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El debate con el zapatismo: segunda misiva

El debate con el zapatismo: segunda misiva

Si el diagnóstico del zapatismo es cierto, el capitalismo está llegando a una etapa que, más allá de la barbarie está poniendo en duda la propia vida humana en el planeta. La dominación ha llegado a los límites del ecocidio. Y si vemos los estudios y mediciones del ecocidio a partir de 1972 (desde el texto Los Limites del Crecimiento), vemos que va a un ritmo verdaderamente brutal. Y coincide con el dominio capitalista-neoliberal. El cual, a diferencia de lo que decía su propaganda de origen, se empeñaron en adueñarse del Estado: a través de su ocupación avanzaron su modelo de acumulación. Con lo cual, mandaron al cesto un modelo de Estado (también capitalista) pero más igualitario, conocido como Estado de Bienestar. En las últimas cuatro décadas, gracias a su ocupación del Estado, han logrado hegemonizar el planeta entero. Por ello, hay que pensar dos veces la idea de los autonomistas en el sentido de rechazar hacer poder en el Estado (por consecuencia rechazar la participación electoral) y emprender la construcción de un poder popular desmarcado de su incidencia (autónomo). Comentaré algunas ideas alrededor de este asunto.
Me parece que parten de dos niveles de error: uno teórico y otro estratégico. En términos teóricos, su idea de que “hay otro capataz con el mismo finquero”, equivale a entender al Estado como “un mero administrador del Capital”. Como si se tratara de aquella infeliz idea de que es como una ‘superestructura’ que está siempre determinada por la sustancia; en este caso, el Capital que vive en el ámbito de la economía. Mal saque. Afortunadamente el marxismo critico ha superado tanto a los marxismos positivistas como a los de corte estructuralista. Pues bien, esta idea del finquero y el capataz, se remite a entender el Capital como totalidad. Así, el Estado responde a las lógicas objetivas del capital que es previa a lo político. Este último sería un reflejo del primero: el-Estado-ya-está-ocupado. Sólo hay una posibilidad de actuar, los espacios autónomos de la sociedad civil, bajo una lógica de resistencia. Pues bien, contra esta idea, se levanta la noción de “hegemonía”: no hay totalidades y sujetos esenciales que determinan el transcurso histórico. Hegemonía parte de la muerte de Dios: ni totalidad ni esencia. Es política post-metafísica. Por tanto, si no hay ni totalidad ni esencias, el espacio político es abierto y posible. Las relaciones de poder son diversas y la lucha (o relaciones agonales, de conflicto) se dan en todos los órdenes con cierta horizontalidad de mutua determinación. No hay ‘super-estructuras’).
Luego entonces, las instituciones que tienen el monopolio para hacer una hacienda pública, el monopolio de emitir leyes, el monopolio de políticas universales, y el monopolio de la fuerza legitima sobre el territorio que todos ocupamos. Es decir, las instituciones del Estado son también un espacio abierto donde ocurre la lucha y el conflicto, la puja de los intereses de grupos sociales diversos. Así, podemos entender el Estado desde la noción de hegemonía. Por tanto, es un error teórico adscribirse a nociones metafísicas esencialistas y de totalidad, y creer que el Estado es un espacio cerrado.
El error estratégico se visualiza al bajar a concretos las consecuencias teóricas aquí descritas. Si se abandona la puja por el Estado, el cual define sus políticas en función de una correlación de fuerzas internas, ¿se puede aspirar a un proyecto de emancipación (superación de las diversas formas de dominación: económica, de género, o étnica) si no se incide en la hacienda pública y las políticas económicas del Estado, sin incidencia en la construcción de los cuerpos normativos y sin incidencia en la forma de planear la educación, promover la salud o proteger las fuentes energéticas del territorio? ¿Esto es, se puede aspirar a un proyecto emancipatorio sin la puja del Estado? La respuesta es clara: No. A lo más, se puede aspirar a incidir en algunas organizaciones y hacer cosas buenas dentro de ellas. Y está bien, pero estarán circunscritas a esa organización particular y ya. Y no es posible pensar un proyecto de emancipación en el terreno de la educación superior si contamos con dos comités de base en el país. Pero si puede ocurrir si logramos defender la educación pública y gratuita para todos los jóvenes, y esto es una tarea exclusiva del ámbito estatal. Únicamente el Estado puede hacer una norma (universalizable) y dar los recursos de origen hacendario para hacerlo efectivo. Ninguna organización particular puede hacer tal cosa, por muy buena y bella que sea.
Ahora bien, el Estado es una condición necesaria, pero no suficiente para lograr proyectos emancipatorios. El puro aparato estatal es incapaz o insuficiente para lograrlo, aun cuando fuera eficaz, eficiente y con criterios de justicia igualitarios. Sin la sociedad con cierta autonomía tampoco es posible. Esto significa que los espacios de autonomía (no estatales) son vitales para que la propia vida conflictual en el Estado se oriente a la defensa de la vida y no a la devastación. Lo cual significa que los ámbitos de la autonomía de la sociedad civil y los espacios en el Estado son distintos pero no excluyentes. De ahí nace una forma nueva de pensar el tema: el Estado Social, con sus formas instrumentales conocidas como ‘nueva gobernanza’. Aquí se desprenden otros ángulos del debate, porque se asoman las nuevas construcciones de la democracia normativa de origen liberal, que permite afinar la relación que hay entre hegemonía, con el desarrollo institucional y con la democracia. Ahora mismo es un debate muy interesante. Podemos en España y algunos intelectuales latinoamericanos están produciendo cosas muy fértiles en estos aspectos. Espero que en México podamos hacer algo equivalente, aprovechando, claro está, la rica experiencia del zapatismo en sus comunidades de base. ■

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