La casa de los abuelos

La casa de los abuelos
'Maya con muñeca', de Pablo Picasso.

La Gualdra 375 / Río de palabras

 

 

Hoy es un día de ésos que me recuerdan a la casa de los abuelos. Si me preguntan cómo es eso, creo que no sería fácil de responder. Para mí la casa de los abuelos era el refugio ideal, por eso, en cuanto pude salir de casa yo solo, cuando apenas tendría unos 9 o 10 años, luego de vagar un rato por mis lugares preferidos, inevitablemente terminaba en el sillón de la sala de mi abuela, quien tras abrirme la puerta e invitarme a pasar y, por supuesto ofrecerme algo de comer, se alejaba hacia la cocina para seguir con sus faenas diarias, mientras yo me tumbaba en el sillón.

Era mi lugar preferido del mundo, la luz del sol se colaba por la cortina de encaje que cubría la puerta principal y entibiaba mis piernas mientras afuera el aire helado soplaba suavemente; en esa plácida calma yo devoraba con avidez un tomo de El tesoro de la juventud y escuchaba los discos que doña María solía poner: a veces música clásica, a veces música mexicana alegre y guapachosa. El momento era perfecto.

Más tarde llegaba el abuelo del trabajo y tras de él, como convocados por el sonido de una campana invisible, los comensales: mis tíos, hermanos y primos, quienes llenaban la mesa de pláticas amenas y datos interesantes. Era una familia tradicional, y aunque la abuela y las tías se ocupaban de servir la mesa, participaban de las charras de mi abuelo, dando su aprobación o su reproche según el calibre de la broma y hacia quién fuera dirigida.

En los días festivos era un placer llegar a la casa y ver que sobre el gran comedor había un rompecabezas que alguien había empezado y esperaba la aportación de los visitantes entre tazas de café, copas de vino y charlas; a veces, en vez de rompecabezas estaba la mesa ataviada de herramientas con las que la abuela hacia artesanías o bordados, y para que no la importunásemos los chiquillos latosos, sacaba papel, lápiz y colores, y amablemente nos pedía que le dibujásemos algo.

El primer cuento que escribí, basado en una historia de la abuela, fue celebrado en ese comedor con regocijo pleno de parte de doña María, quien me hacía sentir valioso e importante, pues identificaba con claridad los elementos que ella había narrado previamente, como la bola de fuego que cruzaba el firmamento nocturno, que en realidad era una bruja que poco tiempo antes había tenido una pequeña y oscura fiesta con sus extrañas hermanas para celebrar al chamuco. Esa leyenda nunca superó la belleza de su oralidad.

Estos días, fríos y cálidos a la vez, se parecen a aquéllos que recuerdo, pues cierta dicha flota en el ambiente, atmósferas que conmemoran esos tiempos que nunca volverán, pero que dejaron en mi corazón la profunda convicción de que las historias, la buena música, la comida en familia y la convivencia misma, son tesoros que deben ser heredados, pues son esos momentos los que permiten encontrar al espíritu el modelo ideal para vivir cada día de la existencia.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_375

 

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