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Concepción del alma, diferencia entre occidente y la cultura prehispánica en torno a la muerte

Concepción del alma, diferencia entre occidente y la cultura prehispánica en torno a la muerte
La colocación de altares como la conocemos es una puesta en escena con sus niveles de ofrendas y sus elementos simbólicos prehispánicos ■ foto: la jornada zacatecas

■ Hay algunos ritos que involucraban sacrificios humanos y prácticas de antropofagia

 

La diferencias más importantes entre la idea de la muerte que tenían las culturas prehispánicas de periodos inmediatos anteriores y posteriores al contacto con los españoles, y el pensamiento occidental que estos trajeron, es que en este último lo que se entendería como alma, era para los prehispánicos especies de “esencias o “entidades anímicas” que habitaban en diferentes órganos del cuerpo de una persona y podían alojarse después de su deceso en objetos o animales.

“Por ejemplo los grupos nahuas del centro de México creían que la idea del ser humano estaba constituida de tres esencias, una alojada en el cerebro, otra en el corazón y otra en el hígado. Entonces cuando la persona moría estas esencias abandonaban el cuerpo y podían alojarse en otras cosas; tenemos muchos cantos que hacen referencia a plumas, aves, a piedras (…) por ejemplo la que estaba alojada en el hígado se podía relocalizar en una piedra”.

Mientras que la trascendencia a otros planos de existencia no estaba sujeta a una condición moral, el haberse portado bien o mal en vida, sino a la forma en que los dioses “llamaban a la persona a su lado”.

Otro elemento es la idea de renovación que para los grupos prehispánicos implicaba la muerte, y que es distinta a los conceptos de resurrección o reencarnación que proponen algunas religiones asiáticas, explicó el docente investigador en la Unidad Académica de Antropología de la UAZ, Carlos Alfredo Carrillo Rodríguez.

Sacrificios humanos y
prácticas de antropofagia
Dijo también sobre los ritos, algunos que involucraban sacrificios humanos y prácticas de antropofagia, que no son otra cosa que una puesta en escena, una actuación que alude a los mitos mediante los que en este caso las culturas mesoamericanas explicaban su cosmovisión, cómo según ellas se había generado el universo, qué le dio origen y qué lo mantenía.

La información que se tiene de la antropofagia o canibalismo es que no era una práctica común. Las referencias a ella proceden de cronistas como de Fray Bernardino de Sahagún o Fray Diego de Durán, que las refieren “pero curiosamente a ellos no les toca verlas sino que recurren a informantes que suponemos les contaron lo que sucedía”, dijo Carlos Carrillo.

Por otro lado, la evidencia arqueológica habla de la existencia de sacrificios humanos, pero las alusiones a los mismos hechas por los religiosos occidentales en sus crónicas “exageran y ponen al nivel de salvajes, de una cultura caníbal” a los aztecas.

Ya en el siglo 20, el antropólogo norteamericano Marvin Harris incluso llegó a afirmar que el sacrificio humano era parte de la economía de este grupo humano, “cosa que bueno, a todas luces es una exageración. Él partía de la idea de que gran parte de la alimentación de los aztecas estaba basada en los sacrificios”.

El ritual existía pero no eran prácticas masivas aseguró el académico. Dijo que Fray Bernardino de Sahagún “nos cuenta” que muchas veces el cuerpo de un sacrificado en el altar de un basamento piramidal, en el teocali, era arrojado escaleras abajo donde unos sacerdotes hacían con su carne tamales que eran posteriormente repartidos entre los guerreros.

“Obviamente era una forma de hacer suya su fortaleza o alguna parte esencial del individuo, pero eran actuaciones de un mito y por tanto tenían valor ritual”.
Morir noble o macehual, y “el llamado” de los dioses.

Había también diferencias entre morir noble o macehual. Los gobernantes, refiere Carlos Carrillo, tenían un trato especial “como siempre ha sido en la historia de la humanidad”, y que era exhibido por medio del ritual funerario.

“Por ejemplo sabemos que a los gobernantes muchas veces, dependiendo de su rango, se les hacía un bulto mortuorio o se les cremaba”.
Los ajuares funerarios hablan de este estatus, las tumbas suntuosas hablan de gente socialmente importante.

Los indicadores arqueológicos son precisamente un criterio para entender los rituales, por ejemplo en la tradición de tumbas de tiro (que se registra en el Occidente de México) y en la cual Zacatecas tiene una parte hacia los cañones, “pues vemos precisamente cómo los ajuares conforman todo un entramado simbólico que nos habla de la persona que está ahí enterrada”.

Tenían un trato especial también los mercaderes, mientras que “la gente del común” era objeto de rituales mucho más sencillos.

Hacia diferencia asimismo como se ha mencionado, la manera en que la gente moría, pues “quien llamaba” a la persona a morar junto a él o ella le daba otro estatus.
Otra vez comparativamente entre esta visión y la occidental, sobre todo la judeocristiana, dijo que esta última parte de idea de que después de la muerte hay otros planos de existencia “a donde vamos de acuerdo a nuestro comportamiento en la vida”: el cielo el infierno o el purgatorio; lo que implica un determinismo de carácter moral.

Pero en las culturas mesoamericanas según las crónicas ya referidas de los frailes franciscanos o dominicos, “las almas” iban a morar a distintos lugares dependiendo de cómo morían.

Existen cuatro regiones documentadas. Una es la casa del Sol a donde Tonatiuh, dios de la guerra por excelencia, llamaba a los guerreros muertos en batalla; al Tlalocan, casa del dios Tláloc iban las almas de quienes morían por enfermedades relacionadas con el agua, muertos por un rayo o ahogados.

Después estaba la casa del maíz, que era a hacia donde se dirigían las almas de las mujeres muertas en parto, mismas que eran consideradas guerreras. Mientras que al Mictlán iban los que morían por distintas causas distintas a éstas.

El choque o encuentro
de culturas
El saldo de la idea de finitud y trascendencia que tienen los mexicanos, derivado de eso que se ha llamado polémicamente choque o encuentro de culturas, es un sincretismo. Producto sí de un proceso occidental de imposición de ideas, que dio como resultado por ejemplo, la tradición del Día de muertos.

La colocación de altares como la conocemos es una puesta en escena con sus niveles de ofrendas y sus elementos simbólicos prehispánicos, que suma elementos formales occidentales como la colocación de santos, un componente europeo. E incluso las fechas en que se celebra, 1 y 2 de noviembre, fueron instituidas por la Iglesia católica.

Por otro lado los elementos de carácter agrícola son claramente inspirados en tradiciones ancestrales indígenas.

El concepto sobre la muerte que tiene el mexicano, la interiorización que hace de la conciencia de su finitud y contradictoriamente de su posible trascendencia a otros planos, forman parte de la estrategia psicológica implícita en las religiones que culturalmente le han marcado.

“Finalmente las religiones son en términos de la psique humana respuestas ante el miedo a dejar de existir”, dijo Carlos Carrillo.

“El mexicano lo que ha hecho es poner o conceptualizar a la muerte como parte de su imaginario colectivo”. Desde un punto de vista de la cultura popular “decimos que se ríe de la muerte y convive con ella porque finalmente así como amamos la vida también necesitamos de la muerte. Ya que al final una cosa no puede existir sin la otra (…) para que haya vida tiene que haber muerte, para que haya luz tiene que haber oscuridad y esto lo sabían muy bien los mesoamericanos cuya concepción del mundo estaba basada en las dualidades”.

“Cotidianizar” la muerte, coexistir con ella, permite soportar la idea de la finitud. Y en este momento, entender a una sociedad con altos niveles de violencia que pone todo el tiempo en peligro la vida.

Carlos Carrillo, también ex director de la Unidad Académica de Antropología de la UAZ, agregó respecto de una pregunta reiterada en estas fechas, que la tradición del Día de muertos mexicana solo puede ponerse en peligro ante manifestaciones como el Halloween, si no se transmite a las nuevas generaciones su significado.

Si las personas saben en qué consisten cada una de estas expresiones culturales pueden convivir, pero si no hay esa claridad, si se borra esa línea, existe el riesgo de que una tradición se confunda con otra “y se invadan mutuamente”, dijo.

“La defensa a ultranza de una u otra no nos lleva nada porque finalmente ambas tienen explicaciones, orígenes y estructura. La congruencia tiene que ver con la referencia a un sistema, si conocemos a que se refiere, vamos a ver que no tienen por qué correr peligro”.

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