Moneditas

Moneditas

La Gualdra 376 / Río de palabras

 

 

Una niña recorre su casa en busca de una moneda. Quiere un milagro. Ha visto a las mujeres de semblante angustiado entrar a la iglesia y salir con rostro sereno, las ha seguido y espiado y ahora conoce el secreto. Está segura: sólo necesita una moneda más. Busca en la cocina, en medio del desastre de tuppers, ollas y bolsas de café; en el dormitorio de sus padres, debajo de los bultos de ropa y cobijas a medio tender; en la sala entre las pilas de periódicos, los viejos álbumes y las fotos familiares de las vacaciones, la graduación de su hermana y de cada cumpleaños. Busca en el baño en el revoltijo indistinto de zapatos, enseres y toallas; en su cuarto, abre cada cajón y hasta vuelve a escudriñar en la alcancía. Entra a hurtadillas al dormitorio de su hermana; revisa rincón por rincón hasta encontrarla, la descubre en las bolsas de un abrigo de su hermana, cree que es de buena suerte. Es una moneda pequeña, pero confía en que bastará.

Se encamina a la iglesia. Al llegar contempla las imponentes puertas, las empuja y se sumerge en una momentánea oscuridad. Avanza entre las bancas mirando los rostros de cera en eterno éxtasis y pesar. Camina despacio hasta un nicho con velas chorreantes de todos los tamaños esperando a ser encendidas con artificialidad eléctrica. Sólo unas cuantas titilan. Frente a ellas una cajita indica con una abertura dónde se debe colocar la ofrenda para encender una vela y con ello una promesa de ayuda.

Mete sus manos a las bolsas y una por una comienza a depositar moneditas a la par que se encienden las velas. Las cuenta y cuando sólo queda una por encenderse toma la última moneda, la más pequeña.

Cierra los ojos y ruega. Pide a Dios porque esas moneditas sean suficientes. La deposita. Ve la última vela encenderse. Sonríe. No duda, su hermana aparecerá.

 

 

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