Blanca Varela: El viento cuenta y ordena

Blanca Varela: El viento cuenta y ordena
Blanca Varela, 1926-2009. Foto de Baldomero Pestana publicada en Verboser.

La Gualdra 395 / Poesía / Literatura

 

Este año se cumplen diez de la ausencia física de Blanca Varela. Ante la fecha y los números la recuerdo como ejemplo del secreto y el bullicio del mundo que rodea su obra literaria. Ésta permite reconocerla, regresar la mirada, examinar la fuerza de su lenguaje. Es dueña de una voz que se caracteriza por ser única y de extraordinaria visión poética. No me referiré a toda su obra, pero hay que ubicar los títulos que a lo largo del tiempo han sido su referencia, porque éstos son los que nombran su presencia. Lo primero que conocí de ella es la reunión de sus poemas con el título Canto villano; luego Poesía escogida; la segunda edición de Canto villano y, finalmente, El suplicio comienza con la luz. Estas lecturas, en orden cronológico, suceden por la guía esencial y la reflexión crítica de Roberto Paoli, Jonio González, Adolfo Castañón, Rocío Silva Santisteban y el brevísimo texto de Marco Antonio Campos.

Quien primero registra su revelación en los años cincuenta del siglo XX es Octavio Paz. Por éste, muchos años después que publicó su texto, leí el comentario a su primer libro, propiamente después, sus poemas. Este prólogo es una verdadera guía, sin duda, iluminador; las palabras de Paz son una revelación, mejor dicho, la precisión generacional, con esa claridad que le caracteriza, ubica su presencia en la tradición de la poesía latinoamericana. Su comentario es un verdadero encuentro con el lenguaje; en el extremo de todo esto, hay que resaltar un poema como “Canto villano” que registra y logra tensión y desafíos.

Para reconocer una parte de su itinerario entre 1949-2000, ocho títulos descubren su evolución: Ese puerto existe, Luz de día, Valses y otras falsas confesiones, Canto villano, Ejercicios materiales, El libro de barro, Concierto animal y El falso teclado. Para decirlo con una mirada retrospectiva, toda su poesía, se consolida por Canto villano. Primero, individualmente; luego, por ser el primer y segundo momento que ordena la poesía reunida; y en ese ordenamiento, sigue Donde todo termina abre las alas que, igualmente, recopila su poesía y va precedida del epílogo por Antonio Gamoneda y el “agudo prólogo” de Adolfo Castañón, e incluye el inédito El falso teclado; ya póstuma, la edición con prólogo de Rocío Silva Santisteban, El suplicio comienza con la luz que se publica en la legendaria colección Poemas y Ensayos de la UNAM, dirigida por Marco Antonio Campos. Esta recopilación es acompañada de un brevísima texto de Campos, donde hay que resaltar la lectura crítica y la revisión rápida, un comentario, realmente conmovedor.

Me inclino porque el título general de su poesía completa, o reunida, sea Canto villano. Éste es abrazador, confirma la clara voz y resalta su personalidad. Es un título que tiene alcances diversos para la universalidad de la poesía porque enumera y aclara, precisa y marca; recuerda indirectamente otros autores, cada estrofa o verso, desplaza imágenes que resultan únicas: el ritmo embriaga con un aire de libertad, la exploración que realiza ante el lector descubre su búsqueda; quien lee sus versos bajo esa coordenada evidentemente que ya no olvida su nombre, ni omite sencillamente su presencia. En este sentido, simultáneo y preciso, Canto villano genera esa oportunidad para reconocer el lugar inconfundible que ya ocupa, la sitúa entre los de su propia generación, destacando por lo mismo su prodigiosa voz.

Para 1996, además, Canto villano registra lecturas claves: “`Destiempos` de Blanca Varela”, por Octavio Paz; “Una visión lúcida y desencantada”, de Roberto Paoli; “Blanca Varela: la piedad incandescente”, de Adolfo Castañón, primer antecedente del fundamental prólogo que al frente de la poesía reunida se publicará años después en Barcelona. En estos artículos y ensayos sobre su poesía, están presentes coordenadas y revisiones a un tiempo como resultado de la crítica y por la condición de los autores puede –una vez más– afirmarse que estos textos sobre su obra son aleccionadoras, resumen que se perfila para llevar a cabo una selección exigente de poemas que ya es posible enumerar como ejemplo máximo de su originalidad lírica: “Destiempo”, “Canto villano”, “Camino a Babel” y “Casa de cuervos”.

