Conseguir respuesta social al Covid: las homilías no sirven de nada

Conseguir respuesta social al Covid: las homilías no sirven de nada

La respuesta ciudadana no ha sido la ideal en el proceso de la pandemia mundial que hoy padecemos. Sin embargo, antes de juzgar sirve entender. Cuando se juzga antes de entender, siempre, el juicio es tonto o fanático (que para el caso es lo mismo). Si hacemos un rastreo de la correlación entre el comportamiento de las personas respecto a su obediencia a las recomendaciones de las autoridades sanitarias, y sus giros ocupacionales, es claro: los burócratas y educadores se están más en su casa; pero los comerciantes, empresarios o productores agrícolas, no lo hacen mucho. La razón no es ningún misterio: los primeros reciben un salario vayan o no a su lugar de trabajo, y los demás dependen de lo que hagan. Las condiciones económicas son absolutamente determinantes.

Claro que hay también comportamientos de claro desacato en momentos que no dependen de factores económicos, como es el caso de familias que organizan fiestas, convivencias de vecinos y reuniones de amigos. Eventos que han sido momentos de contagio (como es el caso de Jerez). En estos casos hay una mezcla de incredulidad y de sensación de que es una situación ajena. Si el 93 por ciento de las personas no conocen a nadie en situación de contagio, entonces eso genera la percepción de que es un fenómeno lejano o, mejor dicho, no cercano a lo propio. Así, el peligro del contagio lo percibe como ajeno a su entorno. Pueden ver las noticias diariamente, pero si no conocen a nadie cercano con el virus, lo perciben lejano: algo que pasa a otros. Para que las personas sientan que algo existe en su entorno tienen que verlo directamente. Las noticias y las redes son algo en el mundo virtual. Las cifras son estadísticas o meros números. En suma, para que la gente crea en la realidad de la proximidad del virus deben tener testimonios más cercanos o mostrados de forma más vivencial. Esto es, la forma de comunicar es ineficaz. En otras palabras, la forma abstracta de comunicar ha determinado un comportamiento ajeno a la nota. La estrategia del gobierno de hacer conferencias de prensa diarias está bien; pero en ellas se dan explicaciones en el lenguaje abstracto de las ciencias, y por ello, lejano a la experiencia vital. Mejor sería que difundieran experiencias concretas para dar sensación de cercanía circunstancial.

Cuando una persona que depende de su acción para conseguir ingresos y sale a la calle a pesar del contagio del virus, está actuando racionalmente: hace un cálculo de riesgos, donde evalúa qué desventajas tiene si trabaja y cuáles son si deja de trabajar. Dejar de trabajar le parece peor escenario: si deja de laborar es seguro que se queda en la calle, y si trabaja es posible que se contagie. Esto eso, ‘seguro’ contra ‘probable’ define el cálculo. Si hubiera un seguro contra el desempleo, el cálculo cambia sus resultados. Pero no hay. En suma, el comportamiento de la población en una pandemia depende mucho de los incentivos reales que ofrezcan los gobiernos para quedarse en casa, no sólo las homilías que hagan en cada llamado mediático. Las expectativas fundadas en el voluntarismo o en éticas formales (lo que debería ser), están fuera de realidad concreta. Las expectativas deben depender de la materialidad de la situación concreta de las personas. Lo demás es humo. El gobierno debe elegir: o sigue con homilías u opta por medidas efectivas que responden a las causas del comportamiento social.

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