sienta que está solo, en el que la salud mental sea prioridad y en el que la esperanza se convierta en nuestro bien más compartido.
Porque prevenir el suicidio es, en el fondo, un acto de amor. Amor por la vida, por los demás y por nosotros mismos.



