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miércoles, 28 septiembre, 2022
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La inseguridad y la desconfianza

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Pareciera que no hay forma de quedar bien en asuntos de seguridad, y es comprensible. 

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A diferencia de otras materias donde los gobiernos pueden hacer noticia favorable la mínima acción: entrega de apoyos, visitas oficiales, firma de acuerdos, etcétera; en seguridad la buena noticia es que no haya noticia.
Entre millones de habitantes y kilómetros, la probabilidad de que esto suceda es escasa. Y cuando la noticia irrumpe, incluso en los casos de éxito, queda siempre un dejo de que ésta es mala. 

La desaparición o probable de secuestro de José López Robles, músico wirarika de la agrupación Venado azul y padre del cantante Yauwi, es muestra de ello. Colocó en una encrucijada a las autoridades porque alcanzó nivel de nota nacional y la atención de Movimiento CiudadanCo. 

Viendo los alcances mediáticos del asunto, la Fiscalía del estado pronto informó que más de 80 elementos se movilizaron con el fin de encontrarlo. Y lo lograron, afortunadamente. El señor López fue encontrado con vida y salud. 

Pero el éxito no anuló la desazón, porque se les consideró excepcional, y no faltó el cuestionamiento sobre si el destino de los cientos de desaparecidos en la entidad sería otro, si a todos los casos se les pusiera ese nivel de atención.
Un caso relativamente similar fue la balacera ocurrida hace unas semanas en el puente El orito, muy cerca de Colinas del padre. 

De acuerdo a la información oficial, el enfrentamiento sobrevino por el operativo policiaco con el que se respondió al robo de vehículos ocurrido momentos antes en Tacoaleche. 

Aunque supuestamente se recuperaron los vehículos y se detuvo a los presuntos delincuentes, el terror de quienes pasaban por el lugar opacó toda sensación de triunfo y lo convirtió en lo contrario. 

Si este sabor amargo resulta en las movilizaciones “exitosas”, peores resultan las que dejan la sensación de darse a destiempo. 

En el caso de los jóvenes de Nieves, Zacatecas secuestrados en la capital cuando salían de un bar en la zona de tolerancia así sucedió. Las reconstrucciones periodísticas (algunas a nivel nacional) dejaron la impresión de que la autoridad actuó tarde y desperdició horas vitales que pudieron evitar, o al menos disminuir la dimensión de la desgracia. 

En una maniobra que olió a compensación, la fiscalía detuvo a una joven que estaba en el lugar del secuestro, y posteriormente a su her- mana, a pesar de que, a decir de sus familiares, existía evidencia de haber estado fuera de la ciudad cuando se dieron los hechos. 

Estando las cosas así, es natural que la percepción ciudadana sea la de estar en un péndulo entre la impunidad total y la simulación e invención de culpables. Cualquiera de los dos extremos deja desconfianza. 

Aún peor si a eso se agrega la muy común estigmatización de las víctimas, como de la que se lamenta Esquila X tattoos quien rechaza que luego del asesinato de uno de sus integrantes, se les asocie con la delincuencia organizada, lo cual sucede (al menos a la vista) con el único elemento de haber sufrido un hecho violento, y el prejuicio que pudiera haber con respecto a su actividad. 

Pero en todos estos escenarios, quizá el más ignominioso es donde abunda el silencio, que, aunque algunos dirán que es el que la ley obliga, inevitablemente sabe a indiferencia. 

Es ese el caso de los cuatro jóvenes secuestrados en Apulco, Zacatecas, 

quienes al parecer se encontraban instalando cámaras de seguridad cuando fueron raptados por hombres armados según un vídeo dado a conocer por el periodista Alonso Chávez en la revista Proceso. 

A pesar de los días, y de encontrarse entre ellos un menor de edad, no se sabe nada, y como se comprenderá, es fácil imaginar que tampoco se está haciendo nada. 

Puede entenderse que las complejidades del tema no hagan fácil el abordaje social del asunto, y me refiero a mucho más que lo mediático y lo que está al alcance de los encargados de comunicación social, de quienes, dicho sea de paso, tengo una muy buena opinión profesional tanto en la fiscalía como en la secretaría de seguridad. 

Me refiero a lo profundo, a lo medular. A esta pasividad que se debate en el imaginario colectivo entre ser leída como complicidad o como ineptitud y que alejan a cualquiera de la voluntad de identificar ante las autoridades al delincuente del barrio, a entregar los vídeos de seguridad grabados en sus hogares y comercios, a dar señas que deriven en detenciones, o menos aún dar testimonios que contributan a sentencias. 

Nada, ni la mejor estrategia de comunicación, ni el mejor asesoramiento de imagen podrá con eso, hasta que el cambio sea real, y la gente pueda sentir que tiene instituciones en quienes confiar. 

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