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Calaveras

Calaveras

Calavera a los municipios de Zacatecas

Estaba la Calaca aburrida
de tanto comercio extranjero,
por lo que se vio urgida
de vestirse guapa de viajero.

“Me voy para Zacatecas”,
dijo confiada la Huesuda,
pues muy a duras penas
tenía ahorros la menuda.

Este año no me voy a Laredo,
mejor voy a tierras mexicanas,
a ver si en Zacatecas puedo
recoger muchas buenas almas.

Empezó su viaje en Apozol,
donde chupó caña de azúcar.
Ahí mató a un agricultor
originario de Huejúcar.

Tanto calor la hizo pensar
“Ojalá estuviera en Acapulco.
Como no tengo pa’ viajar,
mejor me lanzo para Apulco”.

Siguiendo por la bella Atolinga
entró al templo de San Cayetano,
donde se llevó a una linda gringa
y a un padre de cabello cano.

El mero “día del hijo ausente”,
fue a dar a Benito Juárez.
Ahí encontró harta gente
que hasta se llevó por pares.

Pegó un brinco hasta Calera
y observó la estatua de Rosales.
Entonces dijo la vieja Calavera
“Éste ya anda por mis lares”.

Visitó luego a la Virgen de San Juan
en Cañitas de Felipe Pescador.
Mientras comía una pieza de pan
se llevó al pozo al vendedor.

Se puso su gorro de exploradora
y visitó la zona de Altavista.
De Chalchihuites fue dueña y señora
pero a todos les perdió la pista.

Con mucho antojo de cabrito,
agarró pa’ Concepción del Oro.
Ya en el templo del Gauchito,
arrasó con todo el coro.

Siguiendo con sus vacaciones,
hasta Cuauhtémoc fue a dar,
y de lo alto de las trojes
a un cristiano fue a empujar.

Encaminada ya en Fresnillo,
se dio una vuelta por Plateros,
donde le robaron su cepillo
y se vengó con los rateros.

El 1 de noviembre, sin reparo,
para festejar su fundación,
se quedó en Joaquín Amaro
y presenció una defunción.

Antojada de oreja lampreada,
se fue para El Salvador.
En Tanque Nuevo fue invitada
y la recibieron con honor.

En Trinidad García de la Cadena
se enfermó al comer pipián.
Para el cocinero fue la condena,
y a la tumba fue a parar.

Al Santo Niño de las Cumbres
visitó en Genaro Codina,
y por ser amante de las lumbres,
incendió toda una colina.

Llegando a General Enrique Estrada,
comió de postre ricos buñuelos.
A dos funerales asistió encantada,
repartiendo a las lloronas pañuelos.

A Santa María de las Nieves
la llevó a visitarla un guía,
a quien mató el día viernes
en Francisco R. Murguía.

En Pánfilo Natera fue aterrador
cuando entró a la cueva del paseo.
Salió espantada por el mal olor,
pues adentro no hacían el aseo.

En Guadalupe fue muy diferente.
La Calaca causó mucho misterio
cuando mató a un cura de repente
y lo enterró en el monasterio.

Se apareció en el cerrito pelón,
allá por territorios de Huanusco.
En el centro hizo un papelón,
pues a todos les dio un buen susto.

A Jalpa llegó ya bastante cansada
y en la noche tuvo una fea pesadilla.
No se enteró que estaba acostada
en cama de Miguel Hidalgo y Costilla.

En Jerez, envuelta en una manta,
leyó poemas de López Velarde.
La calaca se sintió Fuensanta
y en la noche armó un aquelarre.

En Jiménez del Téul volvió a comer,
ahora una rica barbacoa de pozo.
A pesar que había razón para temer,
no mató a nadie del puro gozo.
Pa’l desempance se tomó un mezcal
en Villanueva, muy bien acompañada
con el Charro Don Antonio Aguilar.
Del Soyate salió bien embriagada.

En Juan Aldama se curó la cruda
con agua bendita de San Juan Bautista
El padre la corrió de manera tan ruda
que la muerte casi pierde la vista.

Ya más recuperada, en Juchipila
se tomó unas aguas de guayaba.
Ahogó a tres personas en la pila
y se le mojó su filosa guadaña.

