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viernes, 19 julio, 2024
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A Guadalupe El General, primo de papá que murió la madrugada del viernes

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Por: JUAN ANTONIO VALTIERRA RUVALCABA •

Esparcidas puntas de lanza hechas de pedernal, gotas de estaño ennegrecidas por el tiempo son las huellas del pasado. Viven petrificadas sobre tierra y sus venas de retratos imborrables.

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Vida forjada por el trabajo cotidiano, la gente de ahí sólo mira y calla. Sus pasatiempos hablar de animales salvajes, montar a caballo, tirar piedras con honda, contar charras y fumar acompañados por un trago de agua o tequila si hay centavos.

En torno de una lumbre encendida cerca de una tapia, las pláticas se suceden. Los rancheros se cobijan el frío, aunque los huaraches no tapen sus pies maltratados por el andar.

De las paredes de adobe descarapelado cuelga un inventario de objetos y herramientas de trabajo usados en el campo. En el vértice derecho de ese cuarto donde también estacionaban un viejo carretón, acomodada una quiligua con la base forrada de cuero aún conservaba unas mazorquillas de la cosecha pasada y un juste para burro ocupaban buena parte del espacio. Lo demás asomaba al sol.

Estaban colgados un talache, un azadón, la mancera de un arado, varios filetes para caballos y mulas; un nivel y una plomada justo al lado de un sombrero estropeado, una chamarra de mezclilla descolorida y olorosa a sudor y yerba, así como los suaderos para las recuas que el tío Ramón integraba cuando sembraba o trasladaba cargas con sus burros o mulas y machos.

En la parte posterior había un corral cuyo inventario era magro. Pocos caballos, unos 10. Estaban solos. Aislados de los machos, mulas y burros porque los machos son muy agresivos y cuando anda en celo empeoran su trato con los demás animales.

Un cielo sin nubes. Ni negras cargadas de lluvia, ni blancas que hicieran sobras mitigantes abajo, en la tierra. El sol gritando calor con fuerza. De la cerca hecha con piedras descendían lagartijas dando saltitos encima de las piedras abrasadas.

En tiempos de calor con lluvias se daba el fenómeno conocido entre la población lugareña como “están pagando los drogueros” que quería decir que la gente que debía dinero desde tiempos atrás en esos momentos estaba pagando su deuda, razón que tomaba la naturaleza para festejar con lluvia en pleno sol, el ejército hacía recorridos tácticos entre los poblados para disuadir e inhibir que los rancheros compraran y usaran armas de fuego.

En esas zonas, grupos de cinco soldados andaban los caminos de terracería, subían y bajan valles, cruzaban sierras por las laderas en pos de su objetivo. Los militares eran conocidos como sardos.

Don José, Francisco, Carlos, Juan, David, Maximiliano Mai, Pedro y Don Ramón herraban vacas y toros a quienes también les hacían sangrías cortándoles las puntas de los cuernos. Les untaban tecole –una mezcla de olote de maíz quemado con agua- para evitar que se les infectaran las cornamentas por contaminación de las moscas.

Niños curiosos querían ver cómo los adultos hacían lo que hacían. Querían aprender para ser de grandes como ellos.

Alguien oteo el horizonte, allá por la lomita rumbo de San Marcos. Se percató que venían los sardos. Avisó con un grito agitado y sordo:

-¡Ahí vienen los sardos…escondan las armas y pistolas si las cargan!

Todos voltearon hacia allá rumbo del ojito de agua para distinguir a los soldados. Era real su inminente presencia en el rancho San Luis de Abrego.

José Valenzuela traía a la cintura un cuchillo mojoso con cacha multicolor y con una cabeza de águila, pronto lo sacó y con todo y funda lo enterró al pie de la cerca de piedras. Francisco corrió y brincó el corral hacia su casa. Su papá dijo que se puso así porque ya le había dicho que se deshiciera de una pistola escuadra que compró con un ranchero de San Pablo.

En actitud automática, varios pidieron un cigarro. Se les notaba nerviosos. Hacía años que los sardos no pasaban por ahí. Uno de ellos sacó de la bolsa interna de su camisola de mezclilla marca Cisne una cajetilla de cigarros Del Prado. Ofreció a todos y cerillo en mano prendió uno a uno haciendo casita con ambas manos para que el viento no apagara el fósforo.

Los menores presenciaban todo agarrados del pantalón de sus padres. Estos tomaban las cabezas de sus hijos en señal de protección. Mirando en dirección donde venían los uniformados esperaron unos cinco minutos.

Los militares cargaban cada uno su Fal a la espalda con la correa terciada en el pecho. Traían cascos verdes que hacían juego con su indumentaria de igual color. Uno de ellos, el que guiaba y los encabezaba preguntó:

-¿Cómo andan por acá? ¿Han visto algo raro que nos puedan decir? ¿Cómo les va en la herrada de sus animales?

Sin arrebatarse la palabra, Don Ramón, el viejo presente respondió:

-Nada. Todo normal. No hemos visto nada extraño…somos campesinos y gente de paz. No nos metemos con nadie. Cultivamos la tierra, cuidamos nuestros animalitos y cuidamos nuestras casas y la familia.

Luego de descargar su enorme mochila, uno de los soldados pidió les regalaran agua para tomar y para llenar sus caramayolas.

-Tenemos mucha sed más que hambre…venimos caminando desde hace cinco horas…

No lo dejaron terminar de hablar, Don Ramón les ofreció comida o una puesta de frijoles y unas mazorcas. “Lo que les ofrecemos es para ustedes para que se los lleven a sus casas…y sus mujeres les hagan unos buenos frijoles con cebolla y chile…y con las mazorcas unos guachales sabrosos”.

Llenaron sus caramayolas, devolvieron los vasos de peltre. Aceptaron el obsequio sincero. Caminaron en dirección de la comunidad conocida como El Angelito.

Desaparecieron con la reverberación que el sol provoca en la tierra. Una vez retornada la calma soltaron al toro que tenía tirado en el corral y se fueron a comer a sus casas en esa comunidad de seis construcciones de adobe.

La siembra les dio algo de frijol. Levantaron buen maíz sólo para comer. No pudieron cosechar suficiente para poder pagar los créditos que les hizo el Banco Nacional de Crédito Ejidal (Banjidal) para comprar semillas e implementos agrícolas.

La tarde cede la caída del sol y la llegada de la noche fría en medio del sosiego. Grillos, luciérnagas y cientos de mosquitos sintonizan cantos y danzas a ritmo.

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