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jueves, 11 agosto, 2022
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El insulto nuestro de cada día

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

La eficacia comunicativa logró que el fotograma de la película Parásitos se convirtiera en meme. Me refiero a la escena en la que el protagonista, acumula y aguanta el rencor frente al volante del auto que conduce, mientras desde el asiento de atrás su empleadora ríe y charla en el teléfono móvil haciendo gala de la indiferencia ante la injusticia social que los separa abismalmente.

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La imagen es un resumen elocuente de la desigualdad social que resulta invisible para los beneficiarios de ésta.

Son ellos los que se sorprenden en la película y también hoy los que lamentan que México esté polarizado.

Suponen que son nuevos los reproches y las burlas a su condición que algunos califican como whitexican y otros como fifis.

No imaginan que se hacen desde siempre, pero que aquello que era murmullo en las cocinas y en los cuartos de servicio, hoy suena en voz alta en las redes, en las calles y a veces hasta en las cámaras legislativas.

Lo insospechado del asunto los hace asumirse víctimas de una “discriminación al revés” sin comprender que lo que viven, no es para el otro más que la defensa inevitable de quien se considera históricamente oprimido frente a su opresor.

Algo similar ocurre con aquellos que llaman generación de cristal porque dejan de asumir a la discriminación como inocua costumbre y la convierten cuando menos en reprochable incorrección política.

Pasa en muchos frentes. Ahora se visibiliza el clasismo preponderante en las revistas de sociales, y hacen que a pesar de unos cuántos nostálgicos que aún sueñan con aparecer en ellas, cada vez menos políticos lo consideran como un espacio adecuado para la exposición de su imagen.

En la misma sintonía, ya pocos se atreven a utilizar la orientación sexual del adversario como ataque político, cuando no hace mucho los ataques homofóbicos eran comunes hasta en las fuerzas políticas que se hacen llamar de izquierda.

Por caminos similar avanza afortunadamente la condición de ser mujer y podría incluso decirse, que tal como dicen las pancartas: “el miedo ha cambiado de bando”, pues ante la posibilidad de perder de forma permanente la carrera política, más de un hombre modera su lenguaje y reformular sus críticas para eludir que en ellas se cuelen argumentos machistas otrora tan comunes.

A pesar de los avances quedan muchas materias pendientes. Una de las más grandes es la gerontofobia tan habitual en nombre del relevo generacional.

A veces ante los señalamientos de inexperiencia, de juniorismo y nepotismo, no queda más que excluir del derecho a participar a todo el que supera la mediana edad.

Hemos alcanzado ya suficiente conciencia para rechazar el discurso que centre un ataque en el color de piel, pero no hemos logrado lo mismo con respecto a los tamaños. Todavía se escucha con descaro y hasta con risible superioridad moral los comentarios gordofóbicos.

Visto está que ni siquiera se ha desterrado ese discurso cuando se usa contra un menor de edad, a pesar de que en esa práctica se exhibe la vileza del emisor y ésta es reprochada.

Más allá de las sensibilidades humanas que naturalmente se ven afectadas por los ejemplos citados, es preocupante que el debate público se convierta en lluvia de insultos que por un lado no derivan en intercambio de ideas y por el otro genera nostalgia de los tiempos de los tonos mesurados sin real discusión pública.

Nos encontramos en un vaivén entre el insulto la discriminación y la prepotencia, por un lado, y en el otro lado con la hipersensibilidad de quien no quiere que se le responda con el pétalo de una réplica, un tweet aclaratorio o una declaración pública en el sentido contrario de lo dicho por el crítico.

Esta tendencia a pensarse únicamente entre los dos extremos clausura la posibilidad del debate público informado, crítico y de fondo, porque parece que se plantea que o bien se entra a “todo vale” discursivo, o se mantiene la hipocresía estática que hace creer que no pasa nada.

Ninguno de los dos caminos es posible para una sociedad que pretende resolver sus problemas en la vía pacífica, pues ni la hipocresía mustia y silenciosa ayuda, y tampoco abona el insulto estéril que cancela el diálogo.

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