Diversas encuestadoras han arrojado una aplastante preferencia por Ulises Mejía para gobernar Zacatecas. Y nadie las ha podido refutar. Entonces ¿Por qué la dirigencia nacional de MORENA tiene otros datos, incluso, usando a algunas de esas mismas encuestadoras? La respuesta es muy simple y muestra una trampa de manipulación. La ciudadanía responderá a lo que le pregunten. Si, además, son varias las interrogantes y a cada una se le asigna un porcentaje de calificación, el resultado cambia con el simple hecho de modificar ese porcentaje calificativo.
A eso responderemos los zacatecanos a la hora de ir a sufragar. Aunque ya no lo haremos a campo abierto, en un abanico muy amplio de posibilidades. Frente a la urna ya sólo contaremos con el menú que oferte la clase política, representada en los partidos políticos. Y, hasta ahora, todos están enfocados a preservar el statu quo de la clase política a partir de una reproducción de las “mafias del poder” local que, dicho con claridad, representa la continuidad del viejo régimen político estatal, donde la alternancia partidista en nada, o muy poco, modifica la estructura política. A eso se le llama: ausencia política de la Cuarta Transformación en Zacatecas.
Algunos opinan que la encuesta como forma de peguntarle al pueblo está fracasando. Eso es falso. Más bien, esconde la pretensión de retornar a las prácticas del PRI y del PAN, donde una militancia abnegada y sumisa acepta sin crítica y razonamiento la imposición de todo tipo de candidatos. Salvo raras excepciones que, por lo general, resultan de los grupos de poder político enquistados en esos mismos partidos.
Las encuestas no han fracasado en su intento de saber lo que la ciudadanía opina. El problema está en la manipulación de la encuesta al evitar la pregunta concreta y; en su lugar introducir otras, a las que además se les asignan porcentajes variables (convencionalmente manipulables) de calificación que pulverizan la respuesta principal haciendo posible que quien esté en tercer lugar de las preferencias pase al primero. Así, las estadísticas arrojan un resultado que luego es destruido por los datos que arrojan interrogantes que casi son capciosas.
Todos entendemos que la nominación de coordinadores(as) estatales de la Defensa de la Transformación realmente son nombramientos de precandidaturas. Pero así como se está desvirtuando el uso de la encuesta para conocer “la opinión” ciudadana, se hace lo mismo con los “defensores” de la trasformación que, en casos como Chihuahua, San Luis Potosí, Guerrero y Zacatecas dista mucho de que se trate de personas realmente comprometidos con la transformación y, en cambio, obedezcan a intereses de conservar cuotas de poder a favor de “mafias” políticas enquistadas desde ya hace mucho tiempo. Sin duda, la transformación debiera empezar por sacudirnos esas “tribus” locales.
Como quiera que se interprete el proceso, lo cierto es que obedece a la idea clara, o imprecisa (más bien esto último), de lo que la dirigencia nacional quiere y entiende por “Humanismo Mexicano” como proyecto social, de Cuarta Transformación como proceso revolucionario, de Movimiento de Regeneración Nacional como colectivo plural pero progresista e identificar, dentro de todo eso, el papel que juega el partido MORENA.
Se es ambicioso y vulgar cuando no se entiende nada de eso, pero se usa como escalera trepadora o, cuando entendiéndolo, no importa porque el objetivo es personal o de “tribu”. Pero al partido MORENA le urge definir: ¿Qué es MORENA? Hasta hoy el MORENA de Ricardo Monreal, por ejemplo, es diferente al MORENA de Alfonso Ramírez Cuellar; también es diferente al de Beatriz Mojica o al de Javier Corral. Lejos de lo que digan los documentos básicos del partido lo que opera es la praxis de los actores. En realidad, y actualmente, MORENA es lo que expresan sus relaciones políticas internas y con el exterior.
En las condiciones actuales, a la dirigencia nacional de MORENA le resultará imposible realizar una auténtica autocrítica porque no se puede analizar lo que no se entiende. La preparación de Luisa María Alcalde o la de Ariadna Montiel, no es política, es más bien administrativa. Dirigir a un partido revolucionario (es decir, transformador) requiere una visión intelectual del curso social y del proceso a promover para modificarlo; pero, además, ocupa de las habilidades para incidir en ese curso. Incluso, Mario Delgado, que también fue dirigente no es un visionario transformador, su perfil lo lleva más a ser un operador político administrativo y electoral.
Posponer el debate, y definición, de estos problemas mayúsculos implica navegar sin brújula y sin bitácora. A todo eso hay que añadirle el alejamiento del partido del pueblo que se da por la imposición “discreta” de candidatos con la narrativa de que se le “consulta” pero, en realidad, se le pretende engañar. Ya lo decía López Obrador, creen que el pueblo es tonto.



