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domingo, 4 diciembre, 2022
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El Canto del Fénix

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Por: SIMITRIO QUEZADA •

Como animal, aquél de todos que desarrolló tres cerebros y se hace llamar sapiens (el que está sabiendo) cumple la tarea de sobrevivir y reproducirse. En contraste con el resto, también se ha convertido en amo de saberes, convenciones y artificios a los que llama cultura “elevada, cotidiana o técnica” y que transmite y a veces cuestiona y reforma mediante el ejercicio de la educación.

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Este simio que hizo crecer su materia encefálica sobrevive al adaptarse a las cambiantes realidades en las que se asienta. Aprendió a organizar la vida en la cueva y esperó el momento en que podía arrebatar la flor terrestre que dejaba el relámpago. Llevó ésta a la gruta y dejó a la mujer cuidando el fogar, fuente de calor. Aprendió que el mastodonte que merodeaba era también alimento y se obligó a trabajar en equipo para acorralarlo, matarlo, repartirlo y racionarlo. Intentó explicar lo que sucedía a su alrededor y por eso cultivó la mitología, la religión y la entonces incipiente filosofía.

El que desarrolló los tres cerebros superpuestos “reptiliano, límbico y córtex” llegó a la educación muchos años antes que a la escritura: por eso surgió la poesía, entendida al principio como sucesión de tonadillas. Viéndolo como anclaje mnemotécnico se aferró a la rima y entonces surgieron las bendiciones recitadas por los ancianos que presentían el final de sus jornadas. Todo el saber se compendiaba en máximas, sentencias, consejos: a la instrucción de esencias y habilidades la acompañaban adoctrinamientos en torno a actitudes y valores.

La educación tiene el doble fin de la preservación y el enriquecimiento del saber mismo, mediante adición o corrección. La educación moldea y el molde puede seguir siendo medio de reproducción u objeto al que sustituye o reforma una revolución. En la economía, metafórico manejo de la casa, la educación enfoca sus baterías para “rebañizar” a los sujetos o extraordinariamente, como sucedió en el México de 1920 con el proyecto vasconcelista o con la China de la revolución cultural, preparar una nueva clase de pobladores. De hecho: de pobladores o simples villanos “término agreste” a ciudadanos: habitantes de la ciudad, la civis (término que nos acerca al civismo), la polis (término que nos acerca a la política).

La educación en política se torna tema delicado y su origen se pierde entre el Código de Hammurabi y el Arte de la Guerra; entre Aristóteles proponiendo que sólo poetas gobiernen la ciudad y Macchiaveli intentando recuperar la simpatía del príncipe mediante consejos. Por lo general la política apela a la administración del tesoro común: por eso se mueve peligrosamente entre las estrategias de la disputa del poder y las danzas de los intereses económicos que ora se ocultan ora se despliegan.

“Soy apolítico”, dicen algunos como si carecieran de una naturaleza propensa a relacionarse. Quien proclama eso es apático, indiferente o alguien que prefiere ignorar las dinámicas que, aunque no quiera, lo afectan junto con los suyos.

En este contexto, el papel del Estado en la educación es el de rector. Hacia 1936, Lázaro Cárdenas pretendió implantar en el país la práctica del socialismo, y por eso instauró dentro del sistema educativo los honores a la bandera, las formaciones militares, el culto a la república y sus símbolos. De pronto el docente era el sacerdote que pasaba revista al santoral de héroes que nos dieron patria y libertad. La Historia “oficializada” decía que a Hidalgo sí pero a Iturbide no, que a Guerrero sí pero a Bustamante no, que a Ignacio Ramírez sí pero a Lucas Alamán no, que a Madero sí pero a Flores Magón no. La lectura de efemérides y el juramento al lábaro patrio eran parte de esta misa ciudadana. La entonación de marchas bélicas constituye el mayor signo de paz.

El docente era el sacerdote de estas liturgias, pero también el peón, maquilador ideológico. También hacia 1936 comienza el impulso de una educación sexual prístina, lo que en el México todavía cristero será visto como herejía… y a la herejía se le cobrará su cuota de mártires. Este docente peón es peligroso porque actúa dentro de la cultura dominante como preservador pero también crítico: su pensamiento cuestionador es semilla en nuevos agentes generacionales. El sistema sabe que un profesor constituye un riesgo.

La familia legitima esta educación recibida en el aula o lucha contra ella. En el ejercicio de la educación las autoridades y docente hablan de una mesa de tres patas compuesta con ellos, profesores y papás. Retorna la disputa sobre instrucción versus educación. Retorna la frase “Señora: su hijo está conmigo sólo cinco horas; con ustedes, diecinueve”. También educa, a su modo, la estratificación y reconocimiento con sus apodos y eufemismos: tu familia es “bien nacida”, de la “cultura del esfuerzo” o de la que viene “de abajo”. Los mirreyes actuamos así, ahí vienen los becados, te vas a quedar de Godínez, somos barrio.

En medio de transformaciones recientes, la era digital y la globalidad que ahora es aldea, la pedagogía y la didáctica deben redoblar su marcha para no quedar a la zaga. La evolución sigue mostrando su efecto en las nuevas generaciones. Los niños que conocen un aula están revestidos de más facilidades innatas y quizá menos ingenuidad que la que en ese mismo salón mostraron sus padres treinta años antes. Cabe la posibilidad de que los adultos que llegamos al relevo de administrar estas sociedades carecemos de la disciplina y el temple que caracterizó a nuestros abuelos. Se hace necesaria la andragogía para complementar la nueva pedagogía.

Urge reformar la didáctica y el ejercicio de la educación. Urge enriquecer esa pedagogía, entumecida a fuerza de no salir del mismo cuadro del azulejo donde clase tras clase espeta un largo sermón a alumnos pasivos, muchas veces forzados a permanecer con el nalgatorio pegado a la madera o la lámina.

Urge tirar el púlpito del docente que se encumbra y condena y pontifica y se extasía en el monólogo que nada comunica a los alumnos. Urge romper las filas y formar el círculo donde nos vemos cara a cara, donde los alumnos profesan, son profesores de un conocimiento que avanza, y los docentes, conducidores, se dejan conducir por el sentir, percepción e intuiciones de quienes lo ven como el primero entre los iguales.

El ejercicio de la educación puede tomarnos toda una vida, porque es la vida misma que hemos enriquecido para luego legarla a quienes literalmente nos siguen en cronología y mejora.

 

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