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miércoles, 27 octubre, 2021

La fábrica*

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La Gualdra 383 / Río de palabras

 

 

Ya va a hacer un año que mi papá entró a trabajar a la fábrica. Es un lugar muy grande, con un patiesote en el centro donde sacan los muebles después de que los pintan para que se sequen con el sol. Todo lo hacen de maderas muy finas, es por eso hay mucha vigilancia.  “Lo que hacen aquí se lo llevan a muchas partes del mundo, entran camiones enormes que cargan en la noche y se van muy temprano, cuando todavía no ha salido el sol, por eso cuando venimos no vemos ni camiones ni mobiliario, porque toda la producción se la llevan a otros países”, dijo mi mamá.

Yo me siento contenta de que lo que hace mi papi quede tan bonito, y que por ejemplo los japoneses se sienten en un comedor fabricado por él o que los españoles tengan una sala mexicana en sus casas. Para el Día del Niño, hizo una camita para mi muñeca y un roperito ¡con todo y espejito! Están mejores que los que salen en la tele porque éstos huelen bien bonito a madera.

Antes, teníamos un puesto de tacos; mi papá los hacía y mi mamá le ayudaba picando la cebolla y los chiles, haciendo salsa roja y verde, destapando los refrescos, haciendo las cuentas y cobrando. Siempre estábamos mi hermano y yo jugando allí; como a las nueve nos daban de cenar y nos decían que nos metiéramos a la casa a dormir. A veces veíamos la tele un rato y luego nos acostábamos.

Ese trabajo era mejor porque mi papá estaba siempre con nosotros. Se levantaba como a las nueve a lavar todo lo del puesto, y cuando terminaba, se bañaba, desayunaba, y ¡ahí va!, al mercado de San Francisco a comprar el mandado; llegaba como a la una, comíamos y a las cuatro cocía la carne, preparaba todo lo que se llevaba en el puesto y a las siete y media lo sacaba a la esquina de la calle donde vivimos.

Así era todos los días, menos el domingo, su día de descanso, que aprovechaba para llevarnos a pasear al Parque de la Plata o a la Encantada. Unas veces nos paseaba en el trenecito y otras nos subíamos los cuatro en las lanchitas, y aunque me daba miedo de que nos volteáramos, sí me divertía mucho. Después íbamos a la misa de siete al templo de Jesús. A veces hasta nos llevaba de vacaciones, como el año pasado cuando yo salí del kínder y mi hermano de la primaria; de premio, fuimos a un balneario de Aguascalientes; anduvimos todo el día en las albercas y luego nos compró cuadernos y libros para iluminar, pero poquito después fue cuando entró a este otro trabajo.

Ahora en lugar de llevarnos a pasear, nosotros venimos para acá porque como maneja una máquina muy especial que nadie más sabe usar, pues tiene que estar al pendiente todo el tiempo. Aquí oímos misa y nos estamos un rato platicando con él, comemos y nos vamos a la casa y, aquí se queda, trabajando siempre.

Yo lo extraño mucho, le pregunto a mi mamá: ¿Por qué no vuelven a poner el puesto?  “¡Ay muchacha!, no seas tan preguntona. A tu papá le gusta más este trabajo y hasta gana más”, me contestó. Yo pienso que, aunque le paguen bien, con el puesto éramos más felices, porque lo veíamos diario. A veces no me quiere traer porque hay muchos hombres; yo me pongo muy triste y empiezo a llorar, entonces me dice: “Ándale pues Chata, ve por un suéter y trae tu cuaderno para que se lo enseñes”. Yo me pongo feliz porque es como un paseo, pues está fuera de la ciudad. Tomamos la ruta 14 y allá donde termina su recorrido está; en el camino, a veces se ven vacas, gallinas, puercos y caballos. El camión se llena de niños que también van con sus papás.

Hoy es el Día del Padre y van a hacer una fiesta. De regalo, le voy a dar mi boleta de calificaciones y un pastel que le hicimos entre mi mamá y yo. Mi hermano como siempre, no quiso venir, yo no sé por qué a él no le gusta la fábrica; ni modo, él se lo pierde. También le voy a dar la sorpresa de que ya sé leer… ahí viene muy elegante, vestido con su uniforme. ¡Felicidades papi! Aquí tienes mi regalo. Adivina qué… ¡ya sé leer! “Gracias hijita”, me contesta levantándome en sus brazos.

“Vamos a ver si es cierto ¿qué dice allí?” CERESO,[i] le contesté rápidamente. “¡Muy bien!”, me dijo premiándome con un beso. ¿Qué es cereso?, pregunté.

“Ya te he dicho que no seas preguntona Chata”, dijo mamá regañándome. “Es el nombre de uno de los árboles con que hacemos los muebles”, contestó papá.

 

* Cuento publicado en Y son nombres de mujeres. Antología de escritoras zacatecanas II, proyecto editorial que realizan en colaboración el colectivo Líneas Negras y la Secretaría de las Mujeres (Semujer).

[i] Centro de Readaptación Social o Cárcel del Estado.

 

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-383

 

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