Permite intuir Canto villano que el lector está ante un título sobresaliente. Éste suma identidad, mejor dicho, irradia pasión con el lenguaje, y la exploración del lenguaje permite afirmar que no todo tiene que ver con anécdotas entresacadas de la vida. Consciente de esta construcción verbal, el verso, lo hace suyo dentro y fuera del poema. Un momento distinto es aquél que colinda con su pasión por seguir escribiendo y hacerse notar por cierta pasión surrealista. Esto, para ella, fue parte de un primer encuentro. Pero es un movimiento que rápidamente abandona, busca más bien su propio camino, inmediatamente después confirma su escritura. Avanza en solitario, consagra su presencia y se instala por lo mismo al frente de su generación, o junto a otras autoras latinoamericanas, pero se posesiona como parte de su propia revelación poética. Por su individualidad es que permite comprender ese panorama que en realidad es más amplio, diametralmente opuesta y surge igualmente la presencia junto con ella, autoras como Olga Orozco, Alejandra Pizarnik y Rosario Castellanos. Sin olvidar que existe una larga tradición lirica cantada y decantada por mujeres poetas latinoamericanas.

Para decirlo como encuentro y desencuentro en una lista, sus nombres puede que suenen perdidos, y lo que sí es que la poesía las une y cantan, arriesgan y consolidan su individualidad; la escritura es parte de su existencia. Por lo mismo, creo, Varela es profunda, pero hay puntos de encuentro, marca un posible ejercicio de comparación, delimita ejes fronterizos. Al punto salen a relucir temas como el surrealismo, la individualidad de la escritura, y ante sus contemporáneos es parte de una huella, ante todo, por la escritura cada una de estas autoras es dueñas de su voz poderosa, por lo mismo consolidan su propia individualidad ante la tradición de la poesía castellana.

Agraciadamente surge en otro momento la contemporaneidad de Blanca Varela con autores como Carlos German Belli y Antonio Cisneros. Varela representa su propia continuidad y hay que saltarse por ahora a los de su propio grupo generacional (Javier Sologuren, Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson, porque requieren otra lectura). De la poesía de German Belli, Antonio Cisneros y Blanca Varela, surgen títulos que determina la unidad lírica peruana: de Belli, Los versos juntos, título acertado –aunque tardío–, acompañado por un breve prólogo de Mario Vargas Llosa es revelador; de Cisneros es visible Canto ceremonial contra un oso hormiguero e indica muy bien su dimensión lírica; de Blanca Varela, un título como Canto villano, resumen determinante de su travesía lírica.

Hay que volver a los poemas de ella, enumerar una selección rigurosa, lo correcto sería leerlos como respuesta al tiempo y su condición perdurable para colocarla en el centro del lenguaje y de su propio idioma. Esos poemas no son otros que los ya enlistados: “Destiempo”, “Canto villano”, “Camino a Babel” y “Casa de cuervos” donde se percibe ya un largo camino recorrido. Éstos reflejan esa huella, sostienen equidistantes su voz: una dinámica nunca antes vista para resaltar su lírica. Son parte de ese misterio del lenguaje, aparecen, registran de inmediato la unidad deseada: irradia su musicalidad, no se puede ignorar, ni dejar de lado su presencia.

“Destiempo” es un poema relativamente largo si lo comparamos con otros de su autoría, pero si contrastamos su extensión con poemas de otros autores, en realidad, es un poema breve; por su parte, “Canto villano” impone coordenadas: por la lectura es el tercer título de su poesía y corriendo riesgos ocupa un lugar central: dos veces agrupa todos los poemas bajo este título y lo que realmente debería suceder en ese orden y más allá de su presencia, que quede presente en el canon de la poesía castellana y debería ser por lo mismo el título de toda su poesía; por su parte, “Camino a Babel” y “Casa de cuervos”, hay que decirlo: no existe posibilidad para el olvido, más bien, las imágenes, ya logradas, apuestan a ser parte de su presencia.

Podemos concluir que, Blanca Varela diez años después de su muerte, nos heredó una voz desnuda y original, sus metáforas, permiten reconocer esa constancia de la escritura. Su nombre, verdaderamente personal, perdurará por poemas aportados al canon de la poesía castellana del siglo XX.

 

 

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