No eran escenas de desnudo, pero los hombres de esas comunidades cuando veían a las mujeres bañarse en el río tapadas con el refajo hasta el cuello, hacían toda clase de comentarios. La mayoría de ellos rayaban en barbajanería. Qué más. No tenían noción del flirteo, del voyerismo o cachondeo con palabras de una sensualidad desarrollada. Eran palurdos en esas cosas.
Vivían y convivían como animales, valga la comparación. Así eran, reconoce un campirano que supo de esos ayeres.
Agustín Gutinito para su mamá, rondaba y veía con lascivia a su hermana Sóstenes Chótele para la misma madre pues hermanaban en sangre y nacencia. La mujer era mayor un año que él.
El papá de ambos murió por ahí de los cuarenta años. Ellos eran unos jóvenes y jamás fueron a la escuela. Aprendieron a sumar y restar de manera práctica. No sabían leer ni escribir. De herencia, el hombre les dejó muchas vacas y toros. En menor cantidad unos 20 chivos, pero también caballos y burros que juntos sumaron veinte.
La tierra donde tenían la casa y las 10 hectáreas que sembraban formaban parte también de los bienes.
Eran los únicos herederos después de la esposa de Anacleto. Cuando crecieron eran unos analfabetas presumidos. Pantereaban de sus pertenencias.
La vida misma los fue separando. Ella poseía una astucia natural, Resultó muy hábil para la realización de compra venta de los granos que cosechaban y el ganado que con el tiempo se les multiplicaron. Iba y venía a todos los poblados y también de vez en vez a la ciudad. Sólo para comprar ropa, mandado y algunos implementos agrícolas.
La mamá no les inculcó el mirarse con respeto y compartir lo heredado por su padre. Ella comenzó a guardar en un velís el dinero que reunía de sus negociaciones. Aprendió a prestar dinero con réditos. Todo lo guardaba en el cuarto que habitaba. En eso fue lo único que acertó la madre, quien delimitó la intimidad de sus pertenecías entre un hombre y una mujer.
Gutinito hombre de unos 55 años, cuyas aspiraciones estaban castradas por la sobreprotección de su progenitora. Se la pasaba de rancho en rancho nomás tomando cheve y fumando. El dinero para gastar se lo daba su madre. Ella le lavaba y planchaba. Andaba muy curro con ropa limpia.
Ya maduros, los dos desayunaban, comían y cenaban en la misma mesa porque su viejita lo convidaba. Ahí iniciaban las envidias y los reclamos de él a Chótele.
Y tú, porqué tienes tantas cosa, que no piensas darme algo a mí. No ves que estoy muy fregao. No tengo nada y tú sí –
Trabaja no seas flojo…qué no ves a los demás hombre de tu edad que andas en las tierras. Tú nada más estiras la mano a mi mamá para que te dé dinero para gastar. Ayúdale a los peones que contrató y seguro algo te daré, respondía Chótele.
Pos mira yo pa eso heredé de mi apá estos terrenos y de ahí debe tocarme algo…cuando menos lo que levantan en las cosechan deben darme mi parte. Aunque te duela mugre vieja y ya cállate, altanera- decía Gutinito.
La madre intervenía y pedía a Chótele no responderle así a su hermano pues era el hombre de la casa y había que respetarlo.
De 56 años, Sóstenes descubrió en una ocasión que la puerta de madera de su cuarto había sido forzada y abierta. Su respiración se agitó y comenzó una taquicardia que no le pasó hasta que comprobó que el velís donde tenía guardado el dinero no había sido violentado.
Le dio mucho coraje. A toda prisa fue con su mamá para comentarle de la actitud de Agustín pues también en otras ocasiones lo sorprendió mirando por la ventana de cortinas traslucidas cuando se bañaba en baño de lámina. Las mujeres en el interior de sus casas solían bañarse de noche y cuando lo hacían si se desnudaban. Olvidaban los atavismos y recados de la mochería de las mujeres mayores.
Chótele ignoraban que poseía algo de riqueza y un cuerpo envidiable. El consejo guasón de los demás rancheros pajones a Gutinito era que se cochara a su hermana que estaba re güena. Le azuzaban a mirar su desnudez y que ahí por en medio de las piernas tenía la cosa por donde había que meterle el pájaro.
Eran tantas las chanzas que le jugaban a Agustín que este comenzó a mirar de distinta manera a su hermana. Le insistían en que era mujer y que ellas servían para cochar nadamás.
