Otra vez silencio: la muerte de Francisco Toledo

Otra vez silencio: la muerte de Francisco Toledo
Francisco Toledo (1940-2019). Foto de Félix Reyes Matías

Editorial Gualdreño 399

 

Cuando un artista muere el mundo pierde con él un aliado para hacer de este espacio algo más bello, algo mejor de lo que tenemos, un lugar más amable -en todos los sentidos-. Durante los últimos tres días leí las crónicas sobre los homenajes fúnebres realizados en Oaxaca y Ciudad de México a Francisco Toledo; su cuerpo no estuvo presente, tampoco sus cenizas, ni en el IAGO, ni en Bellas Artes, ni el en teatro oaxaqueño Macedonio Alcalá… una imagen de él rodeada de flores blancas parecía en estos tres escenarios observar a quien acudió a despedirle mientras él mismo sonreía. Toledo tenía una manera muy especial de sonreír, lo negro de sus ojos se intensificaba mientras lo hacía, como los de las iguanas, los changos, los chapulines… algo tenían sus ojos que nos los recordaban, algo diferente tuvieron que haber visto sus ojos para construir los imaginarios que ideó y moldeó con barro, que dibujó sobre papel, que grabó en placas de metal y pintó en incontables lienzos. Por eso, el hecho de que los haya cerrado para siempre es tristísimo; los tres días de luto en Oaxaca debieron haber sido declarados en todo el país.

La noticia de su muerte nos sorprendió el jueves pasado, también en Zacatecas hubo un silencio frío cuando nos enteramos unos minutos después de las 10 de la noche. Estábamos en ese momento conversando con dos pintores zacatecanos, sentados a la barra de ese mismo café bar del centro en el que solemos reunirnos entre semana, cuando la confirmación del fallecimiento del maestro Toledo nos dejó mudos por unos minutos, “Qué año este 2019 que se ha llevado a dos de los más importantes artistas plásticos del país”, comentó uno de ellos, para luego continuar: “Salud por el oaxaqueño”. Se refería también a la muerte del zacatecano Rafael Coronel, quien falleciera en mayo. Alzamos nuestras copas y brindamos… y otra vez el silencio. Pasaron unos minutos y un parroquiano se acercó a nosotros sigilosamente con su celular en la mano, algo deseaba mostrarnos… “Murió Toledo, ¿ya se enteraron?”, asentimos todos.

En Zacatecas sabíamos que se encontraba enfermo, pero nunca imaginamos que tanto. Francisco Toledo venía a esta ciudad no tan frecuentemente como hubiéramos querido, pero en muchas ocasiones lo vimos transitando por las calles del centro, casi siempre apresurado, con placas de grabado bajo el brazo. Sabíamos de la amistad de él con Manuel Felguérez y con otros artistas zacatecanos, tal vez por eso venía al Museo Grabado, por eso caminaba en la ciudad con esa naturalidad de saberse cobijado por la amistad y el respeto de quienes aquí vivimos. Y es que nuestro estado y el de Oaxaca son estados hermanos… así, diferentes, pero unidos por la misma savia: los dos de una inmensa hermosura, de un patrimonio cultural vasto, los dos… tierra de artistas.

Toledo además de un gran artista fue un extraordinario gestor cultural y un comprometido activista social. Pocas palabras la de él, muchas acciones a favor de su pueblo. Y otra vez el silencio, porque si algo añoramos en Zacatecas es eso, tener un Toledo que logre unificar esfuerzos, neutralizar las animadversiones, hacer comunidad. Sí, otra vez el silencio.

La portada de esta Gualdra está dedicada a él, agradecemos la generosidad del fotógrafo -oaxaqueño también- Félix Reyes Matías, quien nos envió para este efecto tres magníficas fotografías, inéditas todas -gracias, Abraham Nahón por la gestión-. Elegimos la del artista sentado en una ventana, con los pies colgando y los dedos de las manos entrelazados; en la imagen se ven unas plantas que caen del techo casi cubriéndole el rostro, casi coronándolo, apacible, como observando desde donde está ahora qué haremos todos, qué harán los artistas oaxaqueños para continuar con su ejemplo de arduo trabajo y entrega apasionada al arte, a la defensa del patrimonio y a la promoción de la cultura y las artes. Qué gran reto, porque dejó la bandera en lo alto.

Benjamín Francisco López Toledo nació en Juchitán, Oaxaca un 17 de julio de 1940. Murió el jueves 5 de septiembre cuando caía la noche y los grillos empezaban a cantar. También en Zacatecas lo quisimos, también aquí nos dolió su partida. Como dijo don Macedonio “Sé que la vida empieza en donde se piensa que la realizada termina. Sé que Dios nunca muere y que se conmueve del que busca su beatitud, sé que una nueva luz, habrá de alcanzar nuestra soledad y que todo aquél que llega a morir empieza a vivir una eternidad”. Que así sea, buen camino al maestro Toledo. Otra vez: silencio.

 

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