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Confesiones de un feminicida

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Nada evitó el feminicidio de Miriam a pesar de que su esposo avisó en Facebook que lo cometería. Óscar N. llegó a casa, disparó a su esposa y luego se quitó la vida tal como había advertido. 

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Algunos medios reprodujeron el vídeo en que el feminicida/suicida “explica sus razones”. Aunque el crimen es injustificable, sus palabras son valiosas para toda persona estudiosa del asunto desde la psicología social, la antropología, o cualquier disciplina similar. 

Probablemente se disienta. Es tanto lo que se ha escuchado a los varones históricamente, que, por mero equilibrio, se ha vuelto políticamente incorrecto darles aún más espacio. 

Lo he visto en lo corto y en lo lejos. Alguna vez, en las cercanías del 8 de marzo un amigo periodista quiso ser original y escribir sobre las nuevas masculinidades y el rol de los hombres (si es que había alguno) en la lucha feminista. Para hacerlo, se acercó a una activista que lejos de orientarlo le reprochó que se pretendiera dar (más) espacio a los hombres, particularmente en esas fechas. 

A pesar de su trayectoria y sus contribuciones, en 2017 Martha Lamas fue severamente criticada porque la conmemoración de sus cincuenta años de trabajo consistió en un foro llamado “Martha Lamas en diálogo con XY” en el que tenía por invitados a varones.

Ella misma lo explicó: «Llevo medio siglo hablando solamente con mujeres y por eso quisimos hacer un evento solo con hombres”. Se trataba de salir de lo ordinario, de contrastar sus ideas con hombres, escucharlos y hacerse escuchar por quienes no solían ser su público habitual. 

No bastó. La posición predominante es otra, una muy lógica en función de dónde venimos, pero de poca utilidad con relación a donde queremos llegar. 

Acciones como esta han generado que mucha gente crea que el feminismo y el anhelo de eliminar el patriarcado es una lucha contra los hombres, y no, como es, una lucha por las mujeres; y sí, también por ellos y hasta por elles, es decir por todas las personas que no se inscriben en la concepción binaria. 

Así, mientras el feminismo avanza, avanza también la ultraderecha en el mundo, y los Andrews Tate y los Temach se llenan de acólitos y fans que se agrupan para defender su virilidad de una “ideología” que en su chato entender busca someterlos. 

Podemos reír, enojarnos o compadecer este discurso tanto cuanto queramos, pero lo cierto es que como deja ver la serie Adolescencia (Netflix) estamos ante generaciones bisagras que no logran entender qué se espera de ellos, porque viven entre lo que no se acaba de morir y lo que no acaba de nacer. 

Se trata de hombres sometidos a lo que Rita Segato llama “el mandato de masculinidad” que además defienden, porque en lugar de hacérseles entender que son la primera víctima de este, se les asume llanamente culpable de serlo, equiparando la enfermedad con el enfermo. 

El monólogo de Oscar N. da cuenta elocuentemente de ello. Parece poco probable que él, dispuesto a suicidarse como ocurrió, estuviera planeando calculadamente la justificación del feminicidio que estaba por cometer. No inventaba sus razones, las exponía. No se hacía la víctima, se sentía. No se discute si era, fue suficiente que lo sintiera para que actuara en consecuencia. 

Es obvia la distinción entre él y su víctima porque fue su decisión terminar con su vida, y para ella no hubo alternativa. Sin embargo, si se busca entender lo sucedido para prevenir que se repita vale la pena poner atención a sus últimas palabras: “nunca estuvo contenta con su casa”, “no le llegué al precio a esta muchacha”, “nunca le di el ancho, su casa no le gustó, nada más quiere andar viajando, nada más quiere andar con sus amigas feministas (…)”, y por si duda cabe, en medio de todo eso, intenta ocultar su obvia vulnerabilidad con un “yo me siento bien”. 

Lo fácil ahora sería asumir que el pensamiento de Óscar es excepcional, y que sus congéneres no tienen los mismos temores; o que nosotras jamás nos relacionamos con hombres que piensan así, porque somos “mujeres deconstruidas”. Nada más egoísta y errado que eso. 

Tampoco basta con pensar que la tarea se reduce a “enseñar” a las mujeres a huir de hombres como estos. No es tan sencillo, y hacerlo sería apostar sólo por mujeres lo suficientemente privilegiadas como para estar en condiciones de romper o evitar vínculos como estos.

No debería, la lucha feminista y los esfuerzos por derribar al patriarcado son por todas, incluidas las que creen que “el feminismo no las representa”, Pero también por nuestros padres, hermanos, parejas, amigos e incluso hijos sometidos al mandato de masculinidad del que son las primeras víctimas.

En la lucha contra el patriarcado no hay claudicación alguna si se dialoga y escucha a la otra mitad de la población que también lo padece. Por el contrario, se suma y no se resta, se combate la enfermedad y no al enfermo, a la causa y no al síntoma. 

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