Ambos adultos se veían en su casa solo para probar los alimentos que preparaba su madre. Caminaban por distintos senderos.
Luego de cenar, Gutinitio de manera amable en sus tratos con la hermana le dijo que la acompañaría a su cuarto, pues les comentó a madre y hermana que andaba un perro del mal mordiendo a las personas que veía sola. Ella un poco temerosa ante tal narración, aceptó.
Cuando, en medio de la oscuridad solo rota por una luna mordida por una de sus fases, Chótele sacaba el llavero para abrir su puerta, Gutinito se le acercó por la espalda y le tocó las redondas nalgas. Ella volteó de manera rápida y le dijo que no hiciera eso, que eran hermanos y que jamás lo volviera intentar.
Eres una orgullosa…los demás hombres dicen que tu estas re güena y te debo cochar….que no tienes hombre que te atienda y que debes tener calenturas por las noches y que yo te las puedo quitar, decía con tono rogón el hermano supino.
Retírate y vete a la monda, Agustín, y no me vuelvas a agarrar…eres una bestia apestosa…hueles mal y le diré mañana a mamá- repelía con voz imperativa Chótele.
Transcurrieron los días. La mamá no hizo caso de los reclamos de la hija afortunada en los negocios de esas rancherías y con una suerte de carisma a pesar de sus poco más de cinco décadas y un lustro.
Alguien le recomendó que ante la apetencia de su hermano, lo ignorara y ya se la pasaría la calentura de desearla, pero que tratándose del dinero lo metiera al banco o bien lo enterrara o que lo tapiara y sólo así lo tendría seguro. Optó por enterrarlo en medio de una gran nopalera que había frente de su casa como a unos cien metros. Ella calculaba que bajo tierra su fortuna estaría segura hasta decidir qué hacer con todo el dinero ahorrado.
Vinieron las desgracias. Primero murió la mamá. El hermano enloqueció al grado de golpear a Chótele sin mediar palabra. El salvajismo volvió en esos días a esa familia diezmada.
Agustín exploró el cuarto de Chótele y no halló nada. Él sabía que su hermana tenía dinero suficiente y que no le basta que ella le cocinara y le lavara ante la ausencia de su madre; quería dinero, mismo que decía le correspondía también a él.
Se fue de borracho día y medio por esas rancherías. Fue al gollete pues no tenía centavos. En la noche cuando regresaba vio que Chótele estaba casi a punto de dormir. Se hacia la ventana y miró hasta que decidió romper la puerta con violentos empujones.
La sorpresa heló a Chóteles que no pudo reaccionar y quitarse la presencia del hermano ebrio. Se quedó acostada en su cama. Azorada mirando hacia el acceso.
El palurdo se le fue encima, la tomó de las manos, evitó que lo repeliera con los pies. La sometió y la violó. Se alejó de la habitación en medio del llanto de su hermana, pero algo lo hizo regresar con un pedazo de lazo en las manos. La ahorcó.
En esos momentos, ensilló dos burros. En uno de ellos echó el cuerpo mal amortajado de Chótele y se le llevó a tirarlo lo más lejos que se pudiera. Llegó hasta allá, por el cerro del Chapín y enmedio de unas peñas lo tiró. Con la complicidad de la oscuridad fue y vino.
Pasaron los días y Chótele fue extrañada por sus amigas y vecinas. Nadie decía nada. Veían raro a Gutinito, pero no se atrevían a preguntarle algo.
El soltó la versión de que andaba una mujer loca -como perro del mal- corriendo por todos los pueblos y que quizá esa era su hermana porque tampoco él sabía nada de ella.
Las mujeres vecinas y amigas de Chótele no cayeron en el supuesto y como ella en alguna ocasión le comentó que había enterrado su dinero para evitar que su hermano se lo quitara por la envidia, comenzaron a chismear en el sentido de que el principal sospechoso de la desaparición extraña de Sóstenes era Agustín.
Algunos rancheros de por ahí vieron por días que dos perros propiedad de Chótele iban y venían diario de por allá rumbo del cerro del Chapín.
Se atrevieron a seguirlos a distancia y descubrieron el cuerpo putrefacto de Chótele. Los fieles canes evitaron que coyotes u otras fieras y las auras se comieran el cadáver.
Cuando dieron aviso a las autoridades, éstas ya no encontraron a Gutinito quien mató a Chótele. ■



