Entre 1907 y 1917 hubo una gran lección histórica de prosperidad en Estados Unidos resultado de la puesta en práctica de lo que Henry Ford llamó los preceptos fundamentales del progreso económico. -Sí, Henry Ford, el fundador de la empresa de automóviles que hoy se debate entra la vida y la muerte-. Los preceptos de aquella efímera prosperidad fueron: trabajo para todos y una progresión del salario en función de la productividad de las empresas. Su empresa fue sumamente exitosa, pero no tuvo muchos adeptos; la inercia de la industrialización mundial generaba grandes riquezas, pero en la mayoría absoluta de los inversionistas y empresarios predominó la voracidad por retener el máximo de las ganancias, lo que desencadenó el desequilibrio económico. «Cualquier semejanza con la actualidad, de ninguna manera es mera coincidencia»
Si bien había una gran efervescencia financiera e industrial, la capacidad de compra era muy reducido por los bajos salarios. Predominó la euforia en el mercado financiero por sobre el crecimiento industrial. La bolsa valores no dejaba de subir, pero no como resultado de los beneficios reales de las empresas sino por la actividad especulativa de los inversionistas. Las inversiones se hacían a partir de préstamos bancarios. Los bancos prestaban más de lo que captaban, pero el dinero no se invertía en la producción, tenía como destino el mercado financiero – ganar dinero tan solo por comprar y vender acciones, o por poner el dinero a plazos; las actividades financieras se desligaron de las actividades productivas
Las deudas crecían y llegaron al límite de ser impagable, fue entonces que se dio la caída de la bolsa de valores y al estallamiento de la crisis de 1929, –La Grande Depresión- el desastre bursátil o la más devastadora caída de la bolsa de valores en la historia de los Estados Unidos.
El 24 de octubre de 1929 el llamado “jueves negro” se pusieron a la venta un número récord de 12.9 millones de acciones que no encontraron comprador. La caída de la bolsa fue estrepitosa, pero no tanto como el colapso que se dio el “lunes negro” y el “martes negro” 28 y 29 de octubre de 1929, que precipitaron el pánico y el comienzo de consecuencias sin precedentes y de largo plazo para los Estados Unidos. En tres días 100 mil trabajadores perdieron su empleo. Por si fuera poco, fue un año de sequía extrema. En noviembre y diciembre de 1929 quebraron cuarenta bancos, para el 1931 ya sumaban dos mil. La quiebra se debió a que los ahorradores retiraron sus depósitos -o intentaron retirarlos- ante el temor de perderlos. Pero los bancos no tenían dinero, solo papeles.
Uno de los errores de la administración del presidente en turno de los Estados Unidos Herbert Clark Hoover fue el no aceptar la gravedad de los hechos. Pensaban que era una crisis pasajera, entre otras cosas, se ignoró la gravedad de la crisis agrícola e industrial. Así que la gran depresión tocó fondo y se encadenó con la Segunda Guerra Mundial.
En 1932 para enfrentar la crisis, Franklin D. Roosevelt promovió un aumento del 25% al 63% de impuestos sobre las ganancias de las grandes empresas. En 1936 el aumento pasó a 79%, en 1941 pasó al 91%, en 1944 regresó al 70%. Es decir, sobre la base de los impuestos a las grandes empresas se desplegó la reestructuración económica mundial, y Estados Unidos se convirtió en la primera potencia mundial, sin que sus grandes millonarios dejaran de ser los más ricos del mundo.
La economía mundial se restableció después de la Segunda Guerra Mundial. Los principios del equilibrio mundial que fueron motor del desarrollo mundial durante 3 décadas se establecieron en la Declaración de Filadelfia promovida por el presidente Franklin D. Roosevelt. Estos fueron: El trabajo no es una mercancía, la Pobreza constituye un daño para la prosperidad y trabajo para todos y participación en los beneficios del progreso; esencialmente los mismos preceptos que promulgó Henry Ford cuarenta años antes. «Los mismos que podrían disminuir las desigualdades ahora».
Estados Unidos no fue devastado durante la Segunda Guerra Mundial, por tanto, su restructuración se anticipó y comandó la del resto del mundo; y por ello se erigió como la potencia hegemónica.
Con la llegada de Reagan al gobierno, en los años 80´s el impuesto se redujo a 40%, mientras que en la Unión Europea a 25%. Obviamente Estados Unidos continuó siendo la primera potencia económica, con mucha mayor concentración de la riqueza. Pero no contentos con el estado de cosas para las grandes trasnacionales y los grandes grupos financieros, asumiendo como un nuevo reto de la economía mundial “el crecimiento económico ilimitado”, en 1974 Helmut Schmidt propuso lo que se llamó el Teorema Schmidt “Los beneficios de ahora serán las inversiones de mañana y los empleos de pasado mañana”.
El Teorema encontró promotores en las dos líderes de dos de las más grandes potencias de la época, Ronald Reagan Presidente de los Estados Unidos y Margaret Thatcher Primera Ministro de Reino Unido. Bajo el pretexto de que si las empresas disponían de mayores ganancias aumentaría las inversiones y estas el crecimiento económico, a partir de 1981, pusieron en práctica la reducción de los impuestos a los grandes monopolios y esta moda se extendió por el mundo, cambiando las reglas del equilibrio instauradas tras la II Guerra Mundial. «El neoliberalismo comenzó a reinar en la economía mundial».
Con el Teorema de Schmith la proporción de los salarios disminuyó en un 10% en 30 años, y el desempleo aumentó. Y desde entonces la proporción de las ganancias destinadas a salarios, empleos y garantías sociales fue disminuyendo con relación al acaparamiento de capitales de los empresarios y el sector financiero.
Lo mismo que se tiene hoy en día: una diferenciación abismal entre países ricos y pobres, y una superconcentración de la riqueza mundial en unas cuantas manos.
El capital financiero, crece a razón del 17% por año, pero el estancamiento económico es generalizado en el mundo occidental. Mientras que la inflación es superior al 4%, el crecimiento del PIB en Europa Occidental varía entre 0 y 1%, y en Japón 0.3%. Estados Unidos pareciera menos afectado con un incremento del PIB de 2.4%, pero, si se toma en cuenta que el PIB no es estrictamente riqueza material, sino que incluye rendimientos o “beneficios” financieros, se concluye que el crecimiento no es real. La mayor parte de las ganancias del sector financiero son en papel, son “beneficios” o rendimientos del mercado bursátil, el cual en buena medida es especulativo; o sea que no corresponden con creación de riqueza.
El dinero que se dice circula en el sistema financiero mundial no existe en la realidad, son números en cuentas guardadas en servidores. Si todos los ahorradores e inversionistas quisieran retirar su dinero de los bancos o de las bolsas de valores, sería el colapso total.
¿Estamos al borde de otra Grande Depresión? –Claro que sí. Ella ha sido pre-bautizada como el Big One. El estallamiento ha sido aplazado, mediante el incremento desmedida de la deuda mundial, sustentada en la inyección de dinero y la creación de bonos del tesoro sin respaldo, y la confianza ciega de los inversionistas en el sistema financiero mundial.



