Resulta curioso que en el Reglamento de la Prostitución de la ciudad de Zacatecas del año de 1878 se considerara entre muchas otras restricciones, que “no fuesen impúberes” las que ejercieran la prostitución, es decir, acaso entiendo, a mujeres arriba de los 18 años. Sin embargo, en las galeras del Archivo Historico Municipal encontré que de 1901 a 1917 había en el registro “de rameras” a muchas niñas de 12, 13 y 14 años de edad.
La prostitución en nuestra ciudad ha sido de muchos años un pan que se come, se reparte y se coteja según la época.
Y no deja de ser doloroso, más aun cuando uno lee que las enfermedades estaban y están a la orden del día.
La historia de la patria chica zacatecana ha de rescatar esos lugares que fueron olvidados por la crónica oficial y con un afán de reconocer muchos episodios donde la moral pública se escondía en la necesidad, la impudicia, el negocio vil.
Son muchas las listas de mujeres públicas que eran revisadas por médicos, enfermeras, agentes y empleados municipales que imponían severas multas a quienes se salieran de la lista de códigos a cumplir: revisión semanal para evitar la sífilis y la gonorrea, multa a quien desistiera de hacerlo y hasta cárcel a reincidentes, ya que “toda mujer que viva de la prostitución está obligada a someterse a la inspección de la Policía de Salubridad, sea cual fuese su nacionalidad y categoría”.
Las normas eran curiosas y por demás singulares: no podían andar en grupos por la calle, ni hacer escándalos, ni saludar a “hombres de bien en compañía de niños”, mucho menos, “visitar a hogares honestos” y una serie de decálogos en donde se les restringía por demás, tanto a ellas como a sus “matronas”, a las “clandestinas o insometidas” y siempre con su libreta donde estaba las anotaciones de médicos y enfermeras y personal del ayuntamiento.
Las penas eran severas y muchas veces se pagaba con cárcel a quienes se rehusaban a entrarle a los códigos que la ciudad imponía.
Muchas eran fuereñas, viajantes que acudían de ciudades como San Luis Potosí, Aguascalientes, Monterrey, Ciudad de México o Puebla. A todas se les tomaba foto por triplicado. Los lugares más famosos eran “plaza de la Malinche, callejón de San Pedro o la calle de San Rafael”. Pero lo más doloroso es el caso de la niña Ángela Benitez, que en 1916 tenía escasos 12 años y dice al pie de la letra: edad: 12 años, estado: soltera, patria: México, color: moreno, Ojos: negro, nariz: regular, boca: regular, estatura: baja, señas particulares: hoyueleda de viruela, vive “plasa Pirules”.
Y así por la constante: historias por demás dolorosas, singulares, tenebrosas y acuciantes, todo dentro de un parámetro permitido donde el comercio carnal y del placer, devenía en cosas que les ayudaban a vivir o al sufrimiento. ■



