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lunes, 30 enero, 2023
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■ Alba de Papel

La cultura como instrumento de justicia social

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Por: ALMA RITA DIAZ CONTRERAS •

Alfons Martinell, pilar de la gestión cultural a nivel mundial, ha dicho una y otra vez que la cultura es una necesidad de primera orden que debiera ser entendida e instrumentada como un derecho fundamental de las personas, que está por encima de la política, y que sin ella, no hay desarrollo posible.

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Ninguna economía se sostiene sin una estructura cultural, ya lo dijo el teórico de la comunicación y especialista en temas culturales, Jesús Martín Barbero (España/1937-2021), “Los valores económicos son concretos y fijados en un tiempo determinado, mientras que los valores culturales son eternos”, clara afirmación que nos permitiría comprender que su proceso se mide con la interacción, exigiendo la eliminación del concepto de pobreza para medirlo.

Lamentablemente, ambos preceptos son distantes de la realidad mexicana, gravemente afectada por la violencia, la inseguridad y una galopante disfunción familiar que corroe con brutalidad a la célula básica, una que día a día incrementa emociones descomunales de miedo, angustia e ira, que sólo debilitan el tejido social, disminuyendo la oportunidad de vivir en comunidad.

Si los ideólogos arriba descritos, ponderan a la cultura como generadora de afecto, de libertad y de esperanza para desarrollarnos como seres humanos y que no hay comunidad “pobre”, salvo por el léxico político y económico que ha marcado su rango condenatorio, ¿cómo descifrar y apropiarnos de un proceso cultural que forme ciudadanos conscientes de la diversidad, dispuestos a construir una cultura de paz que luche por la equidad, la justicia y una vida con calidad?

Una vida social sujeta a una verdadera transformación del sistema educativo, calificado a un nivel cero por grandes especialistas que deploran la falta de estrategias y la simulación que lo mantiene indiferente ante las alarmantes cifras dadas recientemente por la Unesco, en demérito de todos los niveles educativos.

El cuestionamiento se torna complejo, con una múltiple interpretación o quizá sin ninguna, en razón del tráfago diario nos devora, y las necesidades personales, junto a la tecnología que nos impulsan al individualismo y a la acumulación, desinteresados de la otredad y de la importancia que representa la asociación, el trabajo en conjunto para remozar nuestro sentido de pertenencia como mexicanos.

Ante el nuevo año que emprendemos, sería estratégico que los gobiernos de la federación, estatales y municipales, priorizaran el tema de la cultura como factor esencial de su política, bajo el criterio de que sólo a través de ella se puede hablar de paz y de progreso, de convivencia y sostenibilidad económica.

Sería deseable que reconocieran que la transformación sólo se logra mediante la construcción de la ciudadanía y la identidad cultural, conscientes de que su intervención deberá ceñirse a ser facilitadores en los distintos procesos de la cultura mexicana, sin imposición alineada al poder que ostentan. Quizá esta idea podría ser ilusoria, pero no lo es, dado que vivimos situaciones urgentes y emergentes también, donde las soluciones deben ser expeditas en forma paralela.

Esto conduciría a presupuestos flexibles y dignos para cultura, que podrían acallar el reproche social de que se le otorgue más recurso a seguridad y fuerzas armadas, que cotidianamente se hacen visibles con armamento y vehículos impresionantes en las calles principales de cualquier ciudad o pueblo, infundiendo el temor de que algo malo pasará.

Más presupuesto a cultura significaría mayor oportunidad para la comunidad artística y aliento a individuos y grupos vulnerables interesados en el fortalecimiento de la cultura comunitaria – peligrosamente afectada-, así como más apoyo y acompañamiento a las expresiones populares propias de la comunidad, grupos indígenas, becas, patrocinios, muestras y festivales.

Sin dudarlo, permitiría estimular la inteligencia colectiva, la cooperación y la convivencia en mejores términos, en el entendido de que la cultura hace mejores a las personas, al abrir un rayo de luz en el horizonte, reconciliándolos con la vida.

De algún modo para muchos, se vive un tiempo de oscuridad y de vacío, por lo que se advierte la necesidad de repensar lo que somos, lo que tenemos, lo que aspiramos, a dónde queremos llegar y lo que queremos ser en una lucha que debemos emprender, aceptando nuestras diferencias en el gran concierto de la diversidad y la universalidad de la cultura.

Para concluir, se requiere de más dinero, y si no provendrá de los gobiernos, se precisará de un audaz diseño de gestión cultural que, para muchos, es cerebro y corazón de nuevos emprendimientos en esta modernidad, un camino ordenado y seguro, un reto posible, en beneficio de las comunidades rurales y urbanas.

Es un paso que debe darse y será vital para la paz y el desarrollo que merecemos, por lo que no permitamos que la conformidad nos paralice. La calamidad y el agobio se palpan a donde quiera que miremos; no nos dejemos abatir por la desesperanza, pensemos con firmeza que nuestros desafíos son iguales a nuestros problemas y que sí podemos remontar en concordancia con la grandeza de México.

Que nuestras culturas sean el imán de las posibilidades y el sosiego de nuestras impetuosas tormentas, porque sin ellas no hay vida ni humanidad.

Que este 2023, sea un año venturoso y de oportunidad para todos, con vehemencia esperamos que sea así en Zacatecas, nuestra amada tierra.

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