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lunes, 6 diciembre, 2021

Los atletas paralímpicos y la realidad nacional

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Por: Jorge Humberto De Haro Duarte •

Recién terminaron los Juegos Paralímpicos Tokio XXI y después de un buen número de días de competencia, la delegación mexicana alcanzó a mantenerse en el lugar número veinte de la lista de premiación, después de obtener 7 preseas doradas, dos de plata y trece de bronce. Para la delegación, este resultado es insatisfactorio porque esperaban estar en mejor posición, obviamente con una cantidad de medallas, como ya había sucedido en ediciones anteriores como sucedió en Pekín 2008 y principalmente en Arnhem (Países Bajos) en 1980, donde la delegación mexicana consiguió 42 medallas, veinte de ellas de oro. Siempre es bueno aspirar a lo mejor. Y a aquellos a quienes les gusta seguir este tipo de eventos, siempre les agradecerán el esfuerzo realizado desde el principio, desde que decidieron superar sus propias discapacidades y con todo el esfuerzo adicional que significa el solventarse la carrera deportiva donde los recursos con que se cuenta para esta forma de disciplina deportiva son insuficientes y muchas veces inadecuados.

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Los resultados cobran relevancia por el contraste ante los logros de la delegación olímpica en los recientes juegos de Tokio 2020, que, con sus cuatro medallas de bronce, causó una decepción general. Una vez concluidas las justas es bueno pensar que los encargados del deporte en México estarán pensando en cómo promover la cultura física y atlética entre la población nacional, que permita a todas las personas estar preparadas estructuralmente para enfrentar con éxito el reto de desempeñarse exitosamente en cualquier disciplina deportiva y, de requerirlo, alcanzar niveles de excelencia en la alta competencia. Es innecesario expresar que este tipo de aprendizaje por todo ciudadano es tener el derecho y tener acceso al deporte. Es inútil entrar en detalles sobre qué hay qué hacer y cómo, la grosera realidad manifiesta que esto no existe, llanamente, pero mientras esta tarea no se enfrente con seriedad, todos los resultados deportivos serán lamentables, además de reflejar directa e indirectamente las precarias condiciones en que se encuentra el deporte en particular y la educación pública en general.

Además, en el orgullo del hombre de la calle, siempre queda la sensación de que aquellos que compiten representando al país, deben entregarse con todo, no tan solo en competir, sino con la necesidad de ganar. Por desgracia, no hay mucha tela de donde cortar cuando la mayor parte de la población no practica ninguna forma de actividad física que requiera disciplina de cualquier tipo. Simplemente, falta mucho para que esta ilusión se cumpla, sobre todo porque no hay de dónde.

Ningún deporte es tan seguido y criticado como aquél que practica y sigue por la tele como el fútbol, que está tan arraigado, que es el que más practica la gente, hasta llegar a la máxima categoría representada por un torneo de liga profesional, la Liga MX, un torneo soporífero con un muy pobre control de calidad, en que se exige muy poco a sus jugadores y donde curiosamente, la mayoría de los que toman parte en las acciones futboleras, son extranjeros o no nacidos en México. Los pocos nacionales que participan, son de una calidad muy cuestionable y los más sobresalientes forman parte de lo que se denomina selección nacional. Es en esta representación donde los aficionados ponen todas sus ilusiones y dejan volar la imaginación hacia el equipo con una devoción y entrega tan extraordinaria que compite con el fervor hacia la Virgencita de Guadalupe.

A la virgen se le atribuyen innumerables milagros, pero al equipo nacional no le alcanza ni siquiera para jugar bien, y con estas bases, tampoco le alcanzaría para alcanzar el milagro imposible del fútbol mexicano, llegar a jugar cinco o más partidos en una copa mundial, como ya sucedió alguna vez con la selección olímpica, que resultó campeona en Londres.

El juego y los resultados mantienen en ascuas a buena parte de los aficionados y en ocasiones alcanza niveles de patriotismo irracional o partidismo futbolero con resultados nefastos, aunque no al grado de ser motivo de una guerra como sucedió con los países hermanos y vecinos cercanos, Honduras y El Salvador en 1970, cuando se jugó por primera vez una copa del mundo en México.

En fin, para los fanáticos al deporte de las patadas, se acercan los días en que todo el universo habrá de paralizarse cuando jueguen los balompédicos ilusionándose con juegos divertidos y resultados positivos, nada como la victoria, aunque más bien habrá que prepararse para seguir teniendo tragos amargos y asimilando, otra vez, la decepción de la derrota, que habrá que decirlo, forma parte de la analogía de los hechos que han dado vida a la historia del país.

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