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jueves, 18 agosto, 2022
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Temporada de cuentos

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Por: Mauro González Luna •

Estamos en temporada de puros cuentos. Este es un cuento cuyos protagonistas son dos sujetos iguales dentro de una estirpe destacada, al margen de las distancias marcadas por el tiempo; uno pertenece al Renacimiento, el otro, a una cercana actualidad, pero en el cuento, aquél, por un artilugio, viene de visita para conocer a su par del siglo XX, sin saber que éste es un niño sabio y bueno.

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Te lo relata, no un diplomático florentino ni un aviador perdido en el desierto, sino un simple juglar de corte medieval con el que juega la fortuna.

Los dos personajes del cuento, a pesar de su común alcurnia, nombre y fama, están en las antípodas en materia de ideas y sentimientos. Te cuento ahora, si tienes tiempo amable lector, esta breve, fantástica y educativa historia:

Hay un pequeño duque de diez años, de alma grande y de nombre, Periquito, que habita en Asterotitlán de los Floreros, remotísima y exótica zona del planeta Tierra y que no aparece en mapamundi alguno. Periquito gusta de invitar a personajes de la historia que llevan su mismo nombre, pero no en diminutivo. Eso sí, sus invitados deben pertenecer a la alta nobleza, ya sea intelectual, moral, religiosa, social o política -pues los políticos por regla, se consideran a sí mismos como la encarnación misma de tal nobleza.

Periquito es un ávido y precoz lector; devora a diario entre diez y cincuenta libros de toda índole, pero los que más le gustan son los que tratan de virtuosas flores.

En una ocasión leyó Periquito el título de un libro muy socorrido por los políticos y comelones de todo el mundo, y de todas las épocas posteriores al Renacimiento. Se trata nada menos que de «El Perico». Habla dicho libro de las artimañas que debe aprender el duque Perico Valentiniano para saciar su infinita hambre de poder y de pasteles. Perico, lo sé yo, pero no Periquito ya que sólo leyó el título de dicho libro, es un duque que asimiló bien tales artimañas, de alma enjuta y sin corazón, pérfido, en suma.

Entonces, Periquito, sin mayor reflexión por tratarse de un tocayo adulto y de alcurnia, extiende, a través del mensajero Pequeñín, una invitación al duque Perico para que éste se digne visitarlo en su palacio de Asterotitlán, donde, por cierto, abundan pasteles revestidos de betún rosa pálido. Perico, sin dilatarse, acepta la invitación, sobre todo al saber que en Asterotitlán sobran los pasteles de dicho betún, que ama con locura al igual que el sabor del poder.

Una vez en Asterotitlán, dentro de la casona ducal de Periquito, lo primero que hace Perico, antes de saludar a su pequeño anfitrión y tocayo, es dirigirse, conducido por un chambelán, a la cocina para sobornar al repostero de la casona a fin de que le indique el paradero exacto de los pasteles de betún rosa pálido. Conocido tal paradero, y más que sobornado, amenazado el repostero, trece pasteles son llevados al abultado estómago del duque Perico.

Después del episodio de los pasteles, Perico descubre lo vasto y rico del ducado de Periquito, poblado de millones de rosas y de otras flores de dos pétalos de altísimo valor. Rosales todos cuidados con esmero por miles y miles de pequeños y felices jardineros bien pagados. Los ambiciosos ojos del Perico brillan como nunca a la vista de tal riqueza y numerosa población.

Periquito sale al encuentro de su invitado; lo saluda con cortesía, dándole la bienvenida, y le pregunta:  -¿Te han gustado las rosas de mis jardines, has aspirado su maravilloso perfume, virtud y belleza?-  El duque responde así: -Me encanta la dimensión de tu casona y el número de tus laboriosos jardineros, pues para mí lo relevante, lo serio, es lo que refleja poder y lo que es objeto de dominio, lo demás, no lo veo-.

-¡Cómo que eso es lo relevante, lo serio de la vida, mi estimado visitante!-, replica desconcertado el noble duquecito de diez años, pensando para sí que lo esencial de las cosas solamente se puede ver con el corazón, pues los ojos a menudo fallan, requiriendo de redondas antiparras.

-Por cierto, estimable duque Perico Valentiniano, ¿en qué fundas tu autoridad sobre los súbditos de tu ducado, en la razón como debe ser?-, pregunta el duquecito.

Y Perico le responde:  -¿En qué, en la razón?, ¡por Júpiter y Marte, no!; en mi ducado ella está basada en el miedo, la perfidia y el crimen, pues el fin justifica los medios, y muy de vez en cuando, en la benevolencia para aparentar nobleza-  Y continúa diciendo: -Los seres humanos son por naturaleza todos malos, y, por ende, hay que tratarlos con dureza, ya que «es mucho más seguro ser temido que amado», según me lo recomendó mi amigo Maqui, un popular científico conocedor del poder a toda costa, aun de la vida y dignidad de los que estorban, de los que se rebelan contra injusticias-.

Periquito queda estupefacto al escuchar tales palabras tan descarnadas y cínicas. Y cree que posiblemente esté bromeando el duque Perico, pero a la vez, dice para sí mismo, algo así, pues estoy algo lejos de la escena: -Tal científico, de ser cierta su existencia, debe ser muy popular entre cierto tipo de gobernantes que carecen de virtud republicana, de amor a las efímeras flores provistas solamente de unas pocas «espinas para defenderse del mundo», de admiración por vistosos lirios del campo envidiados por Salomón, de afecto a la justicia y la libertad, de lazos de amistad que hacen del amigo, del ciudadano y de la flor, algo único-.

 Y luego de una pausa dice el duquecito: -Los «adultos son decididamente muy extraños»-.

Entretanto, una vez en sus aposentos el adulto duque, oigo que éste, con la ayuda de unos malandrines que trajo de Florencia para que lo cuiden pues es muy desconfiado, planea arrebatar al Periquito su ducado, su casona, sus jardines, sus reposteros, sus pasteles y sus miles de buenos jardineros. 

Pero mientras el duquecito duerme plácidamente en su cama de marfil, soñando con lirios y rosas, virtudes y generosidades, Perico sufre de una terrible indigestión debida a los restos de los pasteles de betún rosa pálido que sacuden violentamente sus chipotudas y divertículas tripas.

A la mañana siguiente, muy temprano, acude Periquito en auxilio del adulto duque con una pócima hecha de espinas de rosal, que en casos semejantes ha sido muy efectiva, pero que en tratándose de ese adulto tan extraño, no está dando resultado alguno.

Y, sacudido por estertores propios de los duques pérfidos, exclama el Perico: -¡Ay que me muero, que me muero!-  Y efectivamente se murió de indigestión. De inmediato Periquito ordena la celebración de rezos y honras fúnebres para su finado huésped, y, además, la suspensión por un mes del horneado de pasteles. Nunca supo que su invitado planeaba hacerlo pinolillo, aunque debió sospecharlo. Recordé entonces, la frase evangélica de que, si no nos hacemos como niños, no se entra en el reino de los cielos. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado. Dedico este artículo a la memoria de los geniales escritores, Dostoyevski, Tolstói y Pushkin, pertenecientes al gran pueblo ruso, de cultura imposible de silenciar por mediocres gobernantes del Occidente en decadencia moral, política y cultural, sin duda.

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