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jueves, 6 octubre, 2022
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Día de muertos

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Por: RENÉ LARA RAMOS •

La escritura en Día de Muertos cobra un matiz, en el que -hasta sin querer- destaca el lado macabro de las notas cercanas a ese día: las muertes y los muertos reales. La salida: encontrar formas para documentar el optimismo ante tan real negritud, por coincidencia, abordable desde el mismo humor, propio de ese día: humor también negro y entre más negro mejor, aunque festivo por los variados disfraces y el invariante canto tradicional, con que se demanda: “El mueeerto quieeere camooote.”

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Tras la fiesta,  la problemática social persiste, inocultable y pensable desde distintos ángulos y puntos de vista, incluido el experiencial. Por ejemplo, ¿en una sociedad “informatizada”, como la actual, qué márgenes quedan, dentro de la desigualdad intensa de la misma, para promover algo urgente: su completa “publiseidad”?, (o sea, su real carácter público: en lo social, lo político y cultural, etc.) Eso exige contar con instrumentos legales, capaces de anular propuestas tendientes a impedir la libertad de expresión “en las redes sociales y o en los medios de comunicación”, mediante una “iniciativa de Ley Federal para Prevenir y Sancionar los Delitos Informáticos”, como la presentada por el senador ¿panista? ¿retrógrado? Omar Fayad, de calidad pobre y tan ofensiva para la expresión libre de los mexicanos en la Internet, como para que “Fernando Rodríguez Doval, vocero de Acción Nacional, señalara al periódico Reforma, que “el blanquiazul solicitará a sus senadores que desechen cualquier propuesta que pueda afectar la libertad de expresión en las redes sociales o en los medios de comunicación.”

Mientras, con esa “espada de Damocles” pendiente sobre los internautas y ciudadanos respondones pro – democráticos: ¿qué se puede favorecer o debilitar cultural, social y políticamente con tal propuesta? ¿O no pasa nada? Por ejemplo, un dato ofrecido por Parametría puede ser un indicador cultural de que algo nos sucede, nos impulsa o nos contiene a los mexicanos, tanto para actuar, como para no hacerlo. Ese algo siempre será una construcción personal del sentido que tenga alguien para realizar algo o no hacer nada. Lo cual ocurre, hasta sin la existencia de leyes propias para embozalar la libertad de expresión. Imagine, ¿cómo le va o le fue al ejercicio de la libertad de expresión en los autoritarismos de cualquier tipo: político, doctrinario, etc.? Autoritarismos que se iniciaban a romper mediante el riesgoso ejercicio de una libertad de expresión, cuyos costos luego significaban, no el riesgo, sino la pérdida de la libertad y vida, es decir, ir a prisión, tortura o muerte. Recordad las dictaduras.

Desde hace tiempo es ejemplo nuestra historia: ¡Sí! En la libertad de expresión, los mexicanos tenemos una riqueza aún desaprovechada por muchos. Una libertad de expresión a la que quisiéramos ver mayoritariamente en lucha por incrementar la vida humana, social, política y cultural. Asunto curioso y contradictorio, en tanto en el mismo hogar se carece de medios más culturalmente democráticos, que sólo aquellos dedicados para refocilarse en entretener la mente con banalidades cotidianas y clichés: falsos sucedáneos de lo que debiera ser, insisto, una cultura democrática que impulsara con decisión, formas más avanzadas de comunicación para desplegar a una sociabilidad cada vez más humana y política, cuya cultura pueda por eso desplazar la banalidad de la televisión privada por una más propiamente humana, social y prodemocrática, en síntesis, una más cívicamente culta. Razón demás para defender y exigir implantar, completar, el acceso gratuito a internet para todos.

Para promover la adquisición de cultura, no basta la televisión, si ésta ofrece programas basura. Ante eso, la ventaja y exigencia generalizada de acceso a Internet, fortalece la necesidad (y libertad) de ir más allá en cuanto a interacción cultural de indagación y experimento cultural; algo distinto, a sólo aceptar y tener una tele y eventualmente agradecer al obsequiante con el voto, la entrega de dicho aparato. Un problema: ¿en qué momento se va a poder influir la programación oficial o comercial, desde la propia e inmediata exigencia cultural? Dura, muy dura, es la dinámica de programas y spots, privados y oficiales: ¿ambos pasan por encima de la calidad del televidente, a quien ven como pasto de las “llamas”?

Escribo en Día de Muertos, tiempo, como cualquier otro, aprovechable para impulsar más una vida cultural y política, necesaria para cada uno iniciar desde el hogar, un movimiento de reflexión contra la banalidad, cuyos frutos se vean en las elecciones estatales del año entrante y con el voto mandatar sus resultados: la elección de gobernante, diputados, presidentes y ayuntamientos municipales con un sentido democrático que conlleva exigir cuentas y rendirlas: Leerle la cartilla cívica y política y vigilar, para que él y todos los demás electos sepan a qué atenerse con una ciudadanía democrática: serán cuestionados, si no trabajan como deben hacerlo para superar los problemas económicos, sociales, políticos y de convivencia, vividos y sentidos hoy por los zacatecanos como no resueltos. ■

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