Luego, en el municipio de Loreto,
visitó la ex hacienda de El Lobo.
Ahí creyó haber matado a un prieto,
quien resultó estar cubierto en lodo.

Tuvo que correr por su vida
y hasta perdió su negro manto.
Por un jabalí fue perseguida
en la ciudad de Melchor Ocampo.

Al llegar volando a Luis Moya,
entró al templo de San Francisco,
donde intentó robarse una joya,
pero fue pillada por un bizco.

Se transportó al bonito Mazapil
y llevó ofrenda a San Gregorio Magno.
Luego se zumbó una cochinita pibil
y siguió su travesía montada en asno.

De camino a Mezquital del Oro
quiso visitar a la Virgen del Rosario.
“No me lleves, te lo imploro”,
le suplicó en vano el vicario.

En el cerro la Tranquileña,
del municipio de Miguel Auza,
le arrancó a una mujer la greña
y a la tumba la llevó sin pausa.

Le recomendaron unos mariscos
que eran preparados en Momax.
Los comió hasta que hizo bizcos
y gritó despavorida “no más”.

Se bañó en una gran cascada
en la selva de Monte Escobedo.
Pero eso no la dejó tan cansada
y los mató a todos del miedo.

El destino la llevó a Morelos
a visitar a San Antonio de Padua.
Los creyentes no llegaron lejos
y los quemó a todos en la fragua.

Unos burritos fue a degustar,
en Moyahua, por supuesto,
donde aprovechó para matar
a un hombre muy apuesto.

Quiso descansar en el campo santo,
en el templo de San Sebastián.
Para todos fue un gran espanto
verla caminar en Nochistlán.

Llegando a Noria de Ángeles,
pidió café y dulces buñuelos.
Los devoró enteros, no sin antes
asustar a todos en sueños.

Para entrar en buen ambiente
comió una birria de carnero
en un restaurante de Ojocaliente.
Al terminar, se llevó al cocinero.

No quiso pasar desapercibida,
ya en el municipio de Pánuco;
en Hacienda Grande, desinhibida,
no dudó en desatar el pánico.

Llegó al templo de Tlaxcala,
ubicado en la ciudad de Pinos.
Ahí demostró que era muy mala,
pues asustó a todos los niños.

El mero día de Carnaval,
decidió visitar Río Grande.
Dijo al unísono la flota naval
“Iremos donde usted mande”.

A San Sebastián Mártir llevó flores
arrancadas del jardín de Sain Alto.
En el templo causó grandes pavores;
del susto, los padres dieron un salto.

En Sombrerete probó la miel
y quedó más que encantada.
Lo bueno de carecer de piel,
por las abejas no fue picoteada

Entró al museo de los Cardos
en Susticacán, pueblo de güeros.
Como de noche los gatos son pardos,
se pudo camuflar entre los cleros.

Visitó a Nuestra Señora del Refugio,
en el bello pueblo de Tabasco.
De tanto comer pozole le dio reflujo,
pues al verse al espejo se dio asco.

De la torre del reloj quedó colgada
en el bello pueblo de Tepechitlán.
De sus hombres quedó decepcionada
cuando no pudo conquistar galán.

Para calmarse una torta fue a comprar
a las tierras del pequeño Tepetongo.
Cuando al mesero no le quiso pagar,
en la mesa se agarraron del chongo.

Se escapó al Teul de González Ortega,
donde calmó su hambre con pipián.
Le cayó mole en los ojos, quedó ciega
y se puso a descansar en un diván.

Despertó y se largó a Tlaltenango.
Pasó por el Mausoleo de los Ortega;
ahí se comió de postre un mango
y se alistó para seguir en friega.

A un montón de gente le dio piso,
al empujarla de las Cuevas de Tiro.
Fue una gran masacre en Valparaíso
que hasta pensó en cambiar de giro.

Pero matar es de sus gustos el primero
y decidió seguirle en Vetagrande.
Empezó a asesinar en la Niño Minero
y terminó arrasando a lo grande.

Ya algo cansada llegó a Villa de Cos
y se recostó en la iglesia de Bañón.
La descubrieron cuando le dio tos
y la sacaron de ahí a punta de cañón.

Apresurada llegó a Villa García.
Se metió en Casa Grande de los Franco;
ahí fue muy grande su alegría,
pues se llevó a la tumba a un manco.

Para seguir con su cruel misión
a Villa de González Ortega voló,
y en el tempo de San Juan Bailón
a todos los feligreses se llevó.

Continuó su andar por Villa Hidalgo,
en el templo de Santa Rita de Casia.
Ahí la asustó un perrito galgo
y la pagaron sus dueños de Malasia.

Los enterró en el Cerro del Chino,
en el municipio de Trancoso,
donde después de un buen vino
se pudo vengar del perro pulgoso.

Se fue a cantar “quiero camote”;
pidió en Santa María de la Paz.
Temor causó en la presa El Izote
y aseguró que volvería por más.

A Zacatecas llegó finalmente
y entró a la bella Catedral.
Hasta aquí llegó la Muerte;
por ahora terminó este mal.

Estas fueron las cortas vacaciones
de la Calaca en este bello estado.
Nos visitará en otras ocasiones,
pues le faltó probar el asado.

Primer Lugar
Autor: Raúl Antonio González Carrizales
Residencia: Guadalupe, Zacatecas, México

___

Las columnas de la Flaca

La Parca disfruta leer
las notas de La Jornada.
Se pone sus lentes verdes,
porque si no, no ve nada.

Va en marcha a comprar su diario,
correteando a voceros,
o lo consigue en los puestos,
pero unos son más careros.

Alcanza a los periodistas,
pa’ ver qué fotos tomaron.
A veces se asoma la Ñanga,
y en otras, sí se salvaron.

Le enloquecen los deportes;
su favorito es el béisbol.
Batea almas con guadaña
y hace jugada de jonrón.

Pone bobo al ilustrador,
lo seduce con ricura,
para que pueda dibujar
bastantes caricaturas.

De la política y el Tello
¡no quiere saber ni papa!
Aún no quiere sus huesos,
por si del cargo se escapa.

Ya estaban en la imprenta:
¡Tuvieron una gran impresión!
Llegó la gorda Calaca,
y se los llevó al panteón.

Espantando a los lectores
cuando salió en la portada.
No hay razón para asustarse;
tenemos hora y llegada.

Y una Calaca con nombre,
“María”, “Pedro” y “Miguel”,
porque a todos nos toca,
la hora de dejar la miel.

Ahora la Flaca escribe
columnas en La Jornada;
de repente, chascarrillos,
pa’ reírse a carcajadas.

¡Ay, pobrecitos lectores
que ya no tendrán Jornada!
¡Cuando vino esta Huesuda
y se los cargó a la fregada!

Les dio purito camote,
lo mezcló con fría leche,
pa’ que estuvieran contentos,
y se los llevó a Campeche.

Se alejaron muy felices,
disfrutando el pan de muerto.
Pero no le compartieron
al que se halla leyendo esto.

Autora: María Elena Rodríguez Caldera
Residencia: Fresnillo, Zacatecas, México

___

La Jornada Zacatecas

Ya están en el infierno
con las almas bien resecas,
jornaleros del averno,
con todas la letras chuecas.

La Jornada Zacatecas
ya nos llenó de espanto;
sólo nos deja en muecas
morando en camposanto.

Está en el inframundo
a quien debían respeto;
mentado como Raymundo
quedó ya en esqueleto.

Raymundo Cárdenas Vargas
no aplicaba censura;
fue luz de prensa oscura
y de caras todas largas.

No habrá versión impresa,
pues ya les entró el mello,
y sólo será cabeza:
“A todos les dieron
cuello”.
No criticarán a Tello;
convertida en alteza,
Cristina reza y reza
con tremendo atropello.

La Calaca, toda coja,
a cerrar versión apura,
por no tener nota roja
haciendo la sepultura.

Como enorme suceso,
ocurrió el gran deceso;
muriendo los periodistas,
espero, Muerte,
desistas.

¡Llévate a la abuela!
y tápala con tu manto,
que estar sin mi Rayuela,
aumenta más mi quebranto.

Se nos murió nuestro diario
sin servicio funerario.
Triste es nuestro calvario
sin leer el obituario.

Autor: Horacio Javier González Jiménez
Residencia: Fresnillo, Zacatecas, México

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