¿Por qué no puedo ser como tú?

¿Por qué no puedo ser como tú?

La Gualdra 339 / Río de palabras

 

Lo que me pasó es algo terrible. Vine a nacer en una tierra a la que parece que no pertenezco. No sé si echar la culpa a mis padres que no me enseñaron nunca las reglas básicas o al sistema político y educativo de este país, o las muchas veces que nos cambiamos de casa cuando era joven. El asunto es que estoy como desterrado desde varios puntos de vista. El primero de ellos es sin duda el jardín de niños, a donde entré fuera de tiempo debido, precisamente, a esas múltiples mudanzas. Simplemente no encajaba, los demás niños me veían raro y hubo uno que siempre quería ahorcarme. Terminé yéndome de ahí. Hasta la fecha desconozco si fue porque nos mudamos o porque acabe golpeando a mi extraño agresor.

Los distintos barrios que conocí tampoco me dieron una buena bienvenida. Duraba muy poco habitando casas con mi familia, por lo que no pude hacer amigos entrañables, como ésos de las películas. Eso sí, aprendí a darme de guamazos con los otros morros del barrio, y a veces hasta dos veces por día: primero cuando ellos llegaban buscando pelito, después porque los padres regresaban con el crío llorón con la consigna de romperme la madre si no el mismo jefe de familia, ejemplo de la casa, terminaría por rompérsela a él. A veces me daban lástima y me dejaba ganar.

Así eran mis episodios de barrio en barrio y de escuela en escuela. Pareciera que la carta de presentación, como en la cárcel, era agarrarse a trompadas con alguien para ser aceptado. A veces, la mayoría, perdía; otras, ganaba, pero esas pocas veces, regresaba el padre del vencido y me ponía una santa golpiza.

En la secundaria me odiaban por ser güerito. Todos los días, a la salida, me esperaba un tipo, azuzado por otros seis, para hacérmela de tos. Comenzaba mentándome la madre, cosa que a mí no se me hacía tan grave, la violencia doméstica me tenía curado de espanto, pero ya cuando me empujaban ahí si me salía el otro yo. Afortunadamente, de un solo golpe solía tumbar a mi contrincante, y era lo suficientemente tranquilo como para no agarrarlo a patines en el suelo. En ocasiones, lo amigos del caído, se abrían y me miraban con cierta sorpresa y luego, con el pasar de los días, se hacían mis compas; pero casi siempre se abalanzaban sobre mí para hacerme bola: ellos no eran tan tranquilos como yo por lo que me llovían las patadas.

En prepa igual, no faltaba quien, a veces enviado por un grupo de fresas a los que les caía gordo, o algún ardido de amores, me buscara pleito. Con un poco de inteligencia logré librarme de un par de energúmenos que, aunque estaban de mi vuelo, estaban más feos y daban miedo. Sin embargo, tuve que librar mis batallas a mano limpia.

Todo eso se extraña. Ahora, por menos, algún desgraciado cobarde prefiere sacar la pistola y llenarte de hoyos en lugar de enfrentarse a puñetazos, no vaya siendo que le ganes y le pisotees lo poco que tiene de hombría. Así serán buenos. Desgraciadamente, un compañero de la Unidad Académica de Letras lo descubrió demasiado tarde. Por eso, a veces quisiera ser tan así, que me valiera madre y tal vez me adaptaría más a la vorágine social que domina este país.

 

